jueves, 15 de abril de 2010

¿Se puede curar al monstruo?

El Estado venezolano está enfermo y muchos se plantean diversas formas de cirugía como tratamiento para sus males. Pero sus carnes se mezclan con las de la gente, como su sangre y sus nervios. El Estado requiere un tratamiento innovador, una cura que no sólo limite su deriva actual, tampoco uno que nos lo regrese al estatus previo a este último brote psicótico; necesitamos un tratamiento integral que le ponga en forma, rejuvenecido, fuerte y ágil para beneficio de las grandes mayorías.

El país requiere liderazgo transformador. Sin embargo, poco se podrá hacer mientras el Estado busque jinetes justicieros para que suban a su grupa y manipulen la hacienda rentista en favor de cualquier locura. El conflicto del liderazgo guarda relación con las limitaciones que impone el monstruo a cualquier forma alternativa de discusión y gestión de problemas, que no tenga como centro el aprovechamiento clientelar del aparataje público, perpetuando así la llegada de la droga y su rápida distribución a través de todo el sistema circulatorio, con capilares cercanos a todo el entramado social.

En este modesto espacio de reflexión, liberal y progresista, a veces provoca motivar razones nacionalistas para salir de la anomia asfixiante, producto del terror ciudadano a las artimañas de la bestia y su cabalgante de turno. Sin embargo, aún muchos quisiéramos creer que no todo el orgullo se ha perdido, que el concepto de ciudadanía no está completamente pisoteado, que la gente de esta tierra tiene mucho para dar y si le ofrecen oportunidades, responde al compromiso.

Liderazgo para acordar el doloroso tratamiento. Habremos de sacar el petróleo de las finanzas públicas venezolanas, promover la reestructuración agresiva del aparato público estatal, concentrar el esfuerzo de gestión en la coordinación para maximizar el alcance y calidad de los servicios públicos (seguridad de bienes y personas, formación ciudadana y productiva, recuperación del espacio público, vivienda) y apostar por un sacrificio generacional para ubicarnos como país desarrollado.

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