Anuncios de guerra en boca de líderes y seguidores. "Cualquier batalla ideológica es mejor que la batalla de gobernar", piensan desde las mesetas del Estado enfermo. Si hubiese que hacer un inventario de políticas públicas (muchas aún activas) dirigidas intencionalmente a la derrota política de un adversario, a la polarización ideológica de los ciudadanos, a la orientación dogmática con recursos del Estado, la relación sería tan larga y dolorosa que dejaría poco espacio para la especulación.
Seguramente todos los estados nacionales y sus administradores eventuales utilizan sus poderes coyunturales para avanzar en la batalla política, muchas veces centrada más en la confrontación con los alternativos del poder que en la lucha por los avances del desarrollo en beneficio de los colectivos. Pero la diferencia entre nuestro monstruo enfermo y cualquier estado nacional, es que su debilidad le ha hecho perder cualquier perspectiva de diferenciación entre representación y omnipotencia, legitimidad y absolutismo.
Cuando se cambian las reglas competenciales del Estado para disminuir el poder de gestión de gobernadores y alcaldes electos, cuando se ordena a una compañía eléctrica que deje de actuar como agente recaudador de impuestos municipales porque el Alcalde dejó de ser del color del administrador nacional (dueño de la compañía eléctrica), tal vez las discusiones previas que originaron estas políticas llegaron a guardar ciertas formas básicas de política de Estado, por ejemplo: "...la irresponsabilidad sería no quitarles esas competencias, porque son ladrones de la cuarta república, antirevolucionarios, vendepatrias..."
Gobernar es tan complejo...Reducirlo a un ejercicio personalista del poder y pretender salir vivos del intento nos retrotrae históricamente como país y como sistema. Sólo la droga del petróleo permite semejante sandez. Sólo ese estimulante externo nos apertrecha para una fiesta continuada que sólo habrá de acabar, no ya en ratón como cualquier escapadita entre amigos, sino en emergencia hospitalaria con diversos síndromes que comprometerán la vida del enfermo, en este caso, de toda la Nación, que verá cuestionada su integridad y soberanía como nunca antes desde 1830.
La guerra por venir es una de los ciudadanos con su adicción y luego de los ciudadanos con su Estado-Monstruo. Sólo con la más exigente combinación de liderazgos y un grandísimo sacrificio estratégico colectivo, abandonaremos la mísera rendición a la droga nacional socialista rentista patrimonialista caudillista, para darle cabida a un proyecto de nación moderna.
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