jueves, 25 de diciembre de 2008

Como Sísifo, cuesta arriba con su piedrita: vuelve la hora de las reformas institucionales en Venezuela.

Algunos pensamos que Venezuela debe reconducirse hacia la modernidad. Otros orientan sus esfuerzos en sentido contrario. Ojalá el sistema político, sea cual sea su caracterización, nos permita convivir, dialogar, convencer e, incluso, lograr cierta unidad nacional de propósitos (proyecto país) alrededor de algunos aspectos básicos de nuestra conformación social futura.

Algunos nos empeñamos en identificar oportunidades de mejora en un gobierno orientado hacia la distribución rentista anti productiva, anti moderna, populista y confiscadora, porque cualquier otra actitud sólo envilece aún más hacia el futuro nuestra posibilidad de éxito colectivo.

Venezuela no tiene déficit de proyectos de gestión pública en casi ningún área, ni de capacidades humanas para formularlos, ejecutarlos y bien dirigirlos (a pesar de las más recientes fugas masivas de capital humano). Ello no evita que se presenten discusiones sobre la orientación de la reforma institucional, que son casi siempre pertinentes y pudieran definir el rumbo de un gobierno u otro.

Bajo la misma premisa modernizadora coexisten varias ideologías pero, muchas veces, las organizaciones políticas responden a intereses claramente distanciados de sus propuestas ideológicas. También es posible que el simple cambio de actores genere diferencias sustanciales sobre las características de las políticas públicas a aplicar.

Lo cierto es que modernizar el país, construir ciudadanía, relaciones sociales integradoras y dinamizadoras, demanda un aparato estatal diferente. El que tenemos, usurpa, alborota, coarta, cercena y, lo que es más grave, profundiza la idea ya bien extendida de que no cabe esperar nada de la política y el poder público.

A lo largo y ancho de la sociedad nacional se extiende la creencia como una enfermedad: “mirando al Monstruo haz de reconocer su ambición, él quiere que esperes de él todo (no le gusta que no le reconozcas un rol fundamental en tu vida), pero por costumbre sabes que efectiva y positivamente no has de esperar de él…NADA”.

Un aparato estatal eficaz y eficiente en la gestión de un conjunto restringido y complejo de asuntos públicos, es la mayor producción del nacionalismo post feudal en el planeta, aún si es vinculada con sistemas económicos llamados “colonialistas” o “imperialistas”.

El logro es obvio, entre otras cosas, porque se trata del mismo Estado que ha tolerado, facilitado y, ocasionalmente, promovido, la transformación de la capacidad de hacer nuevas cosas para satisfacer necesidades de la gente (la innovación como base sistémica de lo que hoy llamamos capital).

El Estado post industrial surge como una frágil dinámica de interrelaciones centradas en lo público, allá donde las sociedades acumularon capital suficiente para financiar este experimento. Países desarrollados son países con estados fuertes, especialmente capaces de promover las instituciones reguladoras de las relaciones de producción capitalistas (para fortuna de la humanidad reciente que abandonó así estadios mucho menos capaces de producir riqueza para grandes mayorías).

Habrá de seguir evolucionando el sistema global de relaciones sociales de producción y con él cambiando el rol del Estado (por ejemplo, a partir de variaciones en su apellido “Nación”, al menos algunos ciframos allí ciertas esperanzas), pero no pareciera acercarse a nosotros la situación en la que esta evolución esté condicionada por la desaparición del Estado.

Las preguntas previas al vínculo entre Estado y Desarrollo podrían seguir siendo las mismas de hace 60 años:
- ¿Con cual modelo de producción, interrelaciones, distribución y consumo se hace más propicio el acceso a las bondades del desarrollo?
- ¿Con qué Estado, ejerciendo qué roles, con qué forma de articulación y legitimación social funciona el mejor Estado para promover ciertas instituciones y prácticas culturales?
- ¿Cuál es el diseño estratégico que puede transformar las realidades de un país y su gente para facilitar el acceso masivo a mejores estándares de vida en un período breve de tiempo, tal vez una generación?

Porque el Estado no es la clave del desenvolvimiento histórico exitoso de los países de mejor calidad de vida a mediados del siglo pasado. Se trata de países que accedieron a los mejores estándares de vida del planeta en los dos primeros siglos de aquella revolución productiva que fomentó la diferenciación del capitalismo a partir de una forma previa y menos evolucionada, el mercantilismo, con fuerzas económicas, sociales y culturales que poco tienen que ver con la configuración actual.

Pero hoy todos los esfuerzos de adaptación de países que no pertenecen al selecto grupo de los que logran ofrecer altos estándares de vida (en realidad, oportunidad para su acceso) a las grandes mayorías de su población, pasan hoy por un rol protagónico del Estado ¿Por qué?

En principio, porque hay una tendencia global a la consideración cada vez más internacional y progresiva de los derechos humanos, que no era la prioridad de una sociedad y su Estado en pleno proceso de acumulación durante el capitalismo de la revolución industrial, pero que resulta muy difícil obviar hoy. La conformación de los estados-nación implicó "copiar" estructuras institucionales modernas para países que no tenían como financiarlas. Sin embargo, nadie puede hoy en día proponer acceder al desarrollo explotando mano de obra infantil, por ejemplo, aunque efectivamente lo haga.

Segundo, porque el Estado es el único capaz de promover las condiciones para el desenvolvimiento del mercado y la expansión del capital, es decir, de las capacidades para hacer cosas que satisfagan necesidades. Durante la revolución industrial, la expansión del capital se produjo, muchas veces, en la presencia de un Estado débil para proteger derechos.

Tercero, porque el Estado hoy accede más fácil y legítimamente a las condiciones de un mundo globalizado y disfruta de mayores oportunidades para el uso de conocimientos en la aplicación de políticas públicas. Si, a pesar de ello, siguen prosperando movimientos políticos que manipulan la información para mantener el poder sin facilitar el acceso a más y mejores servicios públicos para la gente, se debe a la misma dinámica de empobrecimiento educativo que limita la construcción de condiciones de ciudadanía para comprender esta información y decidir políticamente en función de propuestas de gestión.

En resumen, no hay acceso al desarrollo en la era postindustrial sin un rol activo del Estado. Todos los países que están elevando intensa y sostenidamente su nivel de vida en los últimos 60 años lo han venido haciendo a partir de políticas públicas intencionadas. Sin estados fuertes, no hay acceso al desarrollo. Sólo un Estado fuerte puede proteger los derechos, promover el mercado y usar sus herramientas para activar políticas de construcción pública.

Venezuela no será la excepción. Nuestras oportunidades pasan porque identifiquemos los males que afligen a nuestro Estado y limitemos la expansión metastásica de su descomposición. Ciertamente, mucho de la sociedad se corrompe día a día, pero las posibilidades de corrección social mientras el Estado es el protagonista del caos lucen lejanas.

Abordar la reforma institucional necesaria es un reto que no requiere gran esfuerzo discursivo. Hacerlo realidad requiere condiciones que se alejan en la medida que se incrementa el acceso del monstruo a las fuentes de su propia perdición. Por ello, la reducción del maná rentista nos trae siempre toda clase de desajustes, que serán mayores en la medida que hemos sido menos responsables con su manejo. Todo lo que queda luego es mirarnos los unos a los otros y defender la racionalidad para ofrecer a la sociedad empobrecida un único futuro: “esfuerzo y sacrificio estratégicamente orientados”.

La reforma del Estado venezolano volverá a ser la discusión política protagonista en los próximos años. Lo será mientras el país se reconstruye dolorosamente (reconstrucción que implica siempre esfuerzos precisos de destrucción en áreas que requieren profunda reingeniería) y pocos entenderán los profundos nexos entre este proceso de reconstrucción y la empalagosa borrachera rentista que volvimos a vivir, sin ahorro, sin producción, sin orden, sin moral, sin luces.

Nuevamente el reto político consisten en comunicarse con la gente, abrir espacios de diálogo para todos los niveles y estilos de este pueblo desciudadanizado. Nuevamente el liderazgo estará a prueba para encauzar transformaciones ciertas. Sísifo comienza a rodar su piedra.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Ideologías y organizaciones políticas de liberación popular

Pareciera existir una contradicción entre las propuestas liberales y la emancipación y liberación de los individuos más pobres. No es así en el mundo de las ideas, porque la mayor parte de los liberales ciertos, reconocen y promueven sus ideales como transformadores y dinamizadores de la sociedad (progresistas), pero tal vez sí sucede en las prácticas políticas, que parecieran converger hacia modalidades más conservadoras.

Los movimientos políticos liberales hoy en día suelen estar claramente referenciados en grupos sociales de clase media y media alta. En ocasiones ofrecen espacios e interacciones a grupos intelectuales y muchas veces estos grupos dominan no sólo la producción ideológica, sino también la construcción política (y no es fácil que un buen intelectual sea un buen político, aunque a veces pasa). También suelen recibir apoyos y participación de grupos empresariales, sobre todo en la medida que sus líderes han renovado generacionalmente la actividad emprendedora de sus padres o abuelos.

No es extraño confundirse en el trasiego ideológico de “conservadores”, “liberales clásicos”, “socialdemócratas”, “socialcristianos o democrata-cristianos”, “ambientalistas o verdes”, “socialistas marxistas o comunistas”, “anarquistas”, “populistas” y “fascistas o nacional-socialistas” por resumir de un plumazo el mapa ideológico.

Eso sin incorporar las ideas de izquierda o derecha y las variantes vinculadas al nombre de los partidos o los momentos históricos en que se desenvuelven: por ejemplo, los partidos laboristas anglosajones o los demócratas y republicanos de Norteamérica o el partido liberal venezolano del S. XIX (marcademente conservador) y el partido conservador (marcadamente liberal), o los movimientos indigenistas (una mezcla de ambientalistas, maoistas y socialistas utopistas, en el sentido de los de la Europa decimonónica). Para los socialistas marxistas, todos los partidos no revolucionarios (socialistas o anarquistas) son partidos burgueses (o anti-revolucionarios).

De las confusiones propias del panorama ideológica se pasa a las confusiones sobre el impacto social de las ideas. De este modo, insisto, pocos movimientos liberales contemporáneos dirigen sus esfuerzos a la organización de masas desposeídas para impregnar de ideas modernizadoras su acontecer y sembrar allí las semillas de una transformación nacional e internacional liberadora.

No es que no haya ningún ejemplo, pero no son muchos ni muy exitosos. En Venezuela, Primero Justicia ha permeado estratos populares con un mensaje que mezcla aspectos liberales y socialdemócratas. Otro partido ha pretendido hacer lo mismo (mucho más consciente del potencial redentor del capitalismo), Rumbo Propio, en el Zulia, con una mezcla de liberalismo clásico (liberal conservador) con autonomismo, con menos éxito que el primero.

Algunos líderes políticos me han respondido abiertamente esta inquietud diciéndome que el mensaje modernizador tiene limitaciones de acceso estructuradas en la psiquis venezolana. Pareciera que a la mayoría de los más pobres les resulta extraño el mensaje liberal. Varios autores en Latinoamérica se refieren a este fenómeno como “resistencia popular a la modernidad”. Sin embargo, los partidos políticos tienden a interpretar superficialmente este rechazo y se adaptan informalmente (para la formalidad, dejan a los ideólogos) a la práctica populista para abordarlo.

Si bien la condición ciudadana, muchas veces reñida con la extrema pobreza, es una condición importante para pensar críticamente el Estado y la sociedad (para pensar críticamente cualquier cosa, en realidad) también lo es que la labor del liderazgo política consiste, precisamente, en canalizar esa transformación.

Hay que construir ciudadanía y haciéndolo mejorará el espectro político ideológico total, pero también hay que hacer cambiar el espectro ideológico a través del liderazgo político para que surjan condiciones para la construcción ciudadana.

Un primer cambio debe darse a lo interno de los partidos. La mayoría de los líderes de partidos, aún pretendiéndose modernizadores, sólo han construido un parapeto formal y superficial de identidad modernista y se refugian en lugares comunes de los que fácilmente brotan las contradicciones.

Pero más allá del cambio ideológico del líder político venezolano, urge también replantearse el rol de los partidos. Tal vez en parte para “actualizar” y flexibilizar sus estructuras, pero también para recuperar su organicidad y terminar de reconocer, sea cual sea su propuesta, que no existe partido que pretenda acceder al poder y no tenga una propuesta de liberación popular, al menos no en países que aún están lejos de las ventajas del desarrollo.

Un partido de liberación popular, exige interpretar las propuestas liberales, la capacidad redentora del capitalismo y construir el discurso y el liderazgo integrador hacia el compromiso de mejora social sistemática de validez comprobable, en comparación plena con vanas promesas de falsa liberación, generadoras de élites superprotegidas y grandes masas desposídas.

La práctica cotidiana del discurso ideológico liberal, destinado a promover la transformación fundamental de la sociedad (progreso), a partir del rompimiento de las cadenas de pobreza, en un país donde el Estado defienda y promueva la iniciativa emprendedora y su aprovechamiento privado (no el aprovechamiento del Estado para fines privados como hoy sucede), al mismo tiempo que se construyen más y mejores espacios de socialización (impidiendo la privatización perversa y promoviendo el acercamiento entre todos los ciudadanos), es parte de un compromiso que pocos partidos y partidistas parecieran comprender o si lo hacen lo hacen con un despliegue poco eficiente.

Ayudemos todos a este cambio y asumamos el reto de reintegración popular que demanda una sociedad engañada inmisericordemente por los usufructarios del Monstruo.

martes, 16 de diciembre de 2008

Los mil apellidos del capitalismo

Capitalismo industrial, capitalismo salvaje, capitalismo solidario, capitalismo tecnológico, capitalismo financiero, capitalismo liberal, capitalismo de mercado, capitalismo de estado, capitalismo con rostro humano, capitalismo monopolista, oligopolista o cartelizado, capitalismo neoliberal, capitalismo, capitalismo, capitalismo...

Los mil apellidos del capitalismo nos acercan la idea de su marcado carácter polifacético y actual. Uno de los que más escribió sobre capitalismo fue Marx y su influencia preñó las referencias de muchas escuelas de economía política durante años. Sin embargo, desde hace muchos años, la economía política que orienta la investigación científica en casi todo el mundo es marcadamente no marxista. Eso no evita que siga habiendo economistas y no economistas a los que les gustaría otra forma de capitalismo. Tal vez es inevitable.

El capitalismo es una forma de organización nacional e internacional de las sociedades que tiene como epicentro la propiedad privada (se podría decir también que la protección que de ella hacen las instituciones del Estado nacional y las instituciones supranacionales que los agrupan; el mismo concepto de propiedad no es más que una convención social y el máximo nivel de convencionalismo social institucionalizado es el Estado). También se basa en la libre asignación de recursos e intercambio de mercancías.

A mi me gusta definirlo como el sistema socio-político-económico, cultural y jurídico institucional que genera cierta forma de asignación de recursos y producción de bienes y servicios y que, a través de la innovación, acumula capacidades para producir cada vez más y mejores soluciones a las necesidades de la gente.

Este acumular de bienes y servicios que tienen la capacidad especial de producir otros bienes y servicios le da la personalidad al capital...es el capital. No es el dinero, no es el oro ni el plutonio. Es simplemente aquel bien que sirve para producir otros bienes y su mecanismo intrínseco de acumulación es la innovación aplicada.

Algunas familias de apellidos se vinculan con el nivel de libertad de esas asignaciones e intercambios. Las restricciones tienen diversa justificación y no resulta raro observar como se enmaraña el sistema de incentivos y regulaciones para promover determinado “comportamiento” en los agentes sociales en función de determinados objetivos, no siempre considerando la libre asignación e intercambio como parte de los medios vinculados teóricamente con estas finalidades (casi siempre poco sustentadas en análisis científicos).

El capitalismo no está en peligro, por mucho que se empeñen en golpearlo los promotores del hombre nuevo. Tampoco su salud garantiza mucho para la paz y el progreso mundial. La estructuras políticas que condicionan su existencia mucho pueden aún hacer para mejorar o empeorar la vida de todos los seres que compartimos el planeta.

El capitalismo sólo acumula prácticas sociales que están en proceso de consolidación desde los tiempos (remotos o recientísimos, depende de la perspectiva para la observación) en los que se generaron las dos únicas revoluciones que ha conocido la humanidad después de la última glaciación, la Neolítica y la Capitalista.

Los apellidos de esta última revolución (la capitalista) sólo nos dicen que está viva, que los acontecimientos están en desarrollo. De el capitalismo no depende la destrucción ni la salvación del hombre, aunque su aporte a la construcción de riqueza no tenga parangón con periódo alguno de la prehistoria e historia humana. Como todo sistema de convencionalismos más o menos consolidados, sólo refleja nuestra evolución social, que puede ser entendida como una forma extendida de práctica biológica, es decir, de sobrevivencia como especie.

Si el capitalismo es o no sustentable o sus excesos nos lo presentan como consumista y depredador (apellidos, apellidos...) la naturaleza aún tiene potencia para hacer su trabajo y ponernos en nuestro lugar.

Si el hombre supera la limitación de su habitáculo espacio temporal (por ejemplo, habitando otros planetas) tal vez algunos piensen que se resolvió el problema.

El hombre no tiene destino. No resuelve problemas ontológicos. El hombre vive y hace con su vida parte del sistema que evoluciona, comparte, presiona y resulta. La pretensión de construir diseños políticos y morales específicos, no es más que una parte del complejo entramado cultural que condiciona nuestra relación entre nosotros mismos y con nuestro entorno.

El capitalismo consumista podría ser sólo una pequeñísima fase de un complejo ensayo y error en el que se arriesga continuamente el equilibrio ambiental, pero es que todo el ser humano tiene un diseño cuestionable desde el punto de vista evolutivo y siete millones de años de crecimiento contrastado nos ubican como una especie animal dominante, pero no garantizan nada con respecto a nuestra sobrevivencia.

Capitalismo aniquilador o capitalismo salvador. Si somos lo que somos y procuramos comprendernos antes de cambiarnos, capitalismo no es más que una parte del complejo entramado de herramientas sociales que ha permitido construir la mayor cantidad de superestructuras materiales, institucionales y espirituales desde que los hominidos están de fiesta.