miércoles, 7 de julio de 2010

El petróleo en la nueva República

Uno de los puntos más difíciles de abordar en las reformas necesarias para este proyecto de nación llamado Venezuela es el rol del petróleo en la economía. Ya sería importante sin que se hubiese convertido en la base de nuestra enfermedad, en la que ha dominado al Monstruo desde hace décadas y mantiene a la sociedad drogada con su vaho pernicioso. Porque el petróleo, como actividad industrial, puede ser una gran oportunidad de desenvolvimiento tecnológico nacional competitivo, algo que el país había comenzado a construir a partir de los años 50 del siglo pasado a través de la Corporación Venezolana de Petróleo, pero que se desdibujó con la interpretación sesgada de las iniciativas de nacionalización a principios de los 70.

El petróleo ubica a Venezuela en un eje espacial y temporal muy particular del Mundo, facilitándole recursos externos sin contrapartida productiva nacional (la renta) y provocando una gran cantidad de distorsiones económicas y políticas vinculadas con su tratamiento por parte de la sociedad y su Estado.

Los pocos liberales tradicionales que hacen política u opinión en Venezuela, consideran que la industria petrolera venezolana debe ser privatizada, rompiendo así la fuente de droga del Monstruo. Pero Venezuela vive desinstitucionalizada, es decir, con insuficiente y deficiente Estado. Las posibilidades de regular la protección de la propiedad (por decir un ejemplo) dependería de que la sociedad se hubiese dotado previamente de un entramado político institucional suficientemente sólido para hacer respetar la Ley. Por ello, luce especialmente complicado plantear una privatización, al menos una que incluya los yacimientos, que sería la única auténticamente eficiente para lograr los cambios requeridos. Las posibilidades de un manejo perverso de este proceso y de los recursos que momentáneamente genere, llevan a dudar sobre los mecanismos para ofrecerle un tratamiento al Monstruo.

Este es el principal problema para abordar los cambios. Nada más fácil que argumentar graves medidas que limiten el uso abusivo de los recursos nacionales por parte de los aprovechadores de oficio que, mediante discursos populistas, acceden a las mayorías coyunturales que les permiten administrar el Estado como si fuera su granja particular, expropiando y juzgando a su antojo, manipulando los poderes del Estado gracias a su omnímodo poder distribuidor, ajeno a cualquier contrapeso. Pero serían estos mismos líderes los encargados de administrar un proceso de privatización y pareciera que, entonces, pudiera el país enfrentarse a una situación en la que haya liquidado su patrimonio de manera agresiva y su Estado continúe endeudándose y abordando sin tino los retos de servicio público que lleva años sin asumir, pero esta vez sin alternativa de liquidación patrimonial alguna (algunos lo consideran un costo necesario en términos de construcción nacional).

Lo cierto es que el fortalecimiento del Estado es la tarea más urgente del liderazgo político venezolano para el presente y el futuro, para sacar la renta petrolera de las finanzas públicas (al menos de las que facilitan incrementos del gasto corriente o de inversiones alejadas de cualquier criterio de eficacia o eficiencia y en áreas lejanas al mandato medular del Estado).

Pero tarde o temprano, líderes bien formados, adultos emocional y moralmente sólidos, retados en su capacidad para promover cambios modernizadores, se enfrentarán a la cueva del Monstruo sin que los miembros de la sociedad les hayamos facilitado el mandato claro de lo que ha de hacerse con respecto a la droga que facilita el caos (y que, seguro, les convoca para hacerse líderes del proceso de repartición, una de las más duras pruebas que el Monstruo le tiene preparada a cualquiera que se cree en condiciones de promover la transformación positiva del país).

Entonces, desde la racionalidad tecnopolítica básica, cabría anticipar la preparación de nuestros líderes para enfrentar este dilema. Así cabe plantearse lo siguiente:

1. El Estado venezolano debe financiar sus actividades a través de mecanismos tributarios sanos y progresivos, basados en la productividad nacional (impuesto sobre la renta de actividades empresariales y personales crecientes). Esto deja fuera del ámbito de cualquier ejercicio público razonable, el financiamiento de las operaciones del Estado a partir de la captación y distribución de renta petrolera.

2. El petróleo incluye actividades productivas nacionales que pueden representar, en término medio, entre una mitad y una quinta parte del ingreso petrolero (es decir, entre una mitad y cuatro quintas partes del ingreso proviene de una transferencia rentística no vinculada a un ejercicio nacional productivo) que deben generar impuestos para el Estado a tasas similares a las de cualquier actividad productiva. La Renta debe ser alejada del financiamiento corriente y dirigida a la alimentación de una serie de Fondos Nacionales.

3. Esta medida supondría el colapso total del Estado, que debe entonces dejar de mirar su ombligo para promover un proceso de selección de operaciones estratégicas para abordar los principales problemas de la gente, centrándose en que dichas operaciones activen capacidades humanas a lo largo y ancho de la sociedad, en vez de anularlas.

4. Políticamente se requiere un esfuerzo de integración social que facilite la asimilación de futuros deseables compartidos. El proyecto político requiere romper paradigmas de engaño, pillaje e incredulidad para construir conductas ciudadanas que faciliten la reconstrucción y castiguen el oportunismo cortoplacista y el caos.

5. Las regalías y otros ingresos rentísticos que provoquen las empresas venezolanas y extranjeras dedicadas a la actividad, deberían dedicarse a la creación de Fondos Nacionales, dirigidos a los siguientes destinos fiscales:

6. Un primer Fondo dedicado a la reestructuración del Estado. Una parte de este Fondo debe dirigirse a la reestructuración misma de la industria petrolera, que debe crear un organismo de planificación y coordinación que contribuya a generar el marco propicio para la explotación intensa y responsable de los recursos. Otra parte debe dedicarse a la capitalización humana e inteligente de las principales áreas de servicio público (seguridad, justicia, coordinación, información, salubridad, educación, servicios urbanos, etcétera), haciendo énfasis en recursos para la liquidación de centenares de miles de funcionarios públicos que deben comenzar a ofrecer sus servicios a través de nuevas figuras descentralizadas que resulten de más fácil administración por parte de órganos de gestión locales e intermedios, permitiendo concentrar la inteligencia del Estado Central para sus funciones medulares, hoy descuidadas. Como ejemplo, esta segunda parte del Fondo 1, debe dedicar ingentes recursos para la reestructuración de los grandes ministerios (por ejemplo, salud y educación) para su agresiva descentralización, promoviendo la centralización y fortalecimiento de su capacidad planificadora, coordinadora, supervisora y auditora.

7. Un segundo Fondo rentístico debe dedicarse a generar un plan creíble de reinstalación de infraestructuras, especialmente las vinculadas a los grandes centros urbanos, que han visto como se deteriora agresivamente su capacidad para abordar los grandes retos de vivienda, suministro de agua potable, saneamiento y otros servicios, comunicación y empleo para millones de empobrecidos habitantes urbanos.

8. Un tercer Fondo debe orientarse a generar los mecanismos contracíclicos para evitar los shocks externos por los vaivenes en los precios de realización petrolera.

La reestructuración del Estado es la clave del proceso. El Estado debe ser una organización social dotada de las más potentes herramientas y los recursos humanos mejor capacitados, con tecnologías orientadas a la dirección estratégica para atacar los principales problemas de la gente (morbilidad, inseguridad, desadaptación social y productiva, justicia ineficaz e ineficiente, entre otros).

El petróleo, en la nueva República, no es más que una industria activa, retada en su capacidad de integración social y ambiental, regulada por un Estado potente, pero cauto, promoviendo transformaciones en las capacidades productivas de la gente y facilitando un orden razonable para el desenvolvimiento exitoso de todos, sin ambicionar representar linealmente a la sociedad nunca más. El Estado al servicio de la gente, no de las élites clientelares que lo administran.

jueves, 1 de julio de 2010

¿Podría ser bueno lo que está sucediendo con el Estado en Venezuela?

Venezuela profundiza su crisis social, política, económica, cultural y ambiental a partir de un ejercicio arbitrario y trasnochado de la representación popular, haciendo un uso discrecional de las instituciones (de las reglas de juego fundamentales de la convencia ciudadana) para imponer un esquema anacrónico e insustentable, caudillista, rentista y antiproductivo.

En Venezuela y, aún claramente, fuera de Venezuela, muchas veces no se explican como semejante estropicio no es compensado por la acción popular, canalizada a través de las organizaciones políticas de oposición y, por esta incapacidad, visualizan el sostenimiento del actual régimen.

Lo cierto es que la oposición política venezolana es ideológicamente diversa, también de calidad diversa, de liderazgo diverso y, lo que puede resultar trascendente al final, de intereses diversos. Sacar a Chávez puede ser interpretado como una necesidad a partir del principio de sustitución en el poder, sin ningún fondo suficientemente sólido como para comprender los procesos históricos y liderar con impacto profundo el camino hacia los cambios.

Esto resulta fundamental para comprender la situación del país. La mayor parte de las operaciones políticas están condicionadas por el monstruo y su impacto sobre la sociedad. Nada, entiéndase bien, NADA en Venezuela es ajeno al vaho pernicioso del Estado rentista que oprime a la sociedad, huérfana de servicios, de justicia, de garantías ciudadanas, de propiedades productivas y posibilidades de aplicación al esfuerzo emprendedor, innovador, tesonero, competitivo. Venezuela vive presa, en sus principales relaciones económicas y políticas (y en buena parte de sus relaciones sociales y culturales) por el abrazo impotente y enfermo del sistema clientelar rentista al que le hemos cedido casi todos los poderes colectivos. La anomia nos invade y él mismo la promueve. El monstruo (no Chávez, él es simplemente su piloto de coyuntura, larga coyuntura pero coyuntura al fin, porque no es capaz de generar ningún cambio estructural) no quiere un país de ciudadanos, no quiere que se discuta sobre sus responsabilidades fundamentales, detesta que nos miremos a nosotros mismos como protagonistas de nuestras vidas (le interesa sembrar la ilusión de un pueblo como referente donde nadie es referente, donde nadie es nadie y sólo el mismo monstruo representa una construcción aparentemente humana).

Ahora bien, Chávez ha impuesto al Monstruo una regresión hasta ahora poco conocida. Sus anteriores pilotos le maquillaron de modernización y hasta hace poco creía (el Monstruo) haber conciiliado esta imagen (el maquillaje de modernidad) con su auténtica personalidad sociopática (el usufructo parasitario y distorsionador contra la sociedad venezolana que, enferma, le mantiene como único rico).

En esta regresión, sus conexiones orgánicas, neuronales, musculares y circulatorias con la sociedad que lo alberga, se harán más y más estrechas hasta que la sociedad misma no pueda concebirse diferente al mismo monstruo, hasta que monstruo y sociedad sean la misma cosa y ya no haya riesgo de que la suma de los individuos construya algo diferente a lo que el mismo monstruo explique o imagine.

Aunque sólo estamos describiendo una patología humana compleja, lo cierto es que la megalomanía del piloto y su costumbre de huir hacia delante, junto al caudal de miserables que condiciona para su autosostenimiento en la grupa del monstruo, pudieran estar provocando algo así como un suicidio, algo que tendría implicaciones para todo el sistema, drogado y aletargado por la relación enfermiza con su Estado, pero al mismo tiempo, podría ser una oportunidad histórica para que, futuras generaciones, aprovechen las cenizas que dejará este derrumbamiento, no ya para construir hombres del futuro y nuevos repartos de la riqueza a partir del esfuerzo ajeno (con lo que, en realidad, estarían sólo reviviendo al monstruo, que siempre es posible) sino para construir una sociedad dotada de un sistema de valores proclive a la construcción ciudadana, al esfuerzo productivo, al diseño de las dinámicas de orden necesarias para acordar los sacrificios y beneficios futuros, que pueda dotarse de los servicios correspondientes a un agente social complejo para incorporar ciertas garantías de funcionamiento y evitar que nos anexe un vecino ambicioso (ver en este mismo espacio La Lista para reconocer los alcances de los cambios necesarios) y para promover un futuro de esfuerzo que, luego de una o dos generaciones, hayan convertido al monstruo en una pesadilla de la que siempre deberán nuestros nietos aprender.

Hacer este esfuerzo a través de reformas democráticas tradicionales puede ser tan difícil como curar el cáncer con aspirinas. Rompamos la idea anuladora de que un país llamado Venezuela lo tuvo todo a su favor y está empeñado en convertirse en una nación deshauciada. Démosle a los más jóvenes un motivo de esperanza que actúe como razonable pivote para la reconstrucción. Tal vez, del algún modo, Chávez esté facilitando las cosas y los doce o quince años empleados, no resulten los estertores de nuestra vida republicana, sólo los estertores del Monstruo.