martes, 1 de junio de 2010

Mercantilismo populista anarquizante

¿Qué sistema político económico tiene en estos momentos Venezuela? No es fácil ofrecer una respuesta concluyente, pero lo más parecido que cabe observar y nombrar es un régimen pseudodemocrático, mercantilista, populista y anarquizante. Podría añadirse que se trata de un régimen patrimonialista y caudillista, pero estas dos categorías no forman parte de una novedad, nos acompañan desde los albores republicanos.

Tal vez algunos puedan decir que, en correcta interpretación, el mercantilismo también es muy viejo, seguramente más que el mismo caudillismo, porque tiene su origen mucho antes el surgimiento republicano, allá en la España colonial. El carácter mercantilista de la economía venezolana viene dado por su propensión rentista. La producción de bienes y servicios y la construcción de capital a través del ahorro y la innovación, características de la modernidad, son tareas culturalmente marginales en comparación con el simple reparto de los recursos que son trabajados en el resto del mundo y que nos son transferidos en forma de renta, a través de la liquidación del patrimonio minero que el Estado hace en nuestro nombre de ese bien propiedad de todos.

Pero Venezuela conoció el capitalismo, lo promovió y desarrolló inicialmente con fuerzas y técnicas productivas internacionales que, con diferentes ritmos y condiciones, fueron construyendo un entramado de esfuerzo, ahorro e innovación propios. Primero trabajó la tierra y exportó café y cacao, pero estos sistemas productivos nunca tuvieron la capacidad intrínseca para promover el crecimiento social y cultural que incluyera a las grandes mayorías, que permitiera la transformación hacia el desarrollo. Luego, casi un siglo después, la industrialización se instaló como política a partir de la expansión petrolera y sembrar el petróleo se convirtió en una idea primitiva para superar el rentismo parasitario.

No se trató de mucho tiempo. No siempre tuvo el enfoque productivo y competitivo que permitiese destacar a nuestra industria con respecto a la de nuestro entorno, a la del resto del Mundo. Pero fue nuestro. Un porcentaje significativo de la fuerza hombre se empleó por cuenta ajena en negocios de diferente índole y muchos llegaron a crecer en funciones y capacidades, formándose en el uso de nuevas técnicas y herramientas, para finalizar su vida productiva al servicio de empresas que prosperaban. Desde las interacciones sindicales en las actividades primarias petroleras, las relaciones laborales fueron creciendo y las instituciones sociales reconociendo este crecimiento y su complejidad. Venezuela tuvo una mayoría de trabajadores formales ocupados en su población económicamente activa. Duró poco tiempo. Poco extendido fue su valor agregado, las políticas de promoción competitiva, el cambio cultural para valorar lo producido sobre lo regalado, el capitalismo. Pronto se lo tragaría el rentismo, la repartidera, el Estado fagocitador de recursos para alimentar mafias clientelares, para invertir la ecuación básica de responsabildades estatales y poner a la sociedad productiva (trabajadores y empresarios) al servicio del Estado y sus proyectos de hegemonía populista, para ser el Estado (ahora ya transformado en Monstruo) el gran empleador y el gran oferente de bienes y servicios. No fue un asunto de tamaño. El monstruo creció en tejidos mezclados con la sociedad, mientras la sociedad necesitaba más orden, más seguridad, más infraestructura, más servicios de calidad, es decir, más Estado. El Estado rentista se volvió Monstruo y arrastró a toda la sociedad en su vaho adictivo.

El régimen actual no es más que un nieto malformado y gravemente adicto de esa vieja enfermedad. Oportunidades de acción política a partir del capitalismo rentista, todas las imaginables. Oportunidades para el capitalismo internacional amigo...todas las necesarias. Oportunidades para capitalismo criollo que haga al venezolano dueño de su destino a partir de su esfuerzo...Ni de vaina.

El nieto de este sistema, ahora habla claramente de destruir el capitalismo. Lo anuncia para el Mundo provocando más burla que temor, pero no cabe duda que lo aplica de frente para nuestro propio país. Volverlo completamente rentista, dependiente, enfermo, es la tarea que se hace bajo discursos exactamente contrarios ¿fortalezas, nacionalismo, autonomía, independencia de un país que vive más que ningún otro del esfuerzo del resto del mundo? exige un esfuerzo adicional de destrucción institucional. Acabar las formas tradicionales de gobierno (la forma de acción organizada y técnicamente competente que ofrece soluciones probables para atender los problemas de los ciudadanos, especialmente de aquellos problemas que los ciudadanos tienen dificultades para atender eficazmente por sí mismos) y generar una paranoia esquizoide sobre guerras internas (pueblo-burguesía) y externas (gringos-nacionales) que genere movimientos espasmódicos en la sociedad, pero no reacciones coordinadas, porque la idea básica es paralizar a todo el que se oponga a este esquema, reducir toda reflexión inteligente, promover el discurso único.

En Venezuela no hay ya gobierno. El que está no quiere serlo. Confiesa abiertamente su vocación de destruir las débiles instituciones para crear algo que no existe (la revolución y el socialismo) y llega a denigrar de los indicadores típicos de economía y gestión pública, como por ejemplo, de la inflación o el crecimiento económico porque lo único que miden es capitalismo.

Y pensar que no siempre fuimos rentistas. Produjimos con esfuerzo, inteligencia, innovación...Nos articulamos como sociedad para producir cosas y casi pareció que echábamos adelante, a pesar de la agresiva urbanización, la perenne injusticia, las dificultades de formación e inserción productiva y los problemas de resistencia popular a la modernidad. Algunos llegaron a llamarlo, una ilusión de armonía. Venezuela no fue completamente rentista durante unos pocos años de su historia. No fue suficiente.

Culpar de los males del país a ese breve período, no pude ser más que una ironía política típica del más arrogante populismo.

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