El mundo pareciera aproximarse a una nueva encrucijada ecológica para la humanidad. La pobreza extendida en grandes grupos poblacionales, el calentamiento global y otros problemas del medio ambiente, los conflictos nacionales e internacionales, la acelerada evolución científica en áreas como la biotecnología y la exploración del universo, la dificultad de los parámetros éticos tradicionales para servir de guía a las interacciones de la realidad, son algunos de los aspectos que permiten presumir una acumulación especial de alteraciones que no se presentaba con similar impacto desde comienzos de la revolución industrial.
Esta encrucijada no nos encontrará a todos en la misma situación. Algunas naciones han abierto una vía concreta a su incorporación al mundo de países con altos niveles de vida para la mayor parte de su población: hoy en día, algo más de una treintena de países en todos los continentes (excepto Africa subsahariana) pueden considerarse “adelantados” en su tarea de superar las limitaciones estructurales de la pobreza arraigada y la pérdida sistemática de ciudadanía y calidad de vida en sus nacionales. La gran mayoría de ellos se ubica en Europa (18 países), seguidos de Asia (5 países, incluyendo Hong Kong como estado independiente), Oriente Próximo y Medio (5 países), América (3 países) y Oceanía (2 países)[1].
Este acceso no debe ser considerado una tarjeta “dorada” de calidad y bienestar, ni tampoco el jardín de los laureles para descansar en su condición. No, todo lo contrario, la pelea ha sido y sigue siendo muy dura, con cambios y reformas constantes para consolidar un aparato productivo competitivo, muchas veces en condiciones desfavorables del mercado internacional, impuestas casi siempre por las naciones que accedieron antes al desarrollo. Un pequeño grupo de países, los emiratos árabes petroleros, acceden a esta condición a través de una mezcla de políticas de apertura a la inversión para la explotación de diversos sectores (principalmente energéticos) mezclado con la abundante transferencia internacional de recursos derivados de la renta petrolera.
La mayor parte del resto del mundo, es decir, un centenar de estados nacionales, pareciera intentar acercarse a las dinámicas que permitieron a estos países alcanzar esos estándares. En algunos casos, logran grandes avances en la industrialización y desarrollo tecnológico zonificado, pero enfrentan la necesidad de alimentar y promover servicios para grandes contingentes poblacionales: China continental, India, Paquistán, Bangladesh, Rusia y Brasil son buenos ejemplos de este problema. Los dos primeros reúnen para el año 2008 casi 2 mil quinientos millones de habitantes y junto a los demás la cantidad alcanza a 3 mil trescientos millones, la mitad de la población del mundo.
Aproximadamente un centenar de países bregan cotidianamente con diversos problemas para superar sus limitaciones y acceder a mayor bienestar para los suyos, incluyendo el reto de incorporar mayor capital (tecnológico, humano y financiero) a sus procesos productivos.
Unos pocos consideran vías “alternativas” y construyen dinámicas poco ortodoxas, donde se niega la capitalización productiva como fuerza motriz del avance hacia el bienestar, se limita y controla el desenvolvimiento de los mercados y se limitan los derechos económicos como fuente de proyección de la riqueza.
Vale la pena destacar algunos países que han venido desarrollando híbridos de estos sistemas. Por ejemplo, China ha promovido la industrialización intensiva de algunas zonas económicas especiales a través de la asimilación de inversiones extranjeras, aunque mantiene un férreo control estatal en las condiciones para el desenvolvimiento de dicha inversión, al tiempo que garantiza condiciones estables para la moneda y para el retorno de los excedentes de capital (garantizando hasta ahora tasas de crecimiento que comprometen los mercados de recursos básicos en el mundo). Con diferentes escalas y factores de éxito, algo similar intentan en países como Cuba, Libia o Nigeria. Todos estos modelos comparten una amplia gama de posibilidades para el uso intensivo de mano de obra, muchas veces más allá de los parámetros modernos para diferenciar el trabajo asalariado de la esclavitud.
El capitalismo sufrió uno de sus cuestionamientos más graves a partir de las iniciativas derivadas de los planteamientos marxistas, principalmente a lo largo del siglo XX. No se puede decir que en este siglo ya estas ideas no cuenten para las propuestas ideológicas que guían los proyectos políticos en buena parte del mundo, pero no cabe duda que su influencia ha sido apreciablemente limitada. La mayor parte de los partidos políticos de origen socialista revisaron sus postulados para adaptarlos y “modernizarlos” abandonando la lucha de clases y la esperanza en el derrumbe del capitalismo como eje esencial de sus postulados. Socialdemocracia, socialcristianismo, laborismo y diferentes formas de nacionalsocialismos, aglutinan hoy a la gran mayoría de las iniciativas de representación parlamentaria y concentran sus esfuerzos en aplacar “la fiera” del capitalismo salvaje para darle un rostro más “humano”.
Llegado este punto, cabe preguntarse cuál ideología aprovecha de manera más sistemática los avances del intercambio capitalista, es decir, la iniciativa individual como base del desenvolvimiento económico, el mercado como principal protagonista en la asignación de bienes y factores, junto a la defensa y protección estatal de la propiedad privada como aspecto intrínseco a las necesidades de capitalización por parte de los emprendedores. Pareciera una idiología provista de una ventaja sistémica, pero no suele estar reflejada en el nivel de adhesión de los más pobres.
Los socialistas (comunistas, socialdemócratas, socialcristianos, laboristas, nacionalsocialistas y populistas) siguen considerando la necesidad de compensar los avances del mercado con una intervención estatal más o menos intensa, para lograr cosas como “equidad” o incluso “igualdad”. Pocos reconocen abiertamente las ventajas de la libre iniciativa emprendedora y la apertura de los mercados como un factor determinante para la superación de la pobreza, a pesar del casi total dominio de estas ideas en el ámbito científico del desenvolvimiento económico.
En la medida que la producción intelectual se concentra en los países que han accedido a elevados estándares de vida para su población, sus ciudadanos se preocupan por los matices inherentes a la sustentabilidad del sistema: la necesaria cohesión social para impedir el órdago desintegrador de la pobreza; la estabilidad ambiental para evitar el compromiso de los recursos que habrán de estar disponibles para generaciones futuras (incluyendo aire, agua y biodiversidad) y, las articulaciones institucionales que faciliten el pleno ejercicio de la ciudadanía a través de prácticas sociales más estables, democráticas y transparentes.
Los demás viven el doble reto de promover la capitalización necesaria para el desarrollo con la misma necesidad de pensar y promover la sustentabilidad, que pareciera no tener una panorámica eficiente en él ámbito del planteamiento nacional (nada más global que el ambiente o la pobreza).
Es un reto mucho mayor que el que en su día viviera Inglaterra u Holanda a partir del siglo XVIII, mayor incluso a los avatares para el desarrollo de EEUU desde finales del XIX o Alemania y Japón en pleno siglo XX. Hoy en día para que un país pobre alcance el desarrollo, se enfrenta a la competencia feroz de los desarrollados, a las restricciones en la aplicación y apropiación de tecnologías, a las limitaciones a los flujos migratorios (mucho más controlados que en siglos pasados) y a la competencia de los mismos subdesarrollados.
Los países en vías de desarrollo no deberíamos esperar grandes avances políticos a partir de las iniciativas de los países más avanzados. Su más arriesgada apuesta suele limitarse a promover mecanismos de cooperación, más limitados si comprometen los esquemas de producción de sus propios nacionales, allá donde aún explotan áreas productivas cuya competitividad global es abiertamente cuestionable (como la de muchos rubros agrícolas de Europa o EEUU). En su seno, ocasionalmente se cuestiona la validez de estas restricciones, pero aún el más liberal de los políticos reconoce el impacto socio cultural que podría conllevar el desmontar estos subsidios.
El Estado nacional sigue siendo el gran ancla de casi todas las políticas e ideologías contemporáneas, en ambos mundos. EEUU aún es uno de los países líderes del planeta sobre la base de un creciente aislacionismo ideológico de origen nacionalista. Europa no termina de cuajar su proyecto integracionista por el arraigo cultural de sus nacionalidades y sólo sorteando los escollos que produce, continúa avanzando en las áreas donde este nacionalismo no compromete los necesarios consensos. Muchas veces el ritmo de estos avances es directamente proporcional a su capacidad de convencer y aplicar eficientemente políticas nacionales de carácter “europeo”.
En el fondo, el concepto de ciudadanía, clave para entender el desideratum ideológico moderno, se fundamenta en una mezcla de aspectos multiculturales (aunque predominantemente occidentales) con el consabido jarabe de nacionalidad. Incluso la perspectiva más liberal, acude inevitablemente a la búsqueda de protección estatal (y el Estado es fundamentalmente Estado Nación) para la consecución de sus ideales (protección a los derechos económicos que facilitan el intercambio).
Por lo tanto, urge asumir una cruzada ideológica para replantear el reto del desarrollo en el ámbito de los estados nacionales. Lamentablemente, las ideologías son productos profundamente cruzados por aspectos antropológicos y culturales reñidos con la modernidad, incluyendo el afán nacionalista, pero no debemos dejar de promover una renovación de las organizaciones sociales a todos los niveles, con miras a construir propuestas políticas liberales de amplio espectro.
Amplio espectro, hace aquí referencia a propuestas destinadas a la liberación de grandes mayorías desciudadanizadas, para dotarlas de la más poderosa herramienta que la humanidad ha conocido para superar las limitaciones de la escasez.
El empresario, sea liberal o conservador, mantiene una relación plena de condicionantes hacia la libertad de creación y propiedad. Los peores, los que ceden con mayor facilidad a las facilidades políticas para la obtención de beneficios en mercados no competitivos, se posicionan en dinámicas mercantilistas (centradas en la acumulación de rentas más que de capacidades productivas y en el aprovechamiento de patrimonios más que en la innovación para identificar y satisfacer necesidades de los consumidores).
El ser humano desciudadanizado, distorsionadas sus referencias racionales y los estímulos conductuales hacia la socialización productiva, es capaz de ceder a la seducción de falsos paraísos redentores. Pero la más objetiva y poderosa alternativa ideológica de un ser humano agredido en sus bases fundadoras, despojado de ciudadanía, carente de referencias para proyectar su futuro o el de sus hijos, es el liberalismo popular. Liberalismo para todos, liberalismo para los más pobres es el reto de la articulación ideológica en los países del tercer mundo. No liberalismo de élites, ni neoliberalismo, ni monetarismo ni claudicación al mercado manipulado por los estados nación. Reformemos y fortalezcamos el Estado (sí, el Estado Nación) para que cumpla su mandato fundamental, promover el mercado, la iniciativa, la propiedad. Liberalismo profundo, propio, potenciador de la creatividad, laboriosidad e iniciativa de pueblos que nacen y mueren creyendo que no hay esperanza y votando por el que les promete la droga del hombre nuevo.
Armarse de valor para asumir ese reto es hoy función primordial, no ya de los líderes políticos formados en el mercado de la retórica socializadora, sino de todos los ciudadanos conscientes que podamos contribuir a que nuestros hijos asuman el último proyecto nacional que tendrá alguna utilidad para el planeta. Esperemos que después, ellos o sus hijos o sus nietos den la pelea por superar el Estado Nación. Con una Tierra llena de ciudadanos, será menos difícil.
[1] Cifras del Banco Mundial sobre Producto Per Cápita según la metodología de la paridad del poder adquisitivo (PPA), en los países que superan los US $ 10.000 por habitante y año.