Algunos pensamos que Venezuela debe reconducirse hacia la modernidad. Otros orientan sus esfuerzos en sentido contrario. Ojalá el sistema político, sea cual sea su caracterización, nos permita convivir, dialogar, convencer e, incluso, lograr cierta unidad nacional de propósitos (proyecto país) alrededor de algunos aspectos básicos de nuestra conformación social futura.
Algunos nos empeñamos en identificar oportunidades de mejora en un gobierno orientado hacia la distribución rentista anti productiva, anti moderna, populista y confiscadora, porque cualquier otra actitud sólo envilece aún más hacia el futuro nuestra posibilidad de éxito colectivo.
Venezuela no tiene déficit de proyectos de gestión pública en casi ningún área, ni de capacidades humanas para formularlos, ejecutarlos y bien dirigirlos (a pesar de las más recientes fugas masivas de capital humano). Ello no evita que se presenten discusiones sobre la orientación de la reforma institucional, que son casi siempre pertinentes y pudieran definir el rumbo de un gobierno u otro.
Bajo la misma premisa modernizadora coexisten varias ideologías pero, muchas veces, las organizaciones políticas responden a intereses claramente distanciados de sus propuestas ideológicas. También es posible que el simple cambio de actores genere diferencias sustanciales sobre las características de las políticas públicas a aplicar.
Lo cierto es que modernizar el país, construir ciudadanía, relaciones sociales integradoras y dinamizadoras, demanda un aparato estatal diferente. El que tenemos, usurpa, alborota, coarta, cercena y, lo que es más grave, profundiza la idea ya bien extendida de que no cabe esperar nada de la política y el poder público.
A lo largo y ancho de la sociedad nacional se extiende la creencia como una enfermedad: “mirando al Monstruo haz de reconocer su ambición, él quiere que esperes de él todo (no le gusta que no le reconozcas un rol fundamental en tu vida), pero por costumbre sabes que efectiva y positivamente no has de esperar de él…NADA”.
Un aparato estatal eficaz y eficiente en la gestión de un conjunto restringido y complejo de asuntos públicos, es la mayor producción del nacionalismo post feudal en el planeta, aún si es vinculada con sistemas económicos llamados “colonialistas” o “imperialistas”.
El logro es obvio, entre otras cosas, porque se trata del mismo Estado que ha tolerado, facilitado y, ocasionalmente, promovido, la transformación de la capacidad de hacer nuevas cosas para satisfacer necesidades de la gente (la innovación como base sistémica de lo que hoy llamamos capital).
El Estado post industrial surge como una frágil dinámica de interrelaciones centradas en lo público, allá donde las sociedades acumularon capital suficiente para financiar este experimento. Países desarrollados son países con estados fuertes, especialmente capaces de promover las instituciones reguladoras de las relaciones de producción capitalistas (para fortuna de la humanidad reciente que abandonó así estadios mucho menos capaces de producir riqueza para grandes mayorías).
Habrá de seguir evolucionando el sistema global de relaciones sociales de producción y con él cambiando el rol del Estado (por ejemplo, a partir de variaciones en su apellido “Nación”, al menos algunos ciframos allí ciertas esperanzas), pero no pareciera acercarse a nosotros la situación en la que esta evolución esté condicionada por la desaparición del Estado.
Las preguntas previas al vínculo entre Estado y Desarrollo podrían seguir siendo las mismas de hace 60 años:
- ¿Con cual modelo de producción, interrelaciones, distribución y consumo se hace más propicio el acceso a las bondades del desarrollo?
- ¿Con qué Estado, ejerciendo qué roles, con qué forma de articulación y legitimación social funciona el mejor Estado para promover ciertas instituciones y prácticas culturales?
- ¿Cuál es el diseño estratégico que puede transformar las realidades de un país y su gente para facilitar el acceso masivo a mejores estándares de vida en un período breve de tiempo, tal vez una generación?
Porque el Estado no es la clave del desenvolvimiento histórico exitoso de los países de mejor calidad de vida a mediados del siglo pasado. Se trata de países que accedieron a los mejores estándares de vida del planeta en los dos primeros siglos de aquella revolución productiva que fomentó la diferenciación del capitalismo a partir de una forma previa y menos evolucionada, el mercantilismo, con fuerzas económicas, sociales y culturales que poco tienen que ver con la configuración actual.
Pero hoy todos los esfuerzos de adaptación de países que no pertenecen al selecto grupo de los que logran ofrecer altos estándares de vida (en realidad, oportunidad para su acceso) a las grandes mayorías de su población, pasan hoy por un rol protagónico del Estado ¿Por qué?
En principio, porque hay una tendencia global a la consideración cada vez más internacional y progresiva de los derechos humanos, que no era la prioridad de una sociedad y su Estado en pleno proceso de acumulación durante el capitalismo de la revolución industrial, pero que resulta muy difícil obviar hoy. La conformación de los estados-nación implicó "copiar" estructuras institucionales modernas para países que no tenían como financiarlas. Sin embargo, nadie puede hoy en día proponer acceder al desarrollo explotando mano de obra infantil, por ejemplo, aunque efectivamente lo haga.
Segundo, porque el Estado es el único capaz de promover las condiciones para el desenvolvimiento del mercado y la expansión del capital, es decir, de las capacidades para hacer cosas que satisfagan necesidades. Durante la revolución industrial, la expansión del capital se produjo, muchas veces, en la presencia de un Estado débil para proteger derechos.
Tercero, porque el Estado hoy accede más fácil y legítimamente a las condiciones de un mundo globalizado y disfruta de mayores oportunidades para el uso de conocimientos en la aplicación de políticas públicas. Si, a pesar de ello, siguen prosperando movimientos políticos que manipulan la información para mantener el poder sin facilitar el acceso a más y mejores servicios públicos para la gente, se debe a la misma dinámica de empobrecimiento educativo que limita la construcción de condiciones de ciudadanía para comprender esta información y decidir políticamente en función de propuestas de gestión.
En resumen, no hay acceso al desarrollo en la era postindustrial sin un rol activo del Estado. Todos los países que están elevando intensa y sostenidamente su nivel de vida en los últimos 60 años lo han venido haciendo a partir de políticas públicas intencionadas. Sin estados fuertes, no hay acceso al desarrollo. Sólo un Estado fuerte puede proteger los derechos, promover el mercado y usar sus herramientas para activar políticas de construcción pública.
Venezuela no será la excepción. Nuestras oportunidades pasan porque identifiquemos los males que afligen a nuestro Estado y limitemos la expansión metastásica de su descomposición. Ciertamente, mucho de la sociedad se corrompe día a día, pero las posibilidades de corrección social mientras el Estado es el protagonista del caos lucen lejanas.
Abordar la reforma institucional necesaria es un reto que no requiere gran esfuerzo discursivo. Hacerlo realidad requiere condiciones que se alejan en la medida que se incrementa el acceso del monstruo a las fuentes de su propia perdición. Por ello, la reducción del maná rentista nos trae siempre toda clase de desajustes, que serán mayores en la medida que hemos sido menos responsables con su manejo. Todo lo que queda luego es mirarnos los unos a los otros y defender la racionalidad para ofrecer a la sociedad empobrecida un único futuro: “esfuerzo y sacrificio estratégicamente orientados”.
La reforma del Estado venezolano volverá a ser la discusión política protagonista en los próximos años. Lo será mientras el país se reconstruye dolorosamente (reconstrucción que implica siempre esfuerzos precisos de destrucción en áreas que requieren profunda reingeniería) y pocos entenderán los profundos nexos entre este proceso de reconstrucción y la empalagosa borrachera rentista que volvimos a vivir, sin ahorro, sin producción, sin orden, sin moral, sin luces.
Nuevamente el reto político consisten en comunicarse con la gente, abrir espacios de diálogo para todos los niveles y estilos de este pueblo desciudadanizado. Nuevamente el liderazgo estará a prueba para encauzar transformaciones ciertas. Sísifo comienza a rodar su piedra.
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