Pareciera existir una contradicción entre las propuestas liberales y la emancipación y liberación de los individuos más pobres. No es así en el mundo de las ideas, porque la mayor parte de los liberales ciertos, reconocen y promueven sus ideales como transformadores y dinamizadores de la sociedad (progresistas), pero tal vez sí sucede en las prácticas políticas, que parecieran converger hacia modalidades más conservadoras.
Los movimientos políticos liberales hoy en día suelen estar claramente referenciados en grupos sociales de clase media y media alta. En ocasiones ofrecen espacios e interacciones a grupos intelectuales y muchas veces estos grupos dominan no sólo la producción ideológica, sino también la construcción política (y no es fácil que un buen intelectual sea un buen político, aunque a veces pasa). También suelen recibir apoyos y participación de grupos empresariales, sobre todo en la medida que sus líderes han renovado generacionalmente la actividad emprendedora de sus padres o abuelos.
No es extraño confundirse en el trasiego ideológico de “conservadores”, “liberales clásicos”, “socialdemócratas”, “socialcristianos o democrata-cristianos”, “ambientalistas o verdes”, “socialistas marxistas o comunistas”, “anarquistas”, “populistas” y “fascistas o nacional-socialistas” por resumir de un plumazo el mapa ideológico.
Eso sin incorporar las ideas de izquierda o derecha y las variantes vinculadas al nombre de los partidos o los momentos históricos en que se desenvuelven: por ejemplo, los partidos laboristas anglosajones o los demócratas y republicanos de Norteamérica o el partido liberal venezolano del S. XIX (marcademente conservador) y el partido conservador (marcadamente liberal), o los movimientos indigenistas (una mezcla de ambientalistas, maoistas y socialistas utopistas, en el sentido de los de la Europa decimonónica). Para los socialistas marxistas, todos los partidos no revolucionarios (socialistas o anarquistas) son partidos burgueses (o anti-revolucionarios).
De las confusiones propias del panorama ideológica se pasa a las confusiones sobre el impacto social de las ideas. De este modo, insisto, pocos movimientos liberales contemporáneos dirigen sus esfuerzos a la organización de masas desposeídas para impregnar de ideas modernizadoras su acontecer y sembrar allí las semillas de una transformación nacional e internacional liberadora.
No es que no haya ningún ejemplo, pero no son muchos ni muy exitosos. En Venezuela, Primero Justicia ha permeado estratos populares con un mensaje que mezcla aspectos liberales y socialdemócratas. Otro partido ha pretendido hacer lo mismo (mucho más consciente del potencial redentor del capitalismo), Rumbo Propio, en el Zulia, con una mezcla de liberalismo clásico (liberal conservador) con autonomismo, con menos éxito que el primero.
Algunos líderes políticos me han respondido abiertamente esta inquietud diciéndome que el mensaje modernizador tiene limitaciones de acceso estructuradas en la psiquis venezolana. Pareciera que a la mayoría de los más pobres les resulta extraño el mensaje liberal. Varios autores en Latinoamérica se refieren a este fenómeno como “resistencia popular a la modernidad”. Sin embargo, los partidos políticos tienden a interpretar superficialmente este rechazo y se adaptan informalmente (para la formalidad, dejan a los ideólogos) a la práctica populista para abordarlo.
Si bien la condición ciudadana, muchas veces reñida con la extrema pobreza, es una condición importante para pensar críticamente el Estado y la sociedad (para pensar críticamente cualquier cosa, en realidad) también lo es que la labor del liderazgo política consiste, precisamente, en canalizar esa transformación.
Hay que construir ciudadanía y haciéndolo mejorará el espectro político ideológico total, pero también hay que hacer cambiar el espectro ideológico a través del liderazgo político para que surjan condiciones para la construcción ciudadana.
Un primer cambio debe darse a lo interno de los partidos. La mayoría de los líderes de partidos, aún pretendiéndose modernizadores, sólo han construido un parapeto formal y superficial de identidad modernista y se refugian en lugares comunes de los que fácilmente brotan las contradicciones.
Pero más allá del cambio ideológico del líder político venezolano, urge también replantearse el rol de los partidos. Tal vez en parte para “actualizar” y flexibilizar sus estructuras, pero también para recuperar su organicidad y terminar de reconocer, sea cual sea su propuesta, que no existe partido que pretenda acceder al poder y no tenga una propuesta de liberación popular, al menos no en países que aún están lejos de las ventajas del desarrollo.
Un partido de liberación popular, exige interpretar las propuestas liberales, la capacidad redentora del capitalismo y construir el discurso y el liderazgo integrador hacia el compromiso de mejora social sistemática de validez comprobable, en comparación plena con vanas promesas de falsa liberación, generadoras de élites superprotegidas y grandes masas desposídas.
La práctica cotidiana del discurso ideológico liberal, destinado a promover la transformación fundamental de la sociedad (progreso), a partir del rompimiento de las cadenas de pobreza, en un país donde el Estado defienda y promueva la iniciativa emprendedora y su aprovechamiento privado (no el aprovechamiento del Estado para fines privados como hoy sucede), al mismo tiempo que se construyen más y mejores espacios de socialización (impidiendo la privatización perversa y promoviendo el acercamiento entre todos los ciudadanos), es parte de un compromiso que pocos partidos y partidistas parecieran comprender o si lo hacen lo hacen con un despliegue poco eficiente.
Ayudemos todos a este cambio y asumamos el reto de reintegración popular que demanda una sociedad engañada inmisericordemente por los usufructarios del Monstruo.
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