miércoles, 13 de octubre de 2010

El Estado somos todos...pero unos más que otros

Venezuela continúa enferma su camino. No es una enfermedad de un presidente, no es la enfermedad de un grupo de gente ni de un momento en la historia. Esto no es gripe. Se trata de fallas estructurales arraigadas en los genes y la psique de un pueblo que tuvo una ilusión modernizadora y no se permitió a si mismo el vértigo retante de acercarse al futuro. Ahora hurga en los desechos de la socialización estatista, pero no está allí su verdadero mal. No es Venezuela Cuba, Korea o Albania. Si alguna generalización cabe de Venezuela, seguramente hay que buscar en Libia sus referencias.

Porque Venezuela sufre una enfermedad provocada por el vaho pernicioso del rentismo estatista. Su Estado no está al servicio de la sociedad, especialmente desde que descubrió que ese bien primario de la sociedad es apeteciblemente liquidado en el mundo exterior y sólo un actor recibe las transferencias divorciadas de cualquier esfuerzo productivo. Mientras el país padece los males del sinsentido estatal (violencia, déficit de empleo de calidad, colapso de la construcción de nuevas viviendas, deterioro sistemático de los servicios públicos, urbes caóticas...) los administradores del Monstruo se regocijan en su poder inducido y se comen sus propias tonterías sobre el hombre del futuro. Nada más futurista que los nuevos viajes, los bellos hoteles, bailes y regalos, la nueva forma de vender el socialismo estatizante.

De verdad, la confusión entre Estado y Sociedad puede hacer mucho daño, porque a unos les suele tocar el rol de repartir y por alguna razón, prefieren repetir la función hasta el infinito sin cambiar de papel. Ojalá esta dolorosa pantomima nos sirva para extender conciencia y utilizar el nacionalismo para construir poder competitivo en nuestras iniciativas emprendedoras y poder cooperativo en nuestra política.