sábado, 11 de abril de 2009

Degradación y renovación

Cada vez es más frecuente cierto espacio de desencuentro con algunos compañeros de discusión, por discrepancias con respecto al rol del pueblo venezolano frente a las situaciones que vive el país. Sin ahondar en ninguna herida concreta, soy de los que piensa que debemos ver (vernos) cada vez más como el grupo desordenado, caprichoso, algo mediocre y sólo puntual y minoritariamente productivo que somos, que se ha convertido en mayoría, activa o silente, tras décadas acumuladas de crisis en el país.

Varios gobernantes han hecho sus campañas y construyen sus discursos sobre la base de cierta recuperación en la autoestima colectiva, autoreforzando sus logros efectivos o potenciales para mejorar el orgullo de llevar el gentilicio nacional...Supongo que estará en los libritos básicos de marketing electoral, pero algunos antivalores hace años que ganan espacio en la interacción social cotidiana: el acceso inmediato al consumo sin que prive prioridad alguna, ir más deprisa que otros, aplicar más atajos para evadir reglas, menos autocontrol y cierto brote sicótico y violento para enfrentar casi todo, ya sea la posmodernidad rentista o la simple proximidad excesiva de un hijo de vecino, se han convertido en reglas de valoración que pendulan en la emocionalidad colectiva casi sin rechazo formal ni informal.

La degradación avanza a pasos agigantados en la patria de Andrés Bello. Tal vez los sistemas de comunicación pública oficial, asombrosos en su linealidad, deban ser comparados con los esfuerzos privados a través de ciertos medios más críticos con el gobierno, pero esa discusión pierde de perspectiva el hecho simple de que todos los ciudadanos financiamos la acción pública, hasta en esta Venezuela rentista donde le cedimos la postestad al Estado de liquidar nuestro patrimonio, pero no sólo debemos reclamar gobiernos eficaces para atender los problemas de la gente; debemos exigir medios públicos en los que su imparcialidad sea y parecezca mayor que la propia de cualquier particular, del que utiliza sus propios recursos para convencer a quien quiera de lo que quiera.

No se trata de un hecho aíslado. El Jefe máximo ha fortalecido la idea caudillista del poder y no entiende que existan personas que utilicen recursos de su propiedad (de la del Estado) para hacerle oposición. Recentraliza lo que haga falta y usa los medios del Estado como órganos de propaganda para la promoción de un proyecto político que ha estirado de manera grotesca los alcances de las mismas reglas fundamentales que él diseñara y que, como suele suceder, ya no son suficientemente "coherentes" con su proyecto personal.

Pero aún más grave es el hecho de que las "otras élites" del país, las que no estén tan directa y vulgarmente conectadas y comprometidas con los vasos sanguíneos que distribuyen el maná, no contribuyan de manera precisa para identificar los alcances que deben ser corregidos y para motivar a los líderes políticos emergentes a formarse como futuros gobernantes.

La formación técnica para gobernar y la formación política de calle que reciben nuestros jóvenes gobernantes es patética. Te acercas a una comunidad, en medio de un acto político regularmente organizado por las propias fuerzas partidistas, regularmente bajo el argumento de ciertas contrapartidas que nutren, inevitablemente, una perspectiva de participación clientelar hacia los convocados y, casi siempre, te das un baño de masas desprovisto de cualquier iniciativa de diálogo coherente, espacio de interacción casi condenado a servir simplemente como estímulo a a la "sensibilización" hacia el liderazgo promotor, que a partir de entonces ansiará aún más el acceso al maná rentístico a través de cualquier espacio gubernamental, como vía principal para "satisfacer" las necesidades de la gente (satisfacer las necesidades de la gente; hasta mis alumnos de ciencias políticas responden abiertamente que la función del gobierno es esa, así, sin más explicación ni precisión; se extrañan entonces cuando les pregunto cuál será la oficina que satisface necesidades sexuales, por poner un ejemplo, que en verdad espero que no lo tome para sí mismo algún gobernante del régimen) y llevar así "sonrisas" a tantos y tantos hogares con carencias importantes. No es que sea mala la sensibilidad, es vital para el desempeño de un líder político y más aún en funciones de gobierno, pero válgame simplemente la duda de que encuentre en nuestros candidatos alternativos un espacio para hacer con ella algo útil.

Venezuela requiere mejorar drásticamente su capacidad de gobierno. Necesita reformar agresivamente sus organizaciones de servicio público y motivar movilizaciones masivas para activar rumbos compartidos en políticas públicas que nos posicionen en los grandes temas de construcción ciudadana. Cuanto antes. La pérdida de ciudadanía atenta contra los logros y plazos más agresivos. No se puede ser gobernante, ni líder de nada, sin hablar técnicamente de administración de justicia, seguridad de personas y bienes, empresarialidad y propiedad privada, estabilización, empleo, productividad y competitividad, formación para el trabajo, infraestructura de servicios públicos vinculados a la vivienda y sus alrededores, producción y la inversión capitalizadora que la hace posible, entre otros temas que exigen del servidor público cierta forma de apostolado político y magia dirigencial para abordar los retos tecnocráticos de gobierno en todos los espacios de la vida pública del país. Bien por el líder que esté pensando en ella al tiempo que acrecienta su capital político, pero no es suficiente. Tenemos que trabajar con más gente.

La renovación tiene que llegar. A todos. Pero especialmente a los que quieran ser alternativa de poder. No más improvisación. No más juego con lo público. Reformemos para construir el Estado necesario y esperemos que cinco o diez años de sistemático ejemplo, permitan encauzar los demonios colectivos.

Algunos trabajan para salir de un régimen oprobioso, personalista y centralizador, obsoleto y manirroto, débil y grandilocuente. Todos deberíamos alternativamente trabajar en convencernos de que aún no sabemos a dónde queremos ir, más allá de dos o tres lugares comunes. Que, además, no es suficiente que lo sepan dos o tres. Que olvidamos hasta como contárselo a otros y los otros olvidaron los mecanismos para comprometer su fe en un proyecto de sociedad dónde no les toque repartición de nada, sólo esfuerzo, coherencia, seguridad para ganarse la vida, esperanza para que los hijos se la puedan ganar mejor y compromiso para que las injusticias más graves sean atendidas por el Estado como prioritarias para evitar continuar el sinsentido.