jueves, 1 de julio de 2010

¿Podría ser bueno lo que está sucediendo con el Estado en Venezuela?

Venezuela profundiza su crisis social, política, económica, cultural y ambiental a partir de un ejercicio arbitrario y trasnochado de la representación popular, haciendo un uso discrecional de las instituciones (de las reglas de juego fundamentales de la convencia ciudadana) para imponer un esquema anacrónico e insustentable, caudillista, rentista y antiproductivo.

En Venezuela y, aún claramente, fuera de Venezuela, muchas veces no se explican como semejante estropicio no es compensado por la acción popular, canalizada a través de las organizaciones políticas de oposición y, por esta incapacidad, visualizan el sostenimiento del actual régimen.

Lo cierto es que la oposición política venezolana es ideológicamente diversa, también de calidad diversa, de liderazgo diverso y, lo que puede resultar trascendente al final, de intereses diversos. Sacar a Chávez puede ser interpretado como una necesidad a partir del principio de sustitución en el poder, sin ningún fondo suficientemente sólido como para comprender los procesos históricos y liderar con impacto profundo el camino hacia los cambios.

Esto resulta fundamental para comprender la situación del país. La mayor parte de las operaciones políticas están condicionadas por el monstruo y su impacto sobre la sociedad. Nada, entiéndase bien, NADA en Venezuela es ajeno al vaho pernicioso del Estado rentista que oprime a la sociedad, huérfana de servicios, de justicia, de garantías ciudadanas, de propiedades productivas y posibilidades de aplicación al esfuerzo emprendedor, innovador, tesonero, competitivo. Venezuela vive presa, en sus principales relaciones económicas y políticas (y en buena parte de sus relaciones sociales y culturales) por el abrazo impotente y enfermo del sistema clientelar rentista al que le hemos cedido casi todos los poderes colectivos. La anomia nos invade y él mismo la promueve. El monstruo (no Chávez, él es simplemente su piloto de coyuntura, larga coyuntura pero coyuntura al fin, porque no es capaz de generar ningún cambio estructural) no quiere un país de ciudadanos, no quiere que se discuta sobre sus responsabilidades fundamentales, detesta que nos miremos a nosotros mismos como protagonistas de nuestras vidas (le interesa sembrar la ilusión de un pueblo como referente donde nadie es referente, donde nadie es nadie y sólo el mismo monstruo representa una construcción aparentemente humana).

Ahora bien, Chávez ha impuesto al Monstruo una regresión hasta ahora poco conocida. Sus anteriores pilotos le maquillaron de modernización y hasta hace poco creía (el Monstruo) haber conciiliado esta imagen (el maquillaje de modernidad) con su auténtica personalidad sociopática (el usufructo parasitario y distorsionador contra la sociedad venezolana que, enferma, le mantiene como único rico).

En esta regresión, sus conexiones orgánicas, neuronales, musculares y circulatorias con la sociedad que lo alberga, se harán más y más estrechas hasta que la sociedad misma no pueda concebirse diferente al mismo monstruo, hasta que monstruo y sociedad sean la misma cosa y ya no haya riesgo de que la suma de los individuos construya algo diferente a lo que el mismo monstruo explique o imagine.

Aunque sólo estamos describiendo una patología humana compleja, lo cierto es que la megalomanía del piloto y su costumbre de huir hacia delante, junto al caudal de miserables que condiciona para su autosostenimiento en la grupa del monstruo, pudieran estar provocando algo así como un suicidio, algo que tendría implicaciones para todo el sistema, drogado y aletargado por la relación enfermiza con su Estado, pero al mismo tiempo, podría ser una oportunidad histórica para que, futuras generaciones, aprovechen las cenizas que dejará este derrumbamiento, no ya para construir hombres del futuro y nuevos repartos de la riqueza a partir del esfuerzo ajeno (con lo que, en realidad, estarían sólo reviviendo al monstruo, que siempre es posible) sino para construir una sociedad dotada de un sistema de valores proclive a la construcción ciudadana, al esfuerzo productivo, al diseño de las dinámicas de orden necesarias para acordar los sacrificios y beneficios futuros, que pueda dotarse de los servicios correspondientes a un agente social complejo para incorporar ciertas garantías de funcionamiento y evitar que nos anexe un vecino ambicioso (ver en este mismo espacio La Lista para reconocer los alcances de los cambios necesarios) y para promover un futuro de esfuerzo que, luego de una o dos generaciones, hayan convertido al monstruo en una pesadilla de la que siempre deberán nuestros nietos aprender.

Hacer este esfuerzo a través de reformas democráticas tradicionales puede ser tan difícil como curar el cáncer con aspirinas. Rompamos la idea anuladora de que un país llamado Venezuela lo tuvo todo a su favor y está empeñado en convertirse en una nación deshauciada. Démosle a los más jóvenes un motivo de esperanza que actúe como razonable pivote para la reconstrucción. Tal vez, del algún modo, Chávez esté facilitando las cosas y los doce o quince años empleados, no resulten los estertores de nuestra vida republicana, sólo los estertores del Monstruo.

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