El Monstruo venezolano ha soñado muchas veces con un país hermoso y lleno de felicidad para los venezolanos. Luego de estas noches de construcción patriótica, el Monstruo despierta algo resacado, embotado, como siempre. Asume entonces la tarea de mirar al poblado y asume con cierta renovada energía el reto de construir la felicidad.
A veces piensa en el piloto, en aquel político de coyuntura que cree dominarle a Él, que cree usarle para llevar felicidad a su pueblo. Bueno, da igual. De hecho que los jóvenes venezolanos de varias generaciones nazcan y se desarrollen creyendo que la felicidad puede llegarles desde las vísceras del Monstruo, es algo bueno y normal. Que además alguno que otro impulse su liderazgo a partir de esta idea y le enfrente, con cierta carga de épica y arrojo libertario, sea de izquierdas o derechas, creyendo que allá arriba, subido a su grupa, es el piloto que guía sus pasos, también forma parte de los juegos en los que Ël vive desde los inicios, desde su mismo nacimiento del vientre de la colonia mercantilista y la semilla revolución liberal que lo trajeron al mundo. Hacia tiempo que no pensaba en su padre, la revolución independentista, de aquel piloto del que su padre le hablaba, Simón. Y ya casi ni recuerda nada de su madre, la colonia española mercantilista, porque le abandonó luego del conflicto con su padre y siempre le dijeron que era mala mujer.
Repartir felicidad al pueblo venezolano es ahora su trabajo. Eso siempre tiene múltiples interpretaciones y Él, como rey comprometido con su pueblo, quiere hacer algo rápido, algo que transforme el rostro de pobreza, penuria y desesperanza de los ciudadanos ¿ciudadanos? especialmente de los más pobres.
Luego de su ardua tarea cotidiana, cae rendido y vuelve a soñar. En ocasiones tiene pesadillas, el país deja de necesitarle, le pone a dieta, los técnicos hablan de sacar el petróleo de su torrente sanguíneo...Se levanta ansioso, sudando. Ese día no suele ser un buen día. Diversas formas de manifestación que aún perduran en el ánimo de parte de su pueblo le hablan de las cosas que ha estado haciendo en días anteriores. Él no recuerda bien y cree que son manipulaciones políticas de los enemigos del Estado ¿Estado? Así olvidó que significaban aquellas palabras ¿RECADI? ¿Qué era eso? ¿BANDAGRO? ¿Bonos de exportación? ¿control de precios?
Algunos dicen que hace 20 años, cuando CANTV era del Estado, antes de hacer una llamada telefónica había que esperar tono por más de un minuto, o pedir permiso al vecino al que se escuchaba al levantar el auricular, porque las líneas estaban cruzadas o si querías una nueva línea debías esperar varios meses. Otros recuerdan que la sustitución de importaciones obligó a consumir malo y caro. Algunos recuerdan quiebras de empresas públicas por doquier, porque no alcanzaba el presupuesto para reinyectarles recursos de la sociedad. Los más extremos aseguran que el control de precios y el control de divisas ya había sido utilizado como herramienta para construir felicidad y no solo no había dado resultados positivos sino que hizo ricos a corruptos gestores del patrimonio y distanció más al país de sus capacidades competitivas con otros países. Políticos y gestores alcanzaban un gran nivel de vida.
Malagradecidos. Eso es lo que son. Los hay en todos lados. Uno se desvive por su pueblo, transforma el país de arriba abajo, le cambia hasta el nombre al país, su bandera, su escudo, el nombre y consigna de sus soldados, su hora, los nombres y colores de los organismos públicos, su moneda...Pero siempre están inconformes. Dicen que se está quebrando la capacidad productiva del país ¿será que no saben la cantidad de empresas públicas que he creado para satisfacer las necesidades del pueblo? ¿Es o no es éste un país nuevo?
Dicen que la inflación de los últimos 15 años (el tiempo en el que dirigió el último Gran Piloto) superó el 1.790% y que ese es el impuesto más regresivo y dañino para el pueblo. Se olvidan de los bancos, empresas de seguros, hoteles, compañías de satélites, supermercados y tanques que ahora son del pueblo. No son conscientes del enorme valor patriótico de su acción.
Olvidan la nueva moneda de 5 cts, 10 cts, locha de 12,5 cts, el medio de 25 cts y el real de 50 cts del nuevo bolívar fuerte, fruta del rediseño monetario para el super país productivo y auténtico. Algunos preguntan por esas monedas como si fuesen inútiles ¿quién no usa los 10 cts, la locha o el medio? Serán los super ricos, porque de resto los venezolanos del pueblo comen y pagan sus servicios con estas monedas que fraccionan nuestro gran bolívar fuerte. Algunos dudan que el bolívar sea fuerte si el billete más grande, el marrón de 100 bolívares, no alcanza para una hamburguesa y un refresco. Vendepatrias.
Pesadillas. Mentiras. Manipulaciones polítiqueras. Llevar felicidad no es fácil, la gente es malagradecida. Hay hasta quien dice que esto no es ninguna revolución, que es el mismo modelo de la cuarta y que solo los administradores de lo público y sus amigos se hacen ricos. Lo que hay que oír. Esperen a que se termine de estatizar la economía para que vean. Yo estaré en todos lados. Estamos más cerca de la felicidad plena de lo que parece.
Dedicado con cariño al CEDICE y sus 30 años de ilustración ciudadana en Venezuela.
viernes, 18 de abril de 2014
lunes, 27 de enero de 2014
Mami, ¿qué será lo que quiere el Monstruo?
Algunos esperan alguna forma de negociación entre los actores políticos que controlan actualmente los poderes del Estado en Venezuela y el resto de la sociedad. Algo que nos conduzca a algún plan coherente que detenga la hemorragia económica y agregue coherencia a las políticas públicas en Venezuela. Atendiendo a viejas prácticas políticas, suponen que una crisis tan grave (deterioro institucional, debilidad de la justicia, inseguridad de personas y bienes, graves problemas de abastecimiento en bienes básicos, tipos de interés y precios controlados con alta inflación, debilidad del Estado para ordenar la vida ciudadana y administrar con criterio de escasez el patrimonio público -las ciudades se deterioran mientras se regala la gasolina y las empresas de maletín acceden a dolares preferenciales en una estructura de incentivos gravemente distorsionada- dependencia acentuada del ingreso petrolera y fracaso estrepitoso del capitalismo de Estado crecido a partir de las expropiaciones y otras formas de estatización del aparato productivo) debe generar una grave debilidad del gobierno y su obligación de negociar con otros actores políticos (incluyendo militares) la dinámica de soporte que permita la gobernabilidad.
Los que suponen esta necesidad de diálogo, se basan en un factor de continuidad entre las reglas vigentes en la democracia representativa surgida de la revolución adeca y su sistema populista de conciliación con las reglas surgidas de la revolución bolivariana. En cierto sentido, la continuidad es la característica primaria de este régimen, al menos en su manera de entender las relaciones entre Estado y Sociedad. Ambos modelos políticos consideraron al ciudadano un ser cargado de virtudes, pero sin autonomía suficiente para decidir su propio futuro de otro modo que no fuese a través de la representación del Estado, expresión sublime de los ideales nacionales. Para ello el venezolano, en ambos modelos, es clasificado en función de su cercanía/lejanía con la noción de pueblo y así puede hacerse operativo el control deseable del Estado para la felicidad de sus ciudadanos. Si los venezolanos son del pueblo, pueden esperar la máxima atención de los "representantes incuestionables" aquellos que armaron una revolución civico-militar para construir la suprema felicidad del pueblo, que es la expresión máxima de la sublimación patriótica. El tutelaje del Estado parece la figura inevitable para no caer en los juegos perversos de las burguesías apátridas y aliados del imperialismo, concentradoras del capital y explotadoras de obreros y desposeídos. Este esquema conduce a formas alternativas de organización del Estado en las que su función, más allá de la justicia y el orden, incluye diversas herramientas de intervención en la organización de la producción, no solo de bienes y servicios públicos, sino también de una amplia gama de bienes y servicios tradicionalmente privados (fábricas de alimentos, suministro final de arepas -restaurantes-, supermercados, teléfonos móviles, servicios bancarios y de seguros, autos, camiones, tractores, llantas, habitaciones de hotel, compañías de telecomunicaciones y un amplio etcétera) restringiendo las garantías a la propiedad sobre medios de producción y, en general, las libertades y derechos económicos de los ciudadanos.
Pero este régimen, en diferencia del diseñado por Betancourt, no hay cultura ni previsión alguna de conciliación. Chávez le ofreció a su gente y al resto de Venezuela un juego de todo o nada, justificado por el expolio histórico del capitalismo y la necesaria redención que, solo años después de estar en el poder, se identificó claramente con el socialismo marxista, vía única a la que terminaron de arrastrarnos los consejos y la influencia de la relación paterno-filial entre Castro y Chávez. La "no conciliación" como nuevo cauce a la polarización que ya había sido advertida como ventaja electoral, se apropia de todo el sistema de gestión e interacción política en la nueva Venezuela. El gobierno se abre a nuevas relaciones externas, a nuevos amigos y nuevos juegos estratégicos a partir del petróleo y del discurso socialista, pero se cierra sistemáticamente al diálogo interno. Las alianzas con empresas extranjeras se compaginan con la persecución a la empresa criolla. Cada nueva opción organizativa del partido en el poder tiene mayor ambición aglutinante y unitaria, enfrentando múltiples problemas de coordinación (y de diálogo dentro de la revolución) que solo el carisma y el empuje de Chávez permiten atenuar como problemática y avanzar sin conocimiento público generalizado de estas dificultades, sin graves costos políticos para la alianza. Chávez, como cualquier otro caudillo, no cree en partidos, como tampoco creía en gobernadores, alcaldes ni formas desconcentradoras del poder. El poder del pueblo tiene su máxima representación en él mismo, en su líder y la administración de Venezuela es concebida y confundida, con la administración de su Estado, de su hacienda, de aparato de servicio público. No hay diálogo posible.
Así crece el enfermo, que quizá nunca fue sano. Adicto a la droga rentista se revela ambicioso de alcances distributivistas, ajeno a cualquier autoevaluación crítica razonable con respecto a sus auténticas capacidades, mermadas por años del mismo sistema, del mismo síndrome. El Monstruo enfermo pierde cualquier noción de aparato al servicio de la sociedad y llega a creer (y a hacer creer al Líder máximo y con éste a buena parte de sus acólitos) que la simple administración del Estado es, en sí misma, la administración del país. Si se ordenan los problemas y se meten en una hoja de cálculo, gracias a los modelos del Ministerio de tal cosa junto a los del Ministerio del tal otra, se lograrán algoritmos para solucionar cualquier cosa, para llevar comida al pueblo, para crear el bienestar socialista, para darle al trabajador su justa retribución, eliminar las perversas relaciones capitalistas, distribuir adecuadamente el petróleo y las divisas y avanzar así hacia al desarrollo pacífico y feliz.
El Monstruo crece (crecen los ministerios, los viceministerios, los institutos autónomos, servicios autónomos, empresas del Estado, fundaciones, direcciones, comités y así miles de nuevas organizaciones que duplican el tamaño de las administraciones públicas encontradas en 1998) y además crece en sus ámbitos de actuación, en lo que asume como responsabilidad directa, ajeno a cualquier discusión sobre sus funciones tradicionales. Se criminaliza la información sobre violencia, crimen, deuda, uso de divisas y cualquier cosa que distorsione la percepción que el Estado espera de su pueblo. El Estado no tiene condiciones para mejorar la producción, no genera abastecimiento allí donde expropió tierras y factorías, no administra la relación entre la disponibilidad de bienes y moneda nacional para evitar la inflación. No actualiza las redes de cloacas en las grandes ciudades, escasamente le ofrece mantenimiento a las grandes infraestructuras construidas por Pérez Jiménez y luego por la democracia adeco-copeyana. Los representantes del Estado, muchas veces sin experiencia alguna de gobierno, adoran el verbo "garantizar". Constantemente se presentan en sus medios y anuncian que está "garantizado" el orden, el suministro, la seguridad, la justicia, el precio justo...Pero el Monstruo hace tiempo que no garantiza nada.
Para Maduro, al igual que para otros poderosos del régimen que intentan idear alternativas que sostengan la gobernabilidad sin apearse del poder, la negociación más compleja que enfrentan cotidianamente no es la que suponen los empresarios o las organizaciones políticas de oposición. El diálogo que intentan articular, unas veces con mayor éxito que otras, es el diálogo interno para administrar el enorme aparataje surgido en los últimos 15 años y las decenas o centenares de grupos de poder que lo usufructan. Ese aparato creado por la revolución, hoy prematuramente viejo e ineficaz, es compartido además con el vetusto y arcaico aparato del régimen anterior, que ya hacía muchos años existía más para la alimentación clientelar del sistema que para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Este aparato, el actual cuerpo del Monstruo Venezolano, es hoy el principal dolor de cabeza de los gobernantes de turno y su sostenibilidad supone enormes retos de interacción y coordinación que dejan en mala posición y escaso tiempo y energía disponible para las interacciones políticas del Estado y la sociedad.
¿A dónde camina el Monstruo? Probablemente a ningún lado. Por considerar su destino confundido con el destino de la patria y sus ciudadanos, el régimen y sus administradores de turno harán lo imposible porque no haya alternativas al turno. Pero los turnos surgirán, casi seguro dentro de los cuadros de dirección del mismo chavismo militar y alguno habrá de alzar la mirada para comprender que el Monstruo deambula sin rumbo, que las soluciones a los problemas del país pasan por adecentar el Estado y que la sociedad no es tan miope, torpe o infantil para no participar de un proceso de reconstrucción más allá del esquema "buenos y malos", "patriotas y apátridas", "justos y pecadores", "revolucionarios y otros".
Hoy el Estado venezolano está lejos de cualquier capacidad razonable para construir un país moderno. Mientras, en medio del desbarajuste institucional del Monstruo Venezolano, al ciudadano común solo le cabe parafrasear la pregunta de aquel merengue caribeño: Mami, ¿qué será lo que quiere el Monstruo?
Los que suponen esta necesidad de diálogo, se basan en un factor de continuidad entre las reglas vigentes en la democracia representativa surgida de la revolución adeca y su sistema populista de conciliación con las reglas surgidas de la revolución bolivariana. En cierto sentido, la continuidad es la característica primaria de este régimen, al menos en su manera de entender las relaciones entre Estado y Sociedad. Ambos modelos políticos consideraron al ciudadano un ser cargado de virtudes, pero sin autonomía suficiente para decidir su propio futuro de otro modo que no fuese a través de la representación del Estado, expresión sublime de los ideales nacionales. Para ello el venezolano, en ambos modelos, es clasificado en función de su cercanía/lejanía con la noción de pueblo y así puede hacerse operativo el control deseable del Estado para la felicidad de sus ciudadanos. Si los venezolanos son del pueblo, pueden esperar la máxima atención de los "representantes incuestionables" aquellos que armaron una revolución civico-militar para construir la suprema felicidad del pueblo, que es la expresión máxima de la sublimación patriótica. El tutelaje del Estado parece la figura inevitable para no caer en los juegos perversos de las burguesías apátridas y aliados del imperialismo, concentradoras del capital y explotadoras de obreros y desposeídos. Este esquema conduce a formas alternativas de organización del Estado en las que su función, más allá de la justicia y el orden, incluye diversas herramientas de intervención en la organización de la producción, no solo de bienes y servicios públicos, sino también de una amplia gama de bienes y servicios tradicionalmente privados (fábricas de alimentos, suministro final de arepas -restaurantes-, supermercados, teléfonos móviles, servicios bancarios y de seguros, autos, camiones, tractores, llantas, habitaciones de hotel, compañías de telecomunicaciones y un amplio etcétera) restringiendo las garantías a la propiedad sobre medios de producción y, en general, las libertades y derechos económicos de los ciudadanos.
Pero este régimen, en diferencia del diseñado por Betancourt, no hay cultura ni previsión alguna de conciliación. Chávez le ofreció a su gente y al resto de Venezuela un juego de todo o nada, justificado por el expolio histórico del capitalismo y la necesaria redención que, solo años después de estar en el poder, se identificó claramente con el socialismo marxista, vía única a la que terminaron de arrastrarnos los consejos y la influencia de la relación paterno-filial entre Castro y Chávez. La "no conciliación" como nuevo cauce a la polarización que ya había sido advertida como ventaja electoral, se apropia de todo el sistema de gestión e interacción política en la nueva Venezuela. El gobierno se abre a nuevas relaciones externas, a nuevos amigos y nuevos juegos estratégicos a partir del petróleo y del discurso socialista, pero se cierra sistemáticamente al diálogo interno. Las alianzas con empresas extranjeras se compaginan con la persecución a la empresa criolla. Cada nueva opción organizativa del partido en el poder tiene mayor ambición aglutinante y unitaria, enfrentando múltiples problemas de coordinación (y de diálogo dentro de la revolución) que solo el carisma y el empuje de Chávez permiten atenuar como problemática y avanzar sin conocimiento público generalizado de estas dificultades, sin graves costos políticos para la alianza. Chávez, como cualquier otro caudillo, no cree en partidos, como tampoco creía en gobernadores, alcaldes ni formas desconcentradoras del poder. El poder del pueblo tiene su máxima representación en él mismo, en su líder y la administración de Venezuela es concebida y confundida, con la administración de su Estado, de su hacienda, de aparato de servicio público. No hay diálogo posible.
Así crece el enfermo, que quizá nunca fue sano. Adicto a la droga rentista se revela ambicioso de alcances distributivistas, ajeno a cualquier autoevaluación crítica razonable con respecto a sus auténticas capacidades, mermadas por años del mismo sistema, del mismo síndrome. El Monstruo enfermo pierde cualquier noción de aparato al servicio de la sociedad y llega a creer (y a hacer creer al Líder máximo y con éste a buena parte de sus acólitos) que la simple administración del Estado es, en sí misma, la administración del país. Si se ordenan los problemas y se meten en una hoja de cálculo, gracias a los modelos del Ministerio de tal cosa junto a los del Ministerio del tal otra, se lograrán algoritmos para solucionar cualquier cosa, para llevar comida al pueblo, para crear el bienestar socialista, para darle al trabajador su justa retribución, eliminar las perversas relaciones capitalistas, distribuir adecuadamente el petróleo y las divisas y avanzar así hacia al desarrollo pacífico y feliz.
El Monstruo crece (crecen los ministerios, los viceministerios, los institutos autónomos, servicios autónomos, empresas del Estado, fundaciones, direcciones, comités y así miles de nuevas organizaciones que duplican el tamaño de las administraciones públicas encontradas en 1998) y además crece en sus ámbitos de actuación, en lo que asume como responsabilidad directa, ajeno a cualquier discusión sobre sus funciones tradicionales. Se criminaliza la información sobre violencia, crimen, deuda, uso de divisas y cualquier cosa que distorsione la percepción que el Estado espera de su pueblo. El Estado no tiene condiciones para mejorar la producción, no genera abastecimiento allí donde expropió tierras y factorías, no administra la relación entre la disponibilidad de bienes y moneda nacional para evitar la inflación. No actualiza las redes de cloacas en las grandes ciudades, escasamente le ofrece mantenimiento a las grandes infraestructuras construidas por Pérez Jiménez y luego por la democracia adeco-copeyana. Los representantes del Estado, muchas veces sin experiencia alguna de gobierno, adoran el verbo "garantizar". Constantemente se presentan en sus medios y anuncian que está "garantizado" el orden, el suministro, la seguridad, la justicia, el precio justo...Pero el Monstruo hace tiempo que no garantiza nada.
Para Maduro, al igual que para otros poderosos del régimen que intentan idear alternativas que sostengan la gobernabilidad sin apearse del poder, la negociación más compleja que enfrentan cotidianamente no es la que suponen los empresarios o las organizaciones políticas de oposición. El diálogo que intentan articular, unas veces con mayor éxito que otras, es el diálogo interno para administrar el enorme aparataje surgido en los últimos 15 años y las decenas o centenares de grupos de poder que lo usufructan. Ese aparato creado por la revolución, hoy prematuramente viejo e ineficaz, es compartido además con el vetusto y arcaico aparato del régimen anterior, que ya hacía muchos años existía más para la alimentación clientelar del sistema que para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Este aparato, el actual cuerpo del Monstruo Venezolano, es hoy el principal dolor de cabeza de los gobernantes de turno y su sostenibilidad supone enormes retos de interacción y coordinación que dejan en mala posición y escaso tiempo y energía disponible para las interacciones políticas del Estado y la sociedad.
¿A dónde camina el Monstruo? Probablemente a ningún lado. Por considerar su destino confundido con el destino de la patria y sus ciudadanos, el régimen y sus administradores de turno harán lo imposible porque no haya alternativas al turno. Pero los turnos surgirán, casi seguro dentro de los cuadros de dirección del mismo chavismo militar y alguno habrá de alzar la mirada para comprender que el Monstruo deambula sin rumbo, que las soluciones a los problemas del país pasan por adecentar el Estado y que la sociedad no es tan miope, torpe o infantil para no participar de un proceso de reconstrucción más allá del esquema "buenos y malos", "patriotas y apátridas", "justos y pecadores", "revolucionarios y otros".
Hoy el Estado venezolano está lejos de cualquier capacidad razonable para construir un país moderno. Mientras, en medio del desbarajuste institucional del Monstruo Venezolano, al ciudadano común solo le cabe parafrasear la pregunta de aquel merengue caribeño: Mami, ¿qué será lo que quiere el Monstruo?