En el 18 brumario, Marx parafrasea al Hegel que se refiere a la inevitable repetición de los hechos históricos, para añadir (Marx) que siempre suceden en una primera ocasión como tragedia y en la segunda como farsa.
Probablemente nuestros historiadores hayan dejado ya suficientemente claro, al menos todo lo claro que a la luz de las técnicas históricas puede dejarse algo, el carácter no revolucionario de nuestra gesta independentista. Probablemente Bolívar y muchos de nuestros próceres nacionales habían "inhalado" la droga de la primera revolución francesa y también la norteamericana. Desde este punto de vista, los procesos independentistas de principios del XIX fueron hijos todos de la revolución. Pero no cabe añadirles mucho más en términos revolucionarios (no al menos a los latinoamericanos), no crearon una nueva visión republicana, tal vez ni siquiera mejoraran las existentes. Probablemente es válido pensar que las ambiciones criollas se circunscribían a la toma de decisiones económicas y políticas, sin dejar de advertir el importante trasiego transformador de la institución republicana (aún reconociendo que en Latinoamérica más de uno se planteó por aquellos días la idea de una monarquía criolla).
Luego de eso y de los derramamientos de sangre para la constitución nacional que no cesarían hasta entrado el siglo XX, Venezuela no conoce otro proceso de cambio tan trascendental como la revolución populista adeca. Por primera vez el pueblo se constituye en sujeto protagonista de un movimiento político más o menos articulado y el campesinado en proceso de urbanización llega a cuestionar el estatus quo y el dominio militar y caudillista de la República.
No es el propósito de esta nota evaluar los alcances de ese proceso revolucionario (es mi humilde opinión que la humanidad sólo ha conocido dos revoluciones desde que existe el homo sapiens, la revolución neolítica y la revolución capitalista, en la que aún estamos inmersos) pero cabría ya hacer una valoración comparada con el proceso bolivariano chavista.
Ambos procesos vivieron las mismas contradicciones. Los líderes adecos se distanciaron del socialismo científico y pronto lo convirtieron en enemigo (sentando las bases de lo que los comunistas considerarían como traición al proceso histórico mismo) y orientando el movimiento como tendencia policlasista hacia el estado de derecho liberal tradicional. Chávez, por su parte, renegó de las ideas comunistas durante varios años (para algunos sólo ocultándolas por razones tácticas, para otros porque no había madurado aún su propia propuesta) para luego incorporarlas gradualmente a su discurso y orientar abiertamente su modelo a los ideales ejemplarizados por la Cuba castrista.
Quizá el bolivarianismo chavista no sea repetición histórica de los movimientos del 45 y más bien emulen entonces los de la Cuba del 58. Ambos antecedentes parecieran tener mayores visos de tragedia y, comparados con ambos, pareciera quedar la revolución chavista como farsa. Chávez acentúa el manejo mercantilista del petróleo para aprovechar sus rentas y financiar toda clase de exabruptos estatistas, sin considerar mayor transformación en las relaciones sociales de producción que la que se genere a partir de este mismo reparto. Si alguien de su mismo grupo le deja saber que han hecho multimillonarios a varios "revolucionarios" tal vez lo considere un costo especial del proceso o simplemente una mentira de la subversión burguesa.
Si los procesos históricos se repiten y si, según el mismo Marx, la primera vez suceden como tragedia y la segunda como farsa, somos entonces testigos excepcionales de uno de los actos más largos y repetitivos del teatro latinoamericano. Tal vez a algunos les quede como tranquilidad, precisamente, el hecho de que no se haya convertido, por los momentos, en tragedia.
viernes, 20 de noviembre de 2009
lunes, 9 de noviembre de 2009
La guerra por venir
Anuncios de guerra en boca de líderes y seguidores. "Cualquier batalla ideológica es mejor que la batalla de gobernar", piensan desde las mesetas del Estado enfermo. Si hubiese que hacer un inventario de políticas públicas (muchas aún activas) dirigidas intencionalmente a la derrota política de un adversario, a la polarización ideológica de los ciudadanos, a la orientación dogmática con recursos del Estado, la relación sería tan larga y dolorosa que dejaría poco espacio para la especulación.
Seguramente todos los estados nacionales y sus administradores eventuales utilizan sus poderes coyunturales para avanzar en la batalla política, muchas veces centrada más en la confrontación con los alternativos del poder que en la lucha por los avances del desarrollo en beneficio de los colectivos. Pero la diferencia entre nuestro monstruo enfermo y cualquier estado nacional, es que su debilidad le ha hecho perder cualquier perspectiva de diferenciación entre representación y omnipotencia, legitimidad y absolutismo.
Cuando se cambian las reglas competenciales del Estado para disminuir el poder de gestión de gobernadores y alcaldes electos, cuando se ordena a una compañía eléctrica que deje de actuar como agente recaudador de impuestos municipales porque el Alcalde dejó de ser del color del administrador nacional (dueño de la compañía eléctrica), tal vez las discusiones previas que originaron estas políticas llegaron a guardar ciertas formas básicas de política de Estado, por ejemplo: "...la irresponsabilidad sería no quitarles esas competencias, porque son ladrones de la cuarta república, antirevolucionarios, vendepatrias..."
Gobernar es tan complejo...Reducirlo a un ejercicio personalista del poder y pretender salir vivos del intento nos retrotrae históricamente como país y como sistema. Sólo la droga del petróleo permite semejante sandez. Sólo ese estimulante externo nos apertrecha para una fiesta continuada que sólo habrá de acabar, no ya en ratón como cualquier escapadita entre amigos, sino en emergencia hospitalaria con diversos síndromes que comprometerán la vida del enfermo, en este caso, de toda la Nación, que verá cuestionada su integridad y soberanía como nunca antes desde 1830.
La guerra por venir es una de los ciudadanos con su adicción y luego de los ciudadanos con su Estado-Monstruo. Sólo con la más exigente combinación de liderazgos y un grandísimo sacrificio estratégico colectivo, abandonaremos la mísera rendición a la droga nacional socialista rentista patrimonialista caudillista, para darle cabida a un proyecto de nación moderna.
Seguramente todos los estados nacionales y sus administradores eventuales utilizan sus poderes coyunturales para avanzar en la batalla política, muchas veces centrada más en la confrontación con los alternativos del poder que en la lucha por los avances del desarrollo en beneficio de los colectivos. Pero la diferencia entre nuestro monstruo enfermo y cualquier estado nacional, es que su debilidad le ha hecho perder cualquier perspectiva de diferenciación entre representación y omnipotencia, legitimidad y absolutismo.
Cuando se cambian las reglas competenciales del Estado para disminuir el poder de gestión de gobernadores y alcaldes electos, cuando se ordena a una compañía eléctrica que deje de actuar como agente recaudador de impuestos municipales porque el Alcalde dejó de ser del color del administrador nacional (dueño de la compañía eléctrica), tal vez las discusiones previas que originaron estas políticas llegaron a guardar ciertas formas básicas de política de Estado, por ejemplo: "...la irresponsabilidad sería no quitarles esas competencias, porque son ladrones de la cuarta república, antirevolucionarios, vendepatrias..."
Gobernar es tan complejo...Reducirlo a un ejercicio personalista del poder y pretender salir vivos del intento nos retrotrae históricamente como país y como sistema. Sólo la droga del petróleo permite semejante sandez. Sólo ese estimulante externo nos apertrecha para una fiesta continuada que sólo habrá de acabar, no ya en ratón como cualquier escapadita entre amigos, sino en emergencia hospitalaria con diversos síndromes que comprometerán la vida del enfermo, en este caso, de toda la Nación, que verá cuestionada su integridad y soberanía como nunca antes desde 1830.
La guerra por venir es una de los ciudadanos con su adicción y luego de los ciudadanos con su Estado-Monstruo. Sólo con la más exigente combinación de liderazgos y un grandísimo sacrificio estratégico colectivo, abandonaremos la mísera rendición a la droga nacional socialista rentista patrimonialista caudillista, para darle cabida a un proyecto de nación moderna.