Algunos pensamos que Venezuela debe reconducirse hacia la modernidad. Otros orientan sus esfuerzos en sentido contrario. Ojalá el sistema político, sea cual sea su caracterización, nos permita convivir, dialogar, convencer e, incluso, lograr cierta unidad nacional de propósitos (proyecto país) alrededor de algunos aspectos básicos de nuestra conformación social futura.
Algunos nos empeñamos en identificar oportunidades de mejora en un gobierno orientado hacia la distribución rentista anti productiva, anti moderna, populista y confiscadora, porque cualquier otra actitud sólo envilece aún más hacia el futuro nuestra posibilidad de éxito colectivo.
Venezuela no tiene déficit de proyectos de gestión pública en casi ningún área, ni de capacidades humanas para formularlos, ejecutarlos y bien dirigirlos (a pesar de las más recientes fugas masivas de capital humano). Ello no evita que se presenten discusiones sobre la orientación de la reforma institucional, que son casi siempre pertinentes y pudieran definir el rumbo de un gobierno u otro.
Bajo la misma premisa modernizadora coexisten varias ideologías pero, muchas veces, las organizaciones políticas responden a intereses claramente distanciados de sus propuestas ideológicas. También es posible que el simple cambio de actores genere diferencias sustanciales sobre las características de las políticas públicas a aplicar.
Lo cierto es que modernizar el país, construir ciudadanía, relaciones sociales integradoras y dinamizadoras, demanda un aparato estatal diferente. El que tenemos, usurpa, alborota, coarta, cercena y, lo que es más grave, profundiza la idea ya bien extendida de que no cabe esperar nada de la política y el poder público.
A lo largo y ancho de la sociedad nacional se extiende la creencia como una enfermedad: “mirando al Monstruo haz de reconocer su ambición, él quiere que esperes de él todo (no le gusta que no le reconozcas un rol fundamental en tu vida), pero por costumbre sabes que efectiva y positivamente no has de esperar de él…NADA”.
Un aparato estatal eficaz y eficiente en la gestión de un conjunto restringido y complejo de asuntos públicos, es la mayor producción del nacionalismo post feudal en el planeta, aún si es vinculada con sistemas económicos llamados “colonialistas” o “imperialistas”.
El logro es obvio, entre otras cosas, porque se trata del mismo Estado que ha tolerado, facilitado y, ocasionalmente, promovido, la transformación de la capacidad de hacer nuevas cosas para satisfacer necesidades de la gente (la innovación como base sistémica de lo que hoy llamamos capital).
El Estado post industrial surge como una frágil dinámica de interrelaciones centradas en lo público, allá donde las sociedades acumularon capital suficiente para financiar este experimento. Países desarrollados son países con estados fuertes, especialmente capaces de promover las instituciones reguladoras de las relaciones de producción capitalistas (para fortuna de la humanidad reciente que abandonó así estadios mucho menos capaces de producir riqueza para grandes mayorías).
Habrá de seguir evolucionando el sistema global de relaciones sociales de producción y con él cambiando el rol del Estado (por ejemplo, a partir de variaciones en su apellido “Nación”, al menos algunos ciframos allí ciertas esperanzas), pero no pareciera acercarse a nosotros la situación en la que esta evolución esté condicionada por la desaparición del Estado.
Las preguntas previas al vínculo entre Estado y Desarrollo podrían seguir siendo las mismas de hace 60 años:
- ¿Con cual modelo de producción, interrelaciones, distribución y consumo se hace más propicio el acceso a las bondades del desarrollo?
- ¿Con qué Estado, ejerciendo qué roles, con qué forma de articulación y legitimación social funciona el mejor Estado para promover ciertas instituciones y prácticas culturales?
- ¿Cuál es el diseño estratégico que puede transformar las realidades de un país y su gente para facilitar el acceso masivo a mejores estándares de vida en un período breve de tiempo, tal vez una generación?
Porque el Estado no es la clave del desenvolvimiento histórico exitoso de los países de mejor calidad de vida a mediados del siglo pasado. Se trata de países que accedieron a los mejores estándares de vida del planeta en los dos primeros siglos de aquella revolución productiva que fomentó la diferenciación del capitalismo a partir de una forma previa y menos evolucionada, el mercantilismo, con fuerzas económicas, sociales y culturales que poco tienen que ver con la configuración actual.
Pero hoy todos los esfuerzos de adaptación de países que no pertenecen al selecto grupo de los que logran ofrecer altos estándares de vida (en realidad, oportunidad para su acceso) a las grandes mayorías de su población, pasan hoy por un rol protagónico del Estado ¿Por qué?
En principio, porque hay una tendencia global a la consideración cada vez más internacional y progresiva de los derechos humanos, que no era la prioridad de una sociedad y su Estado en pleno proceso de acumulación durante el capitalismo de la revolución industrial, pero que resulta muy difícil obviar hoy. La conformación de los estados-nación implicó "copiar" estructuras institucionales modernas para países que no tenían como financiarlas. Sin embargo, nadie puede hoy en día proponer acceder al desarrollo explotando mano de obra infantil, por ejemplo, aunque efectivamente lo haga.
Segundo, porque el Estado es el único capaz de promover las condiciones para el desenvolvimiento del mercado y la expansión del capital, es decir, de las capacidades para hacer cosas que satisfagan necesidades. Durante la revolución industrial, la expansión del capital se produjo, muchas veces, en la presencia de un Estado débil para proteger derechos.
Tercero, porque el Estado hoy accede más fácil y legítimamente a las condiciones de un mundo globalizado y disfruta de mayores oportunidades para el uso de conocimientos en la aplicación de políticas públicas. Si, a pesar de ello, siguen prosperando movimientos políticos que manipulan la información para mantener el poder sin facilitar el acceso a más y mejores servicios públicos para la gente, se debe a la misma dinámica de empobrecimiento educativo que limita la construcción de condiciones de ciudadanía para comprender esta información y decidir políticamente en función de propuestas de gestión.
En resumen, no hay acceso al desarrollo en la era postindustrial sin un rol activo del Estado. Todos los países que están elevando intensa y sostenidamente su nivel de vida en los últimos 60 años lo han venido haciendo a partir de políticas públicas intencionadas. Sin estados fuertes, no hay acceso al desarrollo. Sólo un Estado fuerte puede proteger los derechos, promover el mercado y usar sus herramientas para activar políticas de construcción pública.
Venezuela no será la excepción. Nuestras oportunidades pasan porque identifiquemos los males que afligen a nuestro Estado y limitemos la expansión metastásica de su descomposición. Ciertamente, mucho de la sociedad se corrompe día a día, pero las posibilidades de corrección social mientras el Estado es el protagonista del caos lucen lejanas.
Abordar la reforma institucional necesaria es un reto que no requiere gran esfuerzo discursivo. Hacerlo realidad requiere condiciones que se alejan en la medida que se incrementa el acceso del monstruo a las fuentes de su propia perdición. Por ello, la reducción del maná rentista nos trae siempre toda clase de desajustes, que serán mayores en la medida que hemos sido menos responsables con su manejo. Todo lo que queda luego es mirarnos los unos a los otros y defender la racionalidad para ofrecer a la sociedad empobrecida un único futuro: “esfuerzo y sacrificio estratégicamente orientados”.
La reforma del Estado venezolano volverá a ser la discusión política protagonista en los próximos años. Lo será mientras el país se reconstruye dolorosamente (reconstrucción que implica siempre esfuerzos precisos de destrucción en áreas que requieren profunda reingeniería) y pocos entenderán los profundos nexos entre este proceso de reconstrucción y la empalagosa borrachera rentista que volvimos a vivir, sin ahorro, sin producción, sin orden, sin moral, sin luces.
Nuevamente el reto político consisten en comunicarse con la gente, abrir espacios de diálogo para todos los niveles y estilos de este pueblo desciudadanizado. Nuevamente el liderazgo estará a prueba para encauzar transformaciones ciertas. Sísifo comienza a rodar su piedra.
jueves, 25 de diciembre de 2008
jueves, 18 de diciembre de 2008
Ideologías y organizaciones políticas de liberación popular
Pareciera existir una contradicción entre las propuestas liberales y la emancipación y liberación de los individuos más pobres. No es así en el mundo de las ideas, porque la mayor parte de los liberales ciertos, reconocen y promueven sus ideales como transformadores y dinamizadores de la sociedad (progresistas), pero tal vez sí sucede en las prácticas políticas, que parecieran converger hacia modalidades más conservadoras.
Los movimientos políticos liberales hoy en día suelen estar claramente referenciados en grupos sociales de clase media y media alta. En ocasiones ofrecen espacios e interacciones a grupos intelectuales y muchas veces estos grupos dominan no sólo la producción ideológica, sino también la construcción política (y no es fácil que un buen intelectual sea un buen político, aunque a veces pasa). También suelen recibir apoyos y participación de grupos empresariales, sobre todo en la medida que sus líderes han renovado generacionalmente la actividad emprendedora de sus padres o abuelos.
No es extraño confundirse en el trasiego ideológico de “conservadores”, “liberales clásicos”, “socialdemócratas”, “socialcristianos o democrata-cristianos”, “ambientalistas o verdes”, “socialistas marxistas o comunistas”, “anarquistas”, “populistas” y “fascistas o nacional-socialistas” por resumir de un plumazo el mapa ideológico.
Eso sin incorporar las ideas de izquierda o derecha y las variantes vinculadas al nombre de los partidos o los momentos históricos en que se desenvuelven: por ejemplo, los partidos laboristas anglosajones o los demócratas y republicanos de Norteamérica o el partido liberal venezolano del S. XIX (marcademente conservador) y el partido conservador (marcadamente liberal), o los movimientos indigenistas (una mezcla de ambientalistas, maoistas y socialistas utopistas, en el sentido de los de la Europa decimonónica). Para los socialistas marxistas, todos los partidos no revolucionarios (socialistas o anarquistas) son partidos burgueses (o anti-revolucionarios).
De las confusiones propias del panorama ideológica se pasa a las confusiones sobre el impacto social de las ideas. De este modo, insisto, pocos movimientos liberales contemporáneos dirigen sus esfuerzos a la organización de masas desposeídas para impregnar de ideas modernizadoras su acontecer y sembrar allí las semillas de una transformación nacional e internacional liberadora.
No es que no haya ningún ejemplo, pero no son muchos ni muy exitosos. En Venezuela, Primero Justicia ha permeado estratos populares con un mensaje que mezcla aspectos liberales y socialdemócratas. Otro partido ha pretendido hacer lo mismo (mucho más consciente del potencial redentor del capitalismo), Rumbo Propio, en el Zulia, con una mezcla de liberalismo clásico (liberal conservador) con autonomismo, con menos éxito que el primero.
Algunos líderes políticos me han respondido abiertamente esta inquietud diciéndome que el mensaje modernizador tiene limitaciones de acceso estructuradas en la psiquis venezolana. Pareciera que a la mayoría de los más pobres les resulta extraño el mensaje liberal. Varios autores en Latinoamérica se refieren a este fenómeno como “resistencia popular a la modernidad”. Sin embargo, los partidos políticos tienden a interpretar superficialmente este rechazo y se adaptan informalmente (para la formalidad, dejan a los ideólogos) a la práctica populista para abordarlo.
Si bien la condición ciudadana, muchas veces reñida con la extrema pobreza, es una condición importante para pensar críticamente el Estado y la sociedad (para pensar críticamente cualquier cosa, en realidad) también lo es que la labor del liderazgo política consiste, precisamente, en canalizar esa transformación.
Hay que construir ciudadanía y haciéndolo mejorará el espectro político ideológico total, pero también hay que hacer cambiar el espectro ideológico a través del liderazgo político para que surjan condiciones para la construcción ciudadana.
Un primer cambio debe darse a lo interno de los partidos. La mayoría de los líderes de partidos, aún pretendiéndose modernizadores, sólo han construido un parapeto formal y superficial de identidad modernista y se refugian en lugares comunes de los que fácilmente brotan las contradicciones.
Pero más allá del cambio ideológico del líder político venezolano, urge también replantearse el rol de los partidos. Tal vez en parte para “actualizar” y flexibilizar sus estructuras, pero también para recuperar su organicidad y terminar de reconocer, sea cual sea su propuesta, que no existe partido que pretenda acceder al poder y no tenga una propuesta de liberación popular, al menos no en países que aún están lejos de las ventajas del desarrollo.
Un partido de liberación popular, exige interpretar las propuestas liberales, la capacidad redentora del capitalismo y construir el discurso y el liderazgo integrador hacia el compromiso de mejora social sistemática de validez comprobable, en comparación plena con vanas promesas de falsa liberación, generadoras de élites superprotegidas y grandes masas desposídas.
La práctica cotidiana del discurso ideológico liberal, destinado a promover la transformación fundamental de la sociedad (progreso), a partir del rompimiento de las cadenas de pobreza, en un país donde el Estado defienda y promueva la iniciativa emprendedora y su aprovechamiento privado (no el aprovechamiento del Estado para fines privados como hoy sucede), al mismo tiempo que se construyen más y mejores espacios de socialización (impidiendo la privatización perversa y promoviendo el acercamiento entre todos los ciudadanos), es parte de un compromiso que pocos partidos y partidistas parecieran comprender o si lo hacen lo hacen con un despliegue poco eficiente.
Ayudemos todos a este cambio y asumamos el reto de reintegración popular que demanda una sociedad engañada inmisericordemente por los usufructarios del Monstruo.
Los movimientos políticos liberales hoy en día suelen estar claramente referenciados en grupos sociales de clase media y media alta. En ocasiones ofrecen espacios e interacciones a grupos intelectuales y muchas veces estos grupos dominan no sólo la producción ideológica, sino también la construcción política (y no es fácil que un buen intelectual sea un buen político, aunque a veces pasa). También suelen recibir apoyos y participación de grupos empresariales, sobre todo en la medida que sus líderes han renovado generacionalmente la actividad emprendedora de sus padres o abuelos.
No es extraño confundirse en el trasiego ideológico de “conservadores”, “liberales clásicos”, “socialdemócratas”, “socialcristianos o democrata-cristianos”, “ambientalistas o verdes”, “socialistas marxistas o comunistas”, “anarquistas”, “populistas” y “fascistas o nacional-socialistas” por resumir de un plumazo el mapa ideológico.
Eso sin incorporar las ideas de izquierda o derecha y las variantes vinculadas al nombre de los partidos o los momentos históricos en que se desenvuelven: por ejemplo, los partidos laboristas anglosajones o los demócratas y republicanos de Norteamérica o el partido liberal venezolano del S. XIX (marcademente conservador) y el partido conservador (marcadamente liberal), o los movimientos indigenistas (una mezcla de ambientalistas, maoistas y socialistas utopistas, en el sentido de los de la Europa decimonónica). Para los socialistas marxistas, todos los partidos no revolucionarios (socialistas o anarquistas) son partidos burgueses (o anti-revolucionarios).
De las confusiones propias del panorama ideológica se pasa a las confusiones sobre el impacto social de las ideas. De este modo, insisto, pocos movimientos liberales contemporáneos dirigen sus esfuerzos a la organización de masas desposeídas para impregnar de ideas modernizadoras su acontecer y sembrar allí las semillas de una transformación nacional e internacional liberadora.
No es que no haya ningún ejemplo, pero no son muchos ni muy exitosos. En Venezuela, Primero Justicia ha permeado estratos populares con un mensaje que mezcla aspectos liberales y socialdemócratas. Otro partido ha pretendido hacer lo mismo (mucho más consciente del potencial redentor del capitalismo), Rumbo Propio, en el Zulia, con una mezcla de liberalismo clásico (liberal conservador) con autonomismo, con menos éxito que el primero.
Algunos líderes políticos me han respondido abiertamente esta inquietud diciéndome que el mensaje modernizador tiene limitaciones de acceso estructuradas en la psiquis venezolana. Pareciera que a la mayoría de los más pobres les resulta extraño el mensaje liberal. Varios autores en Latinoamérica se refieren a este fenómeno como “resistencia popular a la modernidad”. Sin embargo, los partidos políticos tienden a interpretar superficialmente este rechazo y se adaptan informalmente (para la formalidad, dejan a los ideólogos) a la práctica populista para abordarlo.
Si bien la condición ciudadana, muchas veces reñida con la extrema pobreza, es una condición importante para pensar críticamente el Estado y la sociedad (para pensar críticamente cualquier cosa, en realidad) también lo es que la labor del liderazgo política consiste, precisamente, en canalizar esa transformación.
Hay que construir ciudadanía y haciéndolo mejorará el espectro político ideológico total, pero también hay que hacer cambiar el espectro ideológico a través del liderazgo político para que surjan condiciones para la construcción ciudadana.
Un primer cambio debe darse a lo interno de los partidos. La mayoría de los líderes de partidos, aún pretendiéndose modernizadores, sólo han construido un parapeto formal y superficial de identidad modernista y se refugian en lugares comunes de los que fácilmente brotan las contradicciones.
Pero más allá del cambio ideológico del líder político venezolano, urge también replantearse el rol de los partidos. Tal vez en parte para “actualizar” y flexibilizar sus estructuras, pero también para recuperar su organicidad y terminar de reconocer, sea cual sea su propuesta, que no existe partido que pretenda acceder al poder y no tenga una propuesta de liberación popular, al menos no en países que aún están lejos de las ventajas del desarrollo.
Un partido de liberación popular, exige interpretar las propuestas liberales, la capacidad redentora del capitalismo y construir el discurso y el liderazgo integrador hacia el compromiso de mejora social sistemática de validez comprobable, en comparación plena con vanas promesas de falsa liberación, generadoras de élites superprotegidas y grandes masas desposídas.
La práctica cotidiana del discurso ideológico liberal, destinado a promover la transformación fundamental de la sociedad (progreso), a partir del rompimiento de las cadenas de pobreza, en un país donde el Estado defienda y promueva la iniciativa emprendedora y su aprovechamiento privado (no el aprovechamiento del Estado para fines privados como hoy sucede), al mismo tiempo que se construyen más y mejores espacios de socialización (impidiendo la privatización perversa y promoviendo el acercamiento entre todos los ciudadanos), es parte de un compromiso que pocos partidos y partidistas parecieran comprender o si lo hacen lo hacen con un despliegue poco eficiente.
Ayudemos todos a este cambio y asumamos el reto de reintegración popular que demanda una sociedad engañada inmisericordemente por los usufructarios del Monstruo.
martes, 16 de diciembre de 2008
Los mil apellidos del capitalismo
Capitalismo industrial, capitalismo salvaje, capitalismo solidario, capitalismo tecnológico, capitalismo financiero, capitalismo liberal, capitalismo de mercado, capitalismo de estado, capitalismo con rostro humano, capitalismo monopolista, oligopolista o cartelizado, capitalismo neoliberal, capitalismo, capitalismo, capitalismo...
Los mil apellidos del capitalismo nos acercan la idea de su marcado carácter polifacético y actual. Uno de los que más escribió sobre capitalismo fue Marx y su influencia preñó las referencias de muchas escuelas de economía política durante años. Sin embargo, desde hace muchos años, la economía política que orienta la investigación científica en casi todo el mundo es marcadamente no marxista. Eso no evita que siga habiendo economistas y no economistas a los que les gustaría otra forma de capitalismo. Tal vez es inevitable.
El capitalismo es una forma de organización nacional e internacional de las sociedades que tiene como epicentro la propiedad privada (se podría decir también que la protección que de ella hacen las instituciones del Estado nacional y las instituciones supranacionales que los agrupan; el mismo concepto de propiedad no es más que una convención social y el máximo nivel de convencionalismo social institucionalizado es el Estado). También se basa en la libre asignación de recursos e intercambio de mercancías.
A mi me gusta definirlo como el sistema socio-político-económico, cultural y jurídico institucional que genera cierta forma de asignación de recursos y producción de bienes y servicios y que, a través de la innovación, acumula capacidades para producir cada vez más y mejores soluciones a las necesidades de la gente.
Este acumular de bienes y servicios que tienen la capacidad especial de producir otros bienes y servicios le da la personalidad al capital...es el capital. No es el dinero, no es el oro ni el plutonio. Es simplemente aquel bien que sirve para producir otros bienes y su mecanismo intrínseco de acumulación es la innovación aplicada.
Algunas familias de apellidos se vinculan con el nivel de libertad de esas asignaciones e intercambios. Las restricciones tienen diversa justificación y no resulta raro observar como se enmaraña el sistema de incentivos y regulaciones para promover determinado “comportamiento” en los agentes sociales en función de determinados objetivos, no siempre considerando la libre asignación e intercambio como parte de los medios vinculados teóricamente con estas finalidades (casi siempre poco sustentadas en análisis científicos).
El capitalismo no está en peligro, por mucho que se empeñen en golpearlo los promotores del hombre nuevo. Tampoco su salud garantiza mucho para la paz y el progreso mundial. La estructuras políticas que condicionan su existencia mucho pueden aún hacer para mejorar o empeorar la vida de todos los seres que compartimos el planeta.
El capitalismo sólo acumula prácticas sociales que están en proceso de consolidación desde los tiempos (remotos o recientísimos, depende de la perspectiva para la observación) en los que se generaron las dos únicas revoluciones que ha conocido la humanidad después de la última glaciación, la Neolítica y la Capitalista.
Los apellidos de esta última revolución (la capitalista) sólo nos dicen que está viva, que los acontecimientos están en desarrollo. De el capitalismo no depende la destrucción ni la salvación del hombre, aunque su aporte a la construcción de riqueza no tenga parangón con periódo alguno de la prehistoria e historia humana. Como todo sistema de convencionalismos más o menos consolidados, sólo refleja nuestra evolución social, que puede ser entendida como una forma extendida de práctica biológica, es decir, de sobrevivencia como especie.
Si el capitalismo es o no sustentable o sus excesos nos lo presentan como consumista y depredador (apellidos, apellidos...) la naturaleza aún tiene potencia para hacer su trabajo y ponernos en nuestro lugar.
Si el hombre supera la limitación de su habitáculo espacio temporal (por ejemplo, habitando otros planetas) tal vez algunos piensen que se resolvió el problema.
El hombre no tiene destino. No resuelve problemas ontológicos. El hombre vive y hace con su vida parte del sistema que evoluciona, comparte, presiona y resulta. La pretensión de construir diseños políticos y morales específicos, no es más que una parte del complejo entramado cultural que condiciona nuestra relación entre nosotros mismos y con nuestro entorno.
El capitalismo consumista podría ser sólo una pequeñísima fase de un complejo ensayo y error en el que se arriesga continuamente el equilibrio ambiental, pero es que todo el ser humano tiene un diseño cuestionable desde el punto de vista evolutivo y siete millones de años de crecimiento contrastado nos ubican como una especie animal dominante, pero no garantizan nada con respecto a nuestra sobrevivencia.
Capitalismo aniquilador o capitalismo salvador. Si somos lo que somos y procuramos comprendernos antes de cambiarnos, capitalismo no es más que una parte del complejo entramado de herramientas sociales que ha permitido construir la mayor cantidad de superestructuras materiales, institucionales y espirituales desde que los hominidos están de fiesta.
Los mil apellidos del capitalismo nos acercan la idea de su marcado carácter polifacético y actual. Uno de los que más escribió sobre capitalismo fue Marx y su influencia preñó las referencias de muchas escuelas de economía política durante años. Sin embargo, desde hace muchos años, la economía política que orienta la investigación científica en casi todo el mundo es marcadamente no marxista. Eso no evita que siga habiendo economistas y no economistas a los que les gustaría otra forma de capitalismo. Tal vez es inevitable.
El capitalismo es una forma de organización nacional e internacional de las sociedades que tiene como epicentro la propiedad privada (se podría decir también que la protección que de ella hacen las instituciones del Estado nacional y las instituciones supranacionales que los agrupan; el mismo concepto de propiedad no es más que una convención social y el máximo nivel de convencionalismo social institucionalizado es el Estado). También se basa en la libre asignación de recursos e intercambio de mercancías.
A mi me gusta definirlo como el sistema socio-político-económico, cultural y jurídico institucional que genera cierta forma de asignación de recursos y producción de bienes y servicios y que, a través de la innovación, acumula capacidades para producir cada vez más y mejores soluciones a las necesidades de la gente.
Este acumular de bienes y servicios que tienen la capacidad especial de producir otros bienes y servicios le da la personalidad al capital...es el capital. No es el dinero, no es el oro ni el plutonio. Es simplemente aquel bien que sirve para producir otros bienes y su mecanismo intrínseco de acumulación es la innovación aplicada.
Algunas familias de apellidos se vinculan con el nivel de libertad de esas asignaciones e intercambios. Las restricciones tienen diversa justificación y no resulta raro observar como se enmaraña el sistema de incentivos y regulaciones para promover determinado “comportamiento” en los agentes sociales en función de determinados objetivos, no siempre considerando la libre asignación e intercambio como parte de los medios vinculados teóricamente con estas finalidades (casi siempre poco sustentadas en análisis científicos).
El capitalismo no está en peligro, por mucho que se empeñen en golpearlo los promotores del hombre nuevo. Tampoco su salud garantiza mucho para la paz y el progreso mundial. La estructuras políticas que condicionan su existencia mucho pueden aún hacer para mejorar o empeorar la vida de todos los seres que compartimos el planeta.
El capitalismo sólo acumula prácticas sociales que están en proceso de consolidación desde los tiempos (remotos o recientísimos, depende de la perspectiva para la observación) en los que se generaron las dos únicas revoluciones que ha conocido la humanidad después de la última glaciación, la Neolítica y la Capitalista.
Los apellidos de esta última revolución (la capitalista) sólo nos dicen que está viva, que los acontecimientos están en desarrollo. De el capitalismo no depende la destrucción ni la salvación del hombre, aunque su aporte a la construcción de riqueza no tenga parangón con periódo alguno de la prehistoria e historia humana. Como todo sistema de convencionalismos más o menos consolidados, sólo refleja nuestra evolución social, que puede ser entendida como una forma extendida de práctica biológica, es decir, de sobrevivencia como especie.
Si el capitalismo es o no sustentable o sus excesos nos lo presentan como consumista y depredador (apellidos, apellidos...) la naturaleza aún tiene potencia para hacer su trabajo y ponernos en nuestro lugar.
Si el hombre supera la limitación de su habitáculo espacio temporal (por ejemplo, habitando otros planetas) tal vez algunos piensen que se resolvió el problema.
El hombre no tiene destino. No resuelve problemas ontológicos. El hombre vive y hace con su vida parte del sistema que evoluciona, comparte, presiona y resulta. La pretensión de construir diseños políticos y morales específicos, no es más que una parte del complejo entramado cultural que condiciona nuestra relación entre nosotros mismos y con nuestro entorno.
El capitalismo consumista podría ser sólo una pequeñísima fase de un complejo ensayo y error en el que se arriesga continuamente el equilibrio ambiental, pero es que todo el ser humano tiene un diseño cuestionable desde el punto de vista evolutivo y siete millones de años de crecimiento contrastado nos ubican como una especie animal dominante, pero no garantizan nada con respecto a nuestra sobrevivencia.
Capitalismo aniquilador o capitalismo salvador. Si somos lo que somos y procuramos comprendernos antes de cambiarnos, capitalismo no es más que una parte del complejo entramado de herramientas sociales que ha permitido construir la mayor cantidad de superestructuras materiales, institucionales y espirituales desde que los hominidos están de fiesta.
jueves, 6 de marzo de 2008
El Monstruo venezolano
Los venezolanos, como sociedad, como nación, tenemos múltiples problemas. Ello no nos impide sentirnos felices. Solemos tener una visión de la vida relajada y algo inmadura, lo que condiciona un comportamiento general que suele derivar en adicciones y violencia.
Los problemas de Venezuela no escapan a las complejas interacciones del mundo hoy en día. Disfunciones sociales comparten espacios con múltiples oportunidades y recursos. La innovación y la inteligencia se abre camino en un planeta donde conviven globalización con restricciones en el aprovechamiento de las nuevas tecnológías y con pobreza y guerra.
Pero los venezolanos tenemos un problema adicional, de carácter muy especial. La mayoría de los ciudadanos del mundo tienen algún tipo de problema con el Estado, es decir, con el conjunto de instituciones que garantizan la seguridad y cohesión nacional, al tiempo que promueve un sistema de administración de justicia y el monopolio de la violencia para defender un conjunto de derechos por parte de los ciudadanos. La función estatal no es inherente al carácter gregario del hombre, pero si a los mayores avances socio políticos de su desarrollo.
El Estado nace y se desarrolla para servir a la ciudadanía. Su servicio se enriquece con aquellas funciones que, normalmente, a los privados no les resulta atractivo ofrecer y que, a través del conocimiento y la articulación social de dicho conocimiento, se han identificado como necesarias para el presente o para el futuro.
El Estado es, entonces, un servidor de los ciudadanos. Las sociedades siguen siendo la base de sustento de la vida humana sobre la Tierra y algunos grupos y territorios se han dotado, en función de su propio devenir histórico institucional, de Estados débiles, laxos, manipulables o esquizofrénicos. La peor de las situaciones es aquella en la que un grupo de ciudadanos, aprovechando alguna de las debilidades del sistema, toma las riendas del Estado y logra avanzar en caminos distorsionados con respecto a los principios y valores básicos de paz, convivencia y desarrollo que cabría esperar de cualquier sociedad. Utilizan la fuerza del Estado para avanzar en planes personalistas o poco consensuados y manipulan el entorno para que el resto de la sociedad no pueda organizarse para sacarles del poder. Sin embargo, la historia es más dinámica de lo que suele parecer y cada vez resulta más complicado sostener este tipo de situaciones a lo largo del tiempo.
El Estado venezolano nació con malos referentes estructuradores y se ha convertido en un monstruo. No nació monstruo, se fue convirtiendo en lo que hoy es, así como los niños malcriados que compensan su inseguridad y baja autoestima con violencia y caos. El monstruo venezolano es un sistema de interacciones sociales, políticas y culturales que tiene estrechos lazos de conexión con la sociedad que lo sustenta, por lo que no es válido tomar las riendas y aplicar cirugía agresiva. No es un cáncer lo que tiene, es algo así como un virus. Lleno de pesados tentáculos, tiene fibras nerviosas, cartílagos, vasos sanguíneos y redes neuronales mezcladas y entrelazadas con los ciudadanos.
El Estado venezolano olvidó las condiciones esenciales de servicio al ciudadano. Crea ficciones y las alimenta, porque hace muchos años, quizá antes de su mismo nacimiento, la sociedad cometió el error de ceder al Estado la administración directa de un importantísimo patrimonio que, desde entonces, funciona como droga para el Estado y, exhalada como un vaho pernicioso y debilitante, para toda la sociedad.
Los problemas de Venezuela no escapan a las complejas interacciones del mundo hoy en día. Disfunciones sociales comparten espacios con múltiples oportunidades y recursos. La innovación y la inteligencia se abre camino en un planeta donde conviven globalización con restricciones en el aprovechamiento de las nuevas tecnológías y con pobreza y guerra.
Pero los venezolanos tenemos un problema adicional, de carácter muy especial. La mayoría de los ciudadanos del mundo tienen algún tipo de problema con el Estado, es decir, con el conjunto de instituciones que garantizan la seguridad y cohesión nacional, al tiempo que promueve un sistema de administración de justicia y el monopolio de la violencia para defender un conjunto de derechos por parte de los ciudadanos. La función estatal no es inherente al carácter gregario del hombre, pero si a los mayores avances socio políticos de su desarrollo.
El Estado nace y se desarrolla para servir a la ciudadanía. Su servicio se enriquece con aquellas funciones que, normalmente, a los privados no les resulta atractivo ofrecer y que, a través del conocimiento y la articulación social de dicho conocimiento, se han identificado como necesarias para el presente o para el futuro.
El Estado es, entonces, un servidor de los ciudadanos. Las sociedades siguen siendo la base de sustento de la vida humana sobre la Tierra y algunos grupos y territorios se han dotado, en función de su propio devenir histórico institucional, de Estados débiles, laxos, manipulables o esquizofrénicos. La peor de las situaciones es aquella en la que un grupo de ciudadanos, aprovechando alguna de las debilidades del sistema, toma las riendas del Estado y logra avanzar en caminos distorsionados con respecto a los principios y valores básicos de paz, convivencia y desarrollo que cabría esperar de cualquier sociedad. Utilizan la fuerza del Estado para avanzar en planes personalistas o poco consensuados y manipulan el entorno para que el resto de la sociedad no pueda organizarse para sacarles del poder. Sin embargo, la historia es más dinámica de lo que suele parecer y cada vez resulta más complicado sostener este tipo de situaciones a lo largo del tiempo.
El Estado venezolano nació con malos referentes estructuradores y se ha convertido en un monstruo. No nació monstruo, se fue convirtiendo en lo que hoy es, así como los niños malcriados que compensan su inseguridad y baja autoestima con violencia y caos. El monstruo venezolano es un sistema de interacciones sociales, políticas y culturales que tiene estrechos lazos de conexión con la sociedad que lo sustenta, por lo que no es válido tomar las riendas y aplicar cirugía agresiva. No es un cáncer lo que tiene, es algo así como un virus. Lleno de pesados tentáculos, tiene fibras nerviosas, cartílagos, vasos sanguíneos y redes neuronales mezcladas y entrelazadas con los ciudadanos.
El Estado venezolano olvidó las condiciones esenciales de servicio al ciudadano. Crea ficciones y las alimenta, porque hace muchos años, quizá antes de su mismo nacimiento, la sociedad cometió el error de ceder al Estado la administración directa de un importantísimo patrimonio que, desde entonces, funciona como droga para el Estado y, exhalada como un vaho pernicioso y debilitante, para toda la sociedad.
miércoles, 5 de marzo de 2008
La Lista
Una de las cosas que más me llama la atención del actual gobierno es su tendencia a creer que “se la está comiendo”, que varios millones de votos no pueden mentir y que, por lo tanto, la gestión de los pasados diez años arroja un resultado positivo para la felicidad que dice aspirar para todos los venezolanos, especialmente los más pobres.
Me llama la atención, porque, sin entrar a evaluar si dicho balance es o no positivo, no cabe duda que los asuntos pendientes son de un tamaño y peso tan enormes que cualquier triunfalismo sólo puede generar, cuando menos, indignación. En estos días leí, no recuerdo de quien, que este gobierno no estaba interesado en la realidad. Es posible que sea así, pero debemos asumir como algo normal que cada quien presente de un color diferente los mismos hechos que llamamos “realidad”, de acuerdo a su propia visión e intereses. Otra cosa es que se gasten ingentes fortunas, a costa de liquidar patrimonio de todos, en convencernos de que la mata de mango es azul y que Lenín (el de Rusia, no un maracucho) es para nosotros alguien que vale la pena venerar.
En beneficio de que las eventuales soluciones lleguen a vivirlas gente que hoy está muriendo (asumiendo que la muerte por enfermedades prevenibles o por violencia es uno de los criterios más definitivos para precisar si una política pública genera apoyo o no en los ciudadanos, especialmente en las víctimas), pensé que tal vez cabe hacer una breve relación de graves asuntos pendientes que deberían ser prioridad para cualquier gobierno, no sé si antes, durante o después de algún glorioso proceso revolucionario. Así, por ejemplo, creo que urge plantear respuestas más potentes y eficaces para:
- La inseguridad ciudadana, extendida a la gran mayoría de los espacios públicos y privados, generando conductas ciudadanas cargadas de temor y violencia. Esto es algo muy concreto, porque a la gente la están golpeando, atracando, secuestrando, violando y asesinando casi impunemente.
- La posibilidad de que siete millones de jóvenes y adultos en edad de trabajar, acceda a lo que hoy no tienen: un empleo o a una actividad formal que le permita ser productivo y ayudar a su familia (la cifra sale del supuesto 10% de desempleo actual más el 90% de la aquella mitad de la fuerza laboral que aparece en las estadísticas como ocupada, pero trabaja en el sector informal y que, por estudios disponibles, se sabe que reciben ingresos muy inferiores al que garantiza el salario mínimo legal, casi siempre por estar subempleados al servicio del otro 10% de informales que actúan como empresarios al margen de la ley). Eso, diciendo además que en las cifras no aparecen aproximadamente 300 mil niños que trabajan ilegalmente, bajo la mirada de todos.
- La falla recurrente en la administración de servicios públicos. Veinte grandes ciudades albergan cerca del 80% de la población venezolana y todas tienen graves déficits de cobertura y calidad en sus servicios para la gente. Después de ocho años de echarle porquería a gobiernos anteriores sobre lo que pasa con la salud, educación, vivienda, agua potable, saneamiento, luz, gas, telefonía, transporte y vialidad, cabe preguntarse si es la “geometría del poder público” lo que provoca esas deficiencias.
- El desorden impera. La privatización perversa de los espacios públicos hace que la ciudad pública parezca un campo de guerra. En contrapartida, la ciudad privada crece en medio de murallones alambrados, con sus propias plazas, clubes y otros espacios sociales bajo vigilancia privada, acentuando el desencuentro ciudadano y la desconfianza.
- La educación es un fracaso constante. No es asunto de ideologías, es un problema sistémico de administración del servicio. El mayor empleador directo del país, el Ministerio de Educación, en realidad no tiene mecanismos para controlar el sistema educativo, empezando por un personal cada vez más divorciado de las necesidades de formación de un ciudadano del siglo XXI. La formación preescolar es gravemente deficitaria en cobertura. La básica es pésima en calidad. La formación para el trabajo es mínima y está desactualizada. Muchos de nuestros licenciados universitarios se gradúan sin saber dividir bien, sin saber expresarse en forma oral, menos escrita, sin hábitos críticos ni cultura general (bajo la vista gorda de docentes impotentes, genuflexos o “chimbos” como ellos mismos).
- Aún el pueblo venezolano espera que un día se le abra la ventana de acceso práctico a la justicia. Era un mito y sigue siéndolo. El asunto empeora en la medida que el responsable de ejecutar las políticas cae en la tentación de creer que también administra justicia (y además hace las leyes). Mucho avanzaría la condición republicana si se estimulara desde el Ejecutivo una reforma creíble en los mecanismos de administración de justicia (incluyendo policías y prisiones) y se le otorgara a observadores y valuadores externos la posibilidad de auditar el proceso de manera continua. Por cierto, si la justicia coincide con los intereses más coyunturales de los administradores del poder, normalmente no es justicia.
- El pésimo sistema de previsión social se limita a una pensión de vejez (que hoy pagan a un millón de personas porque hay renta, mañana quién sabe) equivalente al salario mínimo y accesible sólo para el que estuvo al servicio de una empresa formal. Al que termine de trabajar, a no ser que cobrase del Estado como militar, juez o profesor universitario, lo que le espera es pobreza.
- Falta de orden y ejemplo como guías de convivencia. Las conductas ciudadanas más execrables han dejado de ser una noticia de prensa para situarse como base descriptiva de lo que somos como sociedad. La gente percibe la ausencia de Estado y actúa en consecuencia protegiendo sus gustos y necesidades aún a costa de los derechos de los demás. No hay forma ya de convivir en paz en nuestras ciudades. Los venezolanos, especialmente los varones, somos cada vez más inseguros, atropellantes, ineducados, narcisistas y malos ejemplos para nuestros hijos, si es que llegamos a saber de ellos. El ejemplo de esfuerzo productivo, tesonería, humildad y paciencia no tiene la más mínima repercusión cultural. La inteligencia y otros talentos de nuestros niños y jóvenes no trascienden, más bien están siendo execrados por contrarios a la viveza y la agresividad sexual y moral, reproduciendo un patrón de juventud temprana con hijos y sin alternativas, sin futuro.
Eso sin profundizar mucho en el asunto de las causas y sin entrar en el tema del desarrollo, de nuestras limitaciones como país rentístico y en la imperiosa necesidad de ponerle el cascabel al gato (el gato en, en realidad, un monstruo ya, el Estado venezolano, que usa a los líderes políticos, especialmente a los populistas, para continuar su fiesta parasitaria a costillas de la ciudadanía enferma). Se deteriora nuestro país. El supuesto valor del nacionalismo que parece extenderse en algunos grupos sociales a partir de la perorata militarista de los últimos años, esconde el deterioro agresivo de nuestros valores ciudadanos y la pérdida de conciencia del poder creador que tienen la gente y sus instituciones para desarrollarse. La confusión solo está abriendo puertas para que nuestro país sea, más pronto que tarde, presa fácil del canibalismo internacional y nuestros ciudadanos sean tratados como parias por el resto del mundo.
Cualquier cosa que haga que este gobierno revise sus posiciones y evite profundizar en su ceguera situacional debería ser bien recibida por todos. Los colaboradores más cercanos de Hugo Chávez deben convencerle de que no continúe la “huida hacia delante”, que reconvoque al país y canalice respuestas prácticas a los problemas de la gente, que si con capitalismo cuesta mucho ganarse el sustento diario, con socialismo es prácticamente imposible, sólo se destruye riqueza en nombre del pueblo. Evitaría la división de los venezolanos entre buenos y malos, revolucionarios y contrarrevolucionarios, ricos y pobres. Nada más fácil para el ignorante que leer la realidad en dos colores. Nada más retador para cualquier liderazgo que asumir la complejidad con humildad y convocar a todos para el consenso y la construcción, aún a riesgo de miles de impurezas éticas e ideológicas.
Me llama la atención, porque, sin entrar a evaluar si dicho balance es o no positivo, no cabe duda que los asuntos pendientes son de un tamaño y peso tan enormes que cualquier triunfalismo sólo puede generar, cuando menos, indignación. En estos días leí, no recuerdo de quien, que este gobierno no estaba interesado en la realidad. Es posible que sea así, pero debemos asumir como algo normal que cada quien presente de un color diferente los mismos hechos que llamamos “realidad”, de acuerdo a su propia visión e intereses. Otra cosa es que se gasten ingentes fortunas, a costa de liquidar patrimonio de todos, en convencernos de que la mata de mango es azul y que Lenín (el de Rusia, no un maracucho) es para nosotros alguien que vale la pena venerar.
En beneficio de que las eventuales soluciones lleguen a vivirlas gente que hoy está muriendo (asumiendo que la muerte por enfermedades prevenibles o por violencia es uno de los criterios más definitivos para precisar si una política pública genera apoyo o no en los ciudadanos, especialmente en las víctimas), pensé que tal vez cabe hacer una breve relación de graves asuntos pendientes que deberían ser prioridad para cualquier gobierno, no sé si antes, durante o después de algún glorioso proceso revolucionario. Así, por ejemplo, creo que urge plantear respuestas más potentes y eficaces para:
- La inseguridad ciudadana, extendida a la gran mayoría de los espacios públicos y privados, generando conductas ciudadanas cargadas de temor y violencia. Esto es algo muy concreto, porque a la gente la están golpeando, atracando, secuestrando, violando y asesinando casi impunemente.
- La posibilidad de que siete millones de jóvenes y adultos en edad de trabajar, acceda a lo que hoy no tienen: un empleo o a una actividad formal que le permita ser productivo y ayudar a su familia (la cifra sale del supuesto 10% de desempleo actual más el 90% de la aquella mitad de la fuerza laboral que aparece en las estadísticas como ocupada, pero trabaja en el sector informal y que, por estudios disponibles, se sabe que reciben ingresos muy inferiores al que garantiza el salario mínimo legal, casi siempre por estar subempleados al servicio del otro 10% de informales que actúan como empresarios al margen de la ley). Eso, diciendo además que en las cifras no aparecen aproximadamente 300 mil niños que trabajan ilegalmente, bajo la mirada de todos.
- La falla recurrente en la administración de servicios públicos. Veinte grandes ciudades albergan cerca del 80% de la población venezolana y todas tienen graves déficits de cobertura y calidad en sus servicios para la gente. Después de ocho años de echarle porquería a gobiernos anteriores sobre lo que pasa con la salud, educación, vivienda, agua potable, saneamiento, luz, gas, telefonía, transporte y vialidad, cabe preguntarse si es la “geometría del poder público” lo que provoca esas deficiencias.
- El desorden impera. La privatización perversa de los espacios públicos hace que la ciudad pública parezca un campo de guerra. En contrapartida, la ciudad privada crece en medio de murallones alambrados, con sus propias plazas, clubes y otros espacios sociales bajo vigilancia privada, acentuando el desencuentro ciudadano y la desconfianza.
- La educación es un fracaso constante. No es asunto de ideologías, es un problema sistémico de administración del servicio. El mayor empleador directo del país, el Ministerio de Educación, en realidad no tiene mecanismos para controlar el sistema educativo, empezando por un personal cada vez más divorciado de las necesidades de formación de un ciudadano del siglo XXI. La formación preescolar es gravemente deficitaria en cobertura. La básica es pésima en calidad. La formación para el trabajo es mínima y está desactualizada. Muchos de nuestros licenciados universitarios se gradúan sin saber dividir bien, sin saber expresarse en forma oral, menos escrita, sin hábitos críticos ni cultura general (bajo la vista gorda de docentes impotentes, genuflexos o “chimbos” como ellos mismos).
- Aún el pueblo venezolano espera que un día se le abra la ventana de acceso práctico a la justicia. Era un mito y sigue siéndolo. El asunto empeora en la medida que el responsable de ejecutar las políticas cae en la tentación de creer que también administra justicia (y además hace las leyes). Mucho avanzaría la condición republicana si se estimulara desde el Ejecutivo una reforma creíble en los mecanismos de administración de justicia (incluyendo policías y prisiones) y se le otorgara a observadores y valuadores externos la posibilidad de auditar el proceso de manera continua. Por cierto, si la justicia coincide con los intereses más coyunturales de los administradores del poder, normalmente no es justicia.
- El pésimo sistema de previsión social se limita a una pensión de vejez (que hoy pagan a un millón de personas porque hay renta, mañana quién sabe) equivalente al salario mínimo y accesible sólo para el que estuvo al servicio de una empresa formal. Al que termine de trabajar, a no ser que cobrase del Estado como militar, juez o profesor universitario, lo que le espera es pobreza.
- Falta de orden y ejemplo como guías de convivencia. Las conductas ciudadanas más execrables han dejado de ser una noticia de prensa para situarse como base descriptiva de lo que somos como sociedad. La gente percibe la ausencia de Estado y actúa en consecuencia protegiendo sus gustos y necesidades aún a costa de los derechos de los demás. No hay forma ya de convivir en paz en nuestras ciudades. Los venezolanos, especialmente los varones, somos cada vez más inseguros, atropellantes, ineducados, narcisistas y malos ejemplos para nuestros hijos, si es que llegamos a saber de ellos. El ejemplo de esfuerzo productivo, tesonería, humildad y paciencia no tiene la más mínima repercusión cultural. La inteligencia y otros talentos de nuestros niños y jóvenes no trascienden, más bien están siendo execrados por contrarios a la viveza y la agresividad sexual y moral, reproduciendo un patrón de juventud temprana con hijos y sin alternativas, sin futuro.
Eso sin profundizar mucho en el asunto de las causas y sin entrar en el tema del desarrollo, de nuestras limitaciones como país rentístico y en la imperiosa necesidad de ponerle el cascabel al gato (el gato en, en realidad, un monstruo ya, el Estado venezolano, que usa a los líderes políticos, especialmente a los populistas, para continuar su fiesta parasitaria a costillas de la ciudadanía enferma). Se deteriora nuestro país. El supuesto valor del nacionalismo que parece extenderse en algunos grupos sociales a partir de la perorata militarista de los últimos años, esconde el deterioro agresivo de nuestros valores ciudadanos y la pérdida de conciencia del poder creador que tienen la gente y sus instituciones para desarrollarse. La confusión solo está abriendo puertas para que nuestro país sea, más pronto que tarde, presa fácil del canibalismo internacional y nuestros ciudadanos sean tratados como parias por el resto del mundo.
Cualquier cosa que haga que este gobierno revise sus posiciones y evite profundizar en su ceguera situacional debería ser bien recibida por todos. Los colaboradores más cercanos de Hugo Chávez deben convencerle de que no continúe la “huida hacia delante”, que reconvoque al país y canalice respuestas prácticas a los problemas de la gente, que si con capitalismo cuesta mucho ganarse el sustento diario, con socialismo es prácticamente imposible, sólo se destruye riqueza en nombre del pueblo. Evitaría la división de los venezolanos entre buenos y malos, revolucionarios y contrarrevolucionarios, ricos y pobres. Nada más fácil para el ignorante que leer la realidad en dos colores. Nada más retador para cualquier liderazgo que asumir la complejidad con humildad y convocar a todos para el consenso y la construcción, aún a riesgo de miles de impurezas éticas e ideológicas.
viernes, 29 de febrero de 2008
RSE, ganancia justa y hombre nuevo
En días recientes un amigo vinculado a la oposición venezolana me comentaba sobre el proceso reciente de configuración ideológica en el partido que él apoya y sobre la conveniencia de incorporar las ideas de capitalismo solidario que ha estado leyendo de autores como William Halal, Keneth Taylor y, más cerca de nosotros, Emeterio Gómez.
Ciertamente, en los países más ricos ha venido repuntando la capacidad de los consumidores para condicionar el desempeño empresarial, ampliando el espectro de calidad pretendida en los productos que van a comprar, para incorporar condiciones de sustentabilidad social y ambiental en los procesos que condujeron a su producción.
Adicionalmente, estos argumentos de responsabilidad social empresarial (RSE) llevan a muchas corporaciones a grandes programas sociales en todo el mundo, desde una perspectiva que trasciende ya el típico altruismo filantrópico, para avanzar en un análisis de la propia competitividad a partir de las complejas relaciones con el entorno global.
Por otro lado, algunos economistas y filósofos plantean la necesaria renovación moral de Occidente y proponen escapar al racionalismo como fuente sanadora para los males del hombre, que ha caído en algo así como un “pozo oscuro” y requiere respuestas allá donde la razón no puede encontrarlas.
Pareciera que el capitalismo, superada su más directa amenaza al derrumbarse el bloque socialista, ha venido aceptando la posibilidad de repensarse filosófica y políticamente, más allá de su permanente reingeniería económica.
Algunos, como los liberales clásicos, más bien esperan el necesario regreso a los principios fundadores de las sociedades judeocristianas, donde creen encontrar la residencia moral de las ideas para el bienestar social a partir del Estado restringido y ven en el abandono de estas ideas y de sus orientaciones de conducta, la justificación de los males contemporáneos de nuestra sociedad.
Sin pretender responder cuestiones que requerirían mucho más espacio y tiempo para la reflexión y que, seguramente, arrojarían más dudas que certezas con respecto a estos temas, si creo que vale la pena incorporar algunos elementos a la discusión que, espero, logren contribuir al rediseño al que se refería mi amigo, no sólo para los partidos políticos de la oposición venezolana, sino para todos los aspectos previos que requiere considerar la joven sociedad latinoamericana si pretende prosperar en libertad.
Ciertamente la economía de mercado y la protección de la propiedad privada, por usar una definición no marxista de capitalismo, tienen como sistema múltiples fallas, algunas de las cuales han llegado a ser modelizadas con tanta precisión por los economistas, que libros de texto muy básicos explican ya la mayor parte de este espectro de desventajas y las líneas de acción –normalmente desde el Estado- para intentar mejorarlas.
Sin embargo, el campo de la intervención estatal real sobre el mercado es tan amplio y diverso que rara vez encuentra sintonía con el ámbito científico descrito, mucho más modesto con respecto a sus alcances, por lo que también debería quedar claro que estas intervenciones suelen producir más perjuicios que beneficios a la sociedad. No siempre así a los políticos que las promueven, que muchas veces se mantienen durante años en su ejercicio y no pierden prestigio después de concretarse los daños de sus acciones y omisiones.
Recientemente recibieron la distinción del premio Nobel investigadores dedicados al estudio del mercado y sus mecanismos de interacción. Resulta cuando menos curioso, la importancia de este sistema para la sociedad humana y la facilidad con la que tendemos a obviar sus estrechos vínculos con el comportamiento humano del pasado, el presente y, previsiblemente, del futuro. El espacio del mercado en la sociedad humana debería ser tema obligatorio de ciencias sociales desde la escuela primaria, más allá de la formación forzada que recibimos en el seno familiar y en la calle (formación completa, con valores, teoría y ejercicios).
El mercado y las restricciones que sobre su funcionamiento general pretende el particular -- cada uno prefiere para si mismo el mayor y más competitivo de los mercados para servirse y el más concentrado de los monopolios para ofrecer o servir, -- tienen implicaciones para toda la sociedad que no lograremos aprovechar en sus máximas ventajas si no asumimos algunas de sus reglas básicas. No es raro que el mercado sea un sistema que requiera protección y promoción estatal, pues de otro modo tantos quieren verlo muerto que no sería extraño que llegasen a hacerle aún más daño del que ya le hacen y, con ello, afecten negativamente los intereses de toda la sociedad, especialmente de los más pobres.
Y es que sólo conociendo el mercado, se puede entender que no existe tal cosa llamada “ganancia justa”, ni “ganancia mínima”, por encima de la cual el empresario pueda ofrecer a su entorno, a sus trabajadores, proveedores, clientes, relacionados, comunidad en general, algún tipo de participación en dinero o especie por su esfuerzo productivo. Con ello, la esperanza de construir un sistema de interacción basada en la competitividad al mismo tiempo que se introduce la solidaridad, pareciera políticamente necesario, pero podría ser tremendamente contraproducente.
En la sociedad moderna capitalista, el esfuerzo de los agentes productivos básicos (empresarios y trabajadores) contribuye a financiar múltiples otras actividades productivas que no necesariamente están sometidos a idénticas presiones competitivas (aunque sería sano que las conociesen y experimentasen para su mejor desempeño). Citaremos, en principio, cinco áreas adicionales: a) la existencia del Estado, b) la actividad de organizaciones privadas sin fines de lucro dedicadas a la producción de bienes y servicios con algún tipo de subsidio incorporado, c) la existencia de organizaciones sin fines de lucro de carácter gremial, es decir, dedicadas a la promoción y defensa de intereses grupales o sectoriales afines, d) la actividad de organizaciones políticas de amplia base (partidos) y, por último, e) la actividad de grupos religiosos (me refiero al culto, no a sus funciones de apoyo social, incluidas en el segundo grupo, el de ONG´s). También podría haber múltiples figuras mixtas y/o intermedias entre las anteriores.
Así se financia, en principio, la existencia del Estado, en el cual se supone delega la sociedad funciones complejas que no son fáciles de ejercer por parte de los particulares o que, haciéndolo, corren riesgos de ser menos eficaces y productivas que las hechas a partir de esta figura (el Estado). La defensa nacional, la protección y seguridad interna (incluyendo la previsión y respuesta a desastres naturales), la administración de justicia, la promoción de mercados abiertos y competitivos, la administración y protección de bienes públicos puros o de gran interés público (paisajes naturales, aire, agua, patrimonio histórico cultural) y, eventualmente, la inversión en grandes infraestructuras físicas y humanas (investigación básica y aplicada, grandes obras para almacenamiento de agua, transporte y comunicaciones, saneamiento y suministro eléctrico, que en ocasiones suponen grandes dispersiones geográficas y temporales para sus procesos de aprovechamiento y amortización, lo que las aleja del perfil típico de recuperación de costos para cualquier negocio) suelen ser áreas típicas de desempeño estatal. La existencia misma del Estado como agente social activo frente a estos compromisos, prefigura su necesario financiamiento.
Aquí es ya muy solidario el capitalismo y sus frutos son sustentables en la medida que los agentes productivos vinculen los resultados de su inversión en eficacias y eficiencias sociales de largo plazo para sus propias vidas y proyectos productivos. Muchos países viven hoy en día una compleja discusión política porque han descubierto las dificultades para sustentar sus sistemas de provisión social estatal y sus mecanismos de financiamiento, a partir de premisas como el envejecimiento de sus poblaciones (es decir, la reducción de sus rendimientos productivos para financiar cada vez mayores costos no tan productivos).
Por eso la discusión fundamental contemporánea sigue siendo cómo es mi Estado, a qué se dedica, qué tan eficaz y eficiente es su labor, porque nada más fácil que gastar lo que otro produce. Allá donde los líderes políticos aprovechan el relajamiento social (sea cual sea su motivo, ignorancia, borrachera, ambas cosas) para alcanzar el poder y manejar lo público como si fuera propio, atacar la producción y la productividad, promover falsas estructuras de incentivos, trastocando reglas elementales de compensación productiva, suelen generar sistemas altamente ineficientes y regularmente provocadores de pobreza e inequidad acentuadas. Es el Estado equivocado.
Insistiendo, para no confundir, la función fundamental del esfuerzo productivo es que sea eficaz y eficiente, que estimule la innovación para mejor y más fácilmente resolver las necesidades de la gente. Si además, le pides compromisos de solidaridad pública financiando al Estado y a las ONG´s, deben ser cuidadosamente evaluados cuando superan el nivel básico de justificación, pero bien. Si además le pides, que su esfuerzo productivo se vea condicionado por la situación de su entorno, de tal modo que comprometa parte de sus ganancias en idear él mismo nuevas alternativas de solución política y social a estos problemas, estamos equivocando los papeles.
Y no es que un empresario o un trabajador no tengan por qué tener interés en estas cosas. Claro que lo tienen. Para eso debe ser atento y participativo con las propuestas políticas en su entorno, empezando por la parte que involucra su actividad (y así la importancia de las organizaciones gremiales y sindicales para la articulación política de las democracias modernas). Debe además dialogar y ser lo más activo posible en las redes sociales de su comunidad. Pero no debe olvidar que la clave de su aporte social es mantener su actividad en niveles de eficacia y eficiencia competitivos.
¿Y por qué tendría que haber contradicción con un aporte adicional al que ya se hace al Estado y a las ONG´s? Pues el motivo trascendente es que, en circunstancias competitivas deseables, la posibilidad de amplios compromisos de “capitalismo solidario” sacrifica espacios para la innovación, clave de la misma competitividad. Si el capitalismo solidario se refiere a producir en la base de la pirámide (para los que hoy son más pobres) porque tiene sentido mercadotécnico hacerlo, es rentable, eso es otra cosa. Eso es innovación. Si se trata de compromiso político filosófico para superar la inequidad, lo recomendable es contribuir con las ONG´s y partidos políticos que se especializan mejor para lograr ese cometido y, sugiero más bien, permanecer atentos al entorno no vaya a ser que de sus acciones (de las del Estado, ONG´s y partidos políticos) surja una limitación al propio ejercicio productivo que me saque del mercado (puede pasar, hay por ahí un dicho, “uno no sabe para quien trabaja”).
De allí a proyectar la idea de ganancia justa hay un gran trecho. Si, por ejemplo, el Estado utiliza un determinado parámetro para definir la carga tributaria y hacerla progresiva (a partir de tal tasa de ganancia, una tasa de impuesto y si la ganancia es mayor, mayor es la tasa impositiva) lo hace por razones prácticas y discrimina tasas de ganancias a partir de cualquier modelo (por ejemplo, uno que promedie la historia reciente), no porque considere que ganar 15% es más justo que ganar 150% o viceversa. De hecho, es contradictorio aplicar la justicia (como moral socializada e institucionalizada) al concepto de ganancia empresarial en mercados competitivos. Varias guías morales ya han incorporado (cuando menos hace siglos) la “justicia” de la realización empresarial cuando se gana en buena lid y no hay mayor garantía de ese saludable resultado que a través de un mercado competitivo. Otra cosa es saberlo proteger y promover con leyes.
Este sencillo mecanismo de intervención (el tipo impositivo aplicado a un determinado tipo de ganancia empresarial) tiene profundas implicaciones en la estructura de incentivos que “leen” los agentes del mercado, por lo que no siempre los propósitos de la teoría que hace surgir esta intervención política, generan los resultados esperados. Y este ejemplo es uno de los más “pacíficos” en cuanto a la evaluación de la intervención estatal, por ser reconocido que, ante la necesidad de financiar la actividad del “conserje nacional” es preferible hacerlo con esquemas basados en renta y con cargas progresivas. Algunos piensan que deben ser más bajas y aplicadas a menos conceptos, pero casi nadie duda de la necesidad de que el Estado se financie con el esfuerzo de la sociedad, en términos que castigando las rentas, no se incentive negativamente su producción y productividad.
Otros ejemplos, como el eventual rescate con fondos públicos de bancos que operaron en mercados altamente riesgosos y sufren grandiosas pérdidas, comprometiendo la salud general del sistema financiero y con él de toda la economía, encuentran espacios de discusión mucho más intensos. Hay quien tiene dudas sobre la posibilidad de incorporar garantías que hagan más leve las fluctuaciones derivadas de procesos como el que se acaba de producir con los préstamos hipotecarios de baja calidad. En opinión de algunos expertos el mercado “lee” estos anuncios y relaja en el mediano y largo plazo sus mecanismos de “ajuste automático”, dolorosos sin duda, pero imprescindibles para la salud del sistema. Sin embargo sigue estando abierta la discusión sobre el rol del Estado frente a las crisis financieras, por el profundo efecto pernicioso que llegan a tener sobre la economía real. Algunos piensan que los bancos grandes, por principio, deben ser estatales (el principio de que resulte más peligrosa su quiebra que su costo de rescate). El mercado más bonito, no es el mejor. La misma sangre que mana por la herida, lleva plaquetas para cerrarla, pero algunos siguen prefiriendo hospitalizar al paciente porque podría morir de la hemorragia.
El empresario capitalista no es “malo” o “bruto” por no dedicar mayores recursos a la compensación social. Si funciona el mercado, maximizar su ganancia es su única expectativa de continuar existiendo. Si el mercado está restringido, normalmente tiene algo que ver con la presencia (o ausencia intencionada) del Estado equivocado y, en este caso, las ganancias excesivas suelen aprovechar instituciones sociales débiles para promover el mercado necesario. Promover y proteger el mercado, debería ser mandato esencial y prioritario del Estado. Pocas políticas pueden ser tan beneficiosas para los menos favorecidos por la actual distribución de la riqueza.
En el mercado no restringido, sólo la innovación le permite “cazar” alguna oportunidad al empresario (ni siquiera se lo garantiza; puede innovar en una dirección equivocada en tiempo, espacio o concepto y fracasar) y ese es el principio generatriz de la acumulación de capital, es decir, de la acumulación de bienes disponibles para la producción de bienes. Los valores incrementales del capital se deben a la acumulación de innovación.
Es la innovación la protagonista de la acumulación y no tiene límites posibles. No si no le damos cabida al hombre nuevo. En el fondo el planteamiento del capitalismo solidario es socialcristianismo. Aquella concepción idealista de una sociedad de humanos que toman decisiones no egoístas o menos egoístas, que es igual, porque no hay más intermedio en estos procesos que los que logren incentivos sistémicos del mismo mercado, por ejemplo, el que permitió desarrollar consumidores que prefieran un bien con una relación costo calidad que ha incluido en el costo amortizaciones diversas de posibilidades futuras. Aquí en América Latina prácticamente no existen esos consumidores y por lo tanto la RSE no pasa de filantropía o, en el mejor de los casos, de un esquema defensivo con respecto a un entorno político institucional cada vez más agresivo. Estas opciones ideológicas tienen tanto espacio de interacción política como las religiones que las sustentan (es decir, mucho espacio) pero tanta posibilidad de generar caos, engaño y frustración, como cualquier otra iniciativa que desconozca el funcionamiento de un sistema social complejo y tan profundamente estructurado en la psiquis colectiva, como es el mercado.
El mercado no es el llamado a desentramparnos del caos moral contemporáneo, pero tampoco debería pagar nuevamente las consecuencias de las miles de impericias políticas que la sociedad humana se auto impone, en su propio aprendizaje social. Políticamente se requiere superar los estados nacionales para que nos posicionemos como sociedad planetaria y los problemas de nuestra casa (la pobreza, especialmente concentrada en algunos territorios, la explotación indiscriminada de recursos naturales no renovables, la administración irracional de los renovables) tengan un espectro de solución modelizable, es decir, racionalizable. Hoy en día el Estado nacional (en franco proceso de descomposición) y la ausencia de un Estado global fuerte para regular los abusos de posición dominante global de ciertos estados nacionales y los abusos contra su propia población de otros, son el principal problema de los pobres del planeta. El mercado y los estímulos a la iniciativa privada individual tienen fuerza suficiente para generar bienestar para todos, que nadie lo dude. El problema es que sólo funciona allá donde se puede construir políticamente un Estado más fuerte para entenderlo y protegerlo (al mercado) y para cumplir bien aquellas funciones que no abordan los particulares (indicadas anteriormente). Por ello, sólo la reforma del Estado nos acerca a los óptimos políticos deseables en el futuro y su conocimiento debería ser el principal producto de exportación de cualquier organismo de cooperación.
Mientras el caos nacional multiplique las posibilidades de políticas populistas, inventos de hombres nuevos por doquier; mientras este mismo caos facilite la interacción nacional de los oligopolios y carteles globales (como el de energía, el de transporte marítimo, el de tecnologías, especialmente las vinculadas con la guerra, por citar sólo algunos de los más dañinos); mientras este mismo caos propicie la persistencia de ideas xenofóbicas y prosperen los nacionalsocialismos, la humanidad continuará teniendo una perspectiva evolutiva limitada.
Lo que se requiere es valentía política para reformar continuamente el Estado, para que las instituciones (las reglas) sean más ágiles y para que se desmonten más eficazmente los privilegios. Por eso la pelea política es tan dura con algunas ingenuidades liberales que hablan del Estado mínimo, cuando la decisión social de controlar al Estado, regresarlo a su rol de servicio público, impedir su borrachera y demencia, son funciones inherentes a la más compleja organización social: y eso es el Estado, el máximo nivel de reglas de una sociedad organizada. Aquellas instituciones que felizmente logren controlar esos síntomas tan de actualidad, en el fondo están construyendo Estado. Sólo el Estado puede promover el mercado competitivo. Lo demás es privatización perversa y promoción de los más dañinos privilegios.
Sin duda el capitalismo de la revolución industrial fue mucho peor que el actual, cumpliendo su cometido de acumulación de capital para la sociedad, con un Estado incómodo para respaldarlo. La historia del capitalismo industrial es la historia de las luchas entre competidores con pretensiones monopólicas. Todo esto sucedía de manera más rápida y natural que el tiempo necesario para que el Estado se adaptase y comprendiese su capacidad para administrar bienestar colectivo defendiendo y promoviendo más competencia dentro de aquel capitalismo salvaje. El capitalismo salvaje no es el de la lucha por la máxima competencia. Es el de la lucha por la mínima. Sólo un Estado suficientemente fuerte para promover el mercado, nos ha venido liberando del yugo, más o menos ocasional, de los explotadores de privilegios.
Sólo con un Estado tan fuerte, que no requiera llenarse de joyas para saber quien es y por qué existe, habrá espacio para que cada ciudadano pueda prosperar con su libre iniciativa. Sólo sociedades que acumulan capital potencial en forma de múltiples sacrificios humanos (ahorro) logran después financiar sistemas de compensación y justicia más allá del mercado. Todas las sociedades de países desarrollados, escuchan y estudian con lupa las maneras de intervención “contramercado” porque saben que no es fácil lograr beneficios netos de estas intervenciones. Cada vez más la ciencia de lo público, incluyendo la alta gerencia, supone el acompañamiento del mercado, su aprovechamiento, la alianza con sus herramientas y enseñanzas.
El hombre nuevo se hace de historia, de microcambios acumulados. Sólo la sustentabilidad es un criterio universal. Lo bueno y lo malo es cultural, como la moral y por tanto, perecedero. Poco tendrá que ver el triunfo de una determinada moralidad, sea cual sea su origen y cosmovisión. Unas prosperan (seguramente adaptándose, modificando sus postulados al contacto con otros, como ha sido la práctica habitual en los valores occidentales) en un determinado espacio y tiempo, otras menos. La creación ideológica está más alcance de todos que nunca antes, porque sólo crean ideología los ciudadanos y la tendencia es a que lo seamos todos. Ojalá hubiese algo así como una exégesis teológica y filosófica global a partir de principios básicos como tolerancia, libertad y sustentabilidad (al menos es expresión de mi propia moral, claro está) o si ya existe, que cobre mayor vigor político.
Por ello, nosotros, ciudadanos del presente y del pasado, somos modernos y progresistas (algunos también, son además optimistas). No porque la modernidad sea un destino y el progreso un continuo depredar, más bien porque se requiere sanear la casa y acordarnos todos para promover, a muy largo plazo, la supervivencia; para poder soportar nuevamente etapas expansivas violentas, que demuestren lo que somos: una simple especie de primates que comienza a descubrir su no singularidad, que pretende comprender su espacio en el universo y, seguramente, por muy estúpido que pudiera resultar en algunas áreas extremas de su inteligencia imaginativa y como cabría perfectamente esperar de su condición primate, que pretende también de ese universo que comienza a conocer, la conquista y colonización.
No sólo se requiere superar la falacia del intercambio entre libertad y prosperidad por salud, educación y deporte (la mentira socialista reciente, reconocida su incapacidad para crear riqueza y su error histórico en anticipar la muerte del capitalismo). Se requiere proponer revisiones globales a la especialización del trabajo y las condiciones culturales de integración. Se requiere revisar las instituciones globales que facilitan los mecanismos de aprovechamiento de la innovación (para promover su cobertura geográfica, bien, pero también reducir su extensión temporal) y diseñan la llamada cooperación. Se requiere, en definitiva, actuar como sociedad planetaria.
Por favor, no respondamos al hombre nuevo socialista con el hombre nuevo capitalista, al hombre nuevo musulmán con el cristiano, al hombre nuevo malo con el hombre nuevo bueno. Hagamos el esfuerzo de idealizar menos al hombre, al menos en cuanto pretenda convertirse en propuesta de gobierno, de servicio para mayorías. Festejemos los retos políticos (cargados seguro de ideales) que promueven avances concretos en nuestro mutuo reconocimiento como temporales habitantes de la Tierra y representantes de una especie ecológicamente entrampada. Con el real y las expectativas ajenas, menos experimento.
Ciertamente, en los países más ricos ha venido repuntando la capacidad de los consumidores para condicionar el desempeño empresarial, ampliando el espectro de calidad pretendida en los productos que van a comprar, para incorporar condiciones de sustentabilidad social y ambiental en los procesos que condujeron a su producción.
Adicionalmente, estos argumentos de responsabilidad social empresarial (RSE) llevan a muchas corporaciones a grandes programas sociales en todo el mundo, desde una perspectiva que trasciende ya el típico altruismo filantrópico, para avanzar en un análisis de la propia competitividad a partir de las complejas relaciones con el entorno global.
Por otro lado, algunos economistas y filósofos plantean la necesaria renovación moral de Occidente y proponen escapar al racionalismo como fuente sanadora para los males del hombre, que ha caído en algo así como un “pozo oscuro” y requiere respuestas allá donde la razón no puede encontrarlas.
Pareciera que el capitalismo, superada su más directa amenaza al derrumbarse el bloque socialista, ha venido aceptando la posibilidad de repensarse filosófica y políticamente, más allá de su permanente reingeniería económica.
Algunos, como los liberales clásicos, más bien esperan el necesario regreso a los principios fundadores de las sociedades judeocristianas, donde creen encontrar la residencia moral de las ideas para el bienestar social a partir del Estado restringido y ven en el abandono de estas ideas y de sus orientaciones de conducta, la justificación de los males contemporáneos de nuestra sociedad.
Sin pretender responder cuestiones que requerirían mucho más espacio y tiempo para la reflexión y que, seguramente, arrojarían más dudas que certezas con respecto a estos temas, si creo que vale la pena incorporar algunos elementos a la discusión que, espero, logren contribuir al rediseño al que se refería mi amigo, no sólo para los partidos políticos de la oposición venezolana, sino para todos los aspectos previos que requiere considerar la joven sociedad latinoamericana si pretende prosperar en libertad.
Ciertamente la economía de mercado y la protección de la propiedad privada, por usar una definición no marxista de capitalismo, tienen como sistema múltiples fallas, algunas de las cuales han llegado a ser modelizadas con tanta precisión por los economistas, que libros de texto muy básicos explican ya la mayor parte de este espectro de desventajas y las líneas de acción –normalmente desde el Estado- para intentar mejorarlas.
Sin embargo, el campo de la intervención estatal real sobre el mercado es tan amplio y diverso que rara vez encuentra sintonía con el ámbito científico descrito, mucho más modesto con respecto a sus alcances, por lo que también debería quedar claro que estas intervenciones suelen producir más perjuicios que beneficios a la sociedad. No siempre así a los políticos que las promueven, que muchas veces se mantienen durante años en su ejercicio y no pierden prestigio después de concretarse los daños de sus acciones y omisiones.
Recientemente recibieron la distinción del premio Nobel investigadores dedicados al estudio del mercado y sus mecanismos de interacción. Resulta cuando menos curioso, la importancia de este sistema para la sociedad humana y la facilidad con la que tendemos a obviar sus estrechos vínculos con el comportamiento humano del pasado, el presente y, previsiblemente, del futuro. El espacio del mercado en la sociedad humana debería ser tema obligatorio de ciencias sociales desde la escuela primaria, más allá de la formación forzada que recibimos en el seno familiar y en la calle (formación completa, con valores, teoría y ejercicios).
El mercado y las restricciones que sobre su funcionamiento general pretende el particular -- cada uno prefiere para si mismo el mayor y más competitivo de los mercados para servirse y el más concentrado de los monopolios para ofrecer o servir, -- tienen implicaciones para toda la sociedad que no lograremos aprovechar en sus máximas ventajas si no asumimos algunas de sus reglas básicas. No es raro que el mercado sea un sistema que requiera protección y promoción estatal, pues de otro modo tantos quieren verlo muerto que no sería extraño que llegasen a hacerle aún más daño del que ya le hacen y, con ello, afecten negativamente los intereses de toda la sociedad, especialmente de los más pobres.
Y es que sólo conociendo el mercado, se puede entender que no existe tal cosa llamada “ganancia justa”, ni “ganancia mínima”, por encima de la cual el empresario pueda ofrecer a su entorno, a sus trabajadores, proveedores, clientes, relacionados, comunidad en general, algún tipo de participación en dinero o especie por su esfuerzo productivo. Con ello, la esperanza de construir un sistema de interacción basada en la competitividad al mismo tiempo que se introduce la solidaridad, pareciera políticamente necesario, pero podría ser tremendamente contraproducente.
En la sociedad moderna capitalista, el esfuerzo de los agentes productivos básicos (empresarios y trabajadores) contribuye a financiar múltiples otras actividades productivas que no necesariamente están sometidos a idénticas presiones competitivas (aunque sería sano que las conociesen y experimentasen para su mejor desempeño). Citaremos, en principio, cinco áreas adicionales: a) la existencia del Estado, b) la actividad de organizaciones privadas sin fines de lucro dedicadas a la producción de bienes y servicios con algún tipo de subsidio incorporado, c) la existencia de organizaciones sin fines de lucro de carácter gremial, es decir, dedicadas a la promoción y defensa de intereses grupales o sectoriales afines, d) la actividad de organizaciones políticas de amplia base (partidos) y, por último, e) la actividad de grupos religiosos (me refiero al culto, no a sus funciones de apoyo social, incluidas en el segundo grupo, el de ONG´s). También podría haber múltiples figuras mixtas y/o intermedias entre las anteriores.
Así se financia, en principio, la existencia del Estado, en el cual se supone delega la sociedad funciones complejas que no son fáciles de ejercer por parte de los particulares o que, haciéndolo, corren riesgos de ser menos eficaces y productivas que las hechas a partir de esta figura (el Estado). La defensa nacional, la protección y seguridad interna (incluyendo la previsión y respuesta a desastres naturales), la administración de justicia, la promoción de mercados abiertos y competitivos, la administración y protección de bienes públicos puros o de gran interés público (paisajes naturales, aire, agua, patrimonio histórico cultural) y, eventualmente, la inversión en grandes infraestructuras físicas y humanas (investigación básica y aplicada, grandes obras para almacenamiento de agua, transporte y comunicaciones, saneamiento y suministro eléctrico, que en ocasiones suponen grandes dispersiones geográficas y temporales para sus procesos de aprovechamiento y amortización, lo que las aleja del perfil típico de recuperación de costos para cualquier negocio) suelen ser áreas típicas de desempeño estatal. La existencia misma del Estado como agente social activo frente a estos compromisos, prefigura su necesario financiamiento.
Aquí es ya muy solidario el capitalismo y sus frutos son sustentables en la medida que los agentes productivos vinculen los resultados de su inversión en eficacias y eficiencias sociales de largo plazo para sus propias vidas y proyectos productivos. Muchos países viven hoy en día una compleja discusión política porque han descubierto las dificultades para sustentar sus sistemas de provisión social estatal y sus mecanismos de financiamiento, a partir de premisas como el envejecimiento de sus poblaciones (es decir, la reducción de sus rendimientos productivos para financiar cada vez mayores costos no tan productivos).
Por eso la discusión fundamental contemporánea sigue siendo cómo es mi Estado, a qué se dedica, qué tan eficaz y eficiente es su labor, porque nada más fácil que gastar lo que otro produce. Allá donde los líderes políticos aprovechan el relajamiento social (sea cual sea su motivo, ignorancia, borrachera, ambas cosas) para alcanzar el poder y manejar lo público como si fuera propio, atacar la producción y la productividad, promover falsas estructuras de incentivos, trastocando reglas elementales de compensación productiva, suelen generar sistemas altamente ineficientes y regularmente provocadores de pobreza e inequidad acentuadas. Es el Estado equivocado.
Insistiendo, para no confundir, la función fundamental del esfuerzo productivo es que sea eficaz y eficiente, que estimule la innovación para mejor y más fácilmente resolver las necesidades de la gente. Si además, le pides compromisos de solidaridad pública financiando al Estado y a las ONG´s, deben ser cuidadosamente evaluados cuando superan el nivel básico de justificación, pero bien. Si además le pides, que su esfuerzo productivo se vea condicionado por la situación de su entorno, de tal modo que comprometa parte de sus ganancias en idear él mismo nuevas alternativas de solución política y social a estos problemas, estamos equivocando los papeles.
Y no es que un empresario o un trabajador no tengan por qué tener interés en estas cosas. Claro que lo tienen. Para eso debe ser atento y participativo con las propuestas políticas en su entorno, empezando por la parte que involucra su actividad (y así la importancia de las organizaciones gremiales y sindicales para la articulación política de las democracias modernas). Debe además dialogar y ser lo más activo posible en las redes sociales de su comunidad. Pero no debe olvidar que la clave de su aporte social es mantener su actividad en niveles de eficacia y eficiencia competitivos.
¿Y por qué tendría que haber contradicción con un aporte adicional al que ya se hace al Estado y a las ONG´s? Pues el motivo trascendente es que, en circunstancias competitivas deseables, la posibilidad de amplios compromisos de “capitalismo solidario” sacrifica espacios para la innovación, clave de la misma competitividad. Si el capitalismo solidario se refiere a producir en la base de la pirámide (para los que hoy son más pobres) porque tiene sentido mercadotécnico hacerlo, es rentable, eso es otra cosa. Eso es innovación. Si se trata de compromiso político filosófico para superar la inequidad, lo recomendable es contribuir con las ONG´s y partidos políticos que se especializan mejor para lograr ese cometido y, sugiero más bien, permanecer atentos al entorno no vaya a ser que de sus acciones (de las del Estado, ONG´s y partidos políticos) surja una limitación al propio ejercicio productivo que me saque del mercado (puede pasar, hay por ahí un dicho, “uno no sabe para quien trabaja”).
De allí a proyectar la idea de ganancia justa hay un gran trecho. Si, por ejemplo, el Estado utiliza un determinado parámetro para definir la carga tributaria y hacerla progresiva (a partir de tal tasa de ganancia, una tasa de impuesto y si la ganancia es mayor, mayor es la tasa impositiva) lo hace por razones prácticas y discrimina tasas de ganancias a partir de cualquier modelo (por ejemplo, uno que promedie la historia reciente), no porque considere que ganar 15% es más justo que ganar 150% o viceversa. De hecho, es contradictorio aplicar la justicia (como moral socializada e institucionalizada) al concepto de ganancia empresarial en mercados competitivos. Varias guías morales ya han incorporado (cuando menos hace siglos) la “justicia” de la realización empresarial cuando se gana en buena lid y no hay mayor garantía de ese saludable resultado que a través de un mercado competitivo. Otra cosa es saberlo proteger y promover con leyes.
Este sencillo mecanismo de intervención (el tipo impositivo aplicado a un determinado tipo de ganancia empresarial) tiene profundas implicaciones en la estructura de incentivos que “leen” los agentes del mercado, por lo que no siempre los propósitos de la teoría que hace surgir esta intervención política, generan los resultados esperados. Y este ejemplo es uno de los más “pacíficos” en cuanto a la evaluación de la intervención estatal, por ser reconocido que, ante la necesidad de financiar la actividad del “conserje nacional” es preferible hacerlo con esquemas basados en renta y con cargas progresivas. Algunos piensan que deben ser más bajas y aplicadas a menos conceptos, pero casi nadie duda de la necesidad de que el Estado se financie con el esfuerzo de la sociedad, en términos que castigando las rentas, no se incentive negativamente su producción y productividad.
Otros ejemplos, como el eventual rescate con fondos públicos de bancos que operaron en mercados altamente riesgosos y sufren grandiosas pérdidas, comprometiendo la salud general del sistema financiero y con él de toda la economía, encuentran espacios de discusión mucho más intensos. Hay quien tiene dudas sobre la posibilidad de incorporar garantías que hagan más leve las fluctuaciones derivadas de procesos como el que se acaba de producir con los préstamos hipotecarios de baja calidad. En opinión de algunos expertos el mercado “lee” estos anuncios y relaja en el mediano y largo plazo sus mecanismos de “ajuste automático”, dolorosos sin duda, pero imprescindibles para la salud del sistema. Sin embargo sigue estando abierta la discusión sobre el rol del Estado frente a las crisis financieras, por el profundo efecto pernicioso que llegan a tener sobre la economía real. Algunos piensan que los bancos grandes, por principio, deben ser estatales (el principio de que resulte más peligrosa su quiebra que su costo de rescate). El mercado más bonito, no es el mejor. La misma sangre que mana por la herida, lleva plaquetas para cerrarla, pero algunos siguen prefiriendo hospitalizar al paciente porque podría morir de la hemorragia.
El empresario capitalista no es “malo” o “bruto” por no dedicar mayores recursos a la compensación social. Si funciona el mercado, maximizar su ganancia es su única expectativa de continuar existiendo. Si el mercado está restringido, normalmente tiene algo que ver con la presencia (o ausencia intencionada) del Estado equivocado y, en este caso, las ganancias excesivas suelen aprovechar instituciones sociales débiles para promover el mercado necesario. Promover y proteger el mercado, debería ser mandato esencial y prioritario del Estado. Pocas políticas pueden ser tan beneficiosas para los menos favorecidos por la actual distribución de la riqueza.
En el mercado no restringido, sólo la innovación le permite “cazar” alguna oportunidad al empresario (ni siquiera se lo garantiza; puede innovar en una dirección equivocada en tiempo, espacio o concepto y fracasar) y ese es el principio generatriz de la acumulación de capital, es decir, de la acumulación de bienes disponibles para la producción de bienes. Los valores incrementales del capital se deben a la acumulación de innovación.
Es la innovación la protagonista de la acumulación y no tiene límites posibles. No si no le damos cabida al hombre nuevo. En el fondo el planteamiento del capitalismo solidario es socialcristianismo. Aquella concepción idealista de una sociedad de humanos que toman decisiones no egoístas o menos egoístas, que es igual, porque no hay más intermedio en estos procesos que los que logren incentivos sistémicos del mismo mercado, por ejemplo, el que permitió desarrollar consumidores que prefieran un bien con una relación costo calidad que ha incluido en el costo amortizaciones diversas de posibilidades futuras. Aquí en América Latina prácticamente no existen esos consumidores y por lo tanto la RSE no pasa de filantropía o, en el mejor de los casos, de un esquema defensivo con respecto a un entorno político institucional cada vez más agresivo. Estas opciones ideológicas tienen tanto espacio de interacción política como las religiones que las sustentan (es decir, mucho espacio) pero tanta posibilidad de generar caos, engaño y frustración, como cualquier otra iniciativa que desconozca el funcionamiento de un sistema social complejo y tan profundamente estructurado en la psiquis colectiva, como es el mercado.
El mercado no es el llamado a desentramparnos del caos moral contemporáneo, pero tampoco debería pagar nuevamente las consecuencias de las miles de impericias políticas que la sociedad humana se auto impone, en su propio aprendizaje social. Políticamente se requiere superar los estados nacionales para que nos posicionemos como sociedad planetaria y los problemas de nuestra casa (la pobreza, especialmente concentrada en algunos territorios, la explotación indiscriminada de recursos naturales no renovables, la administración irracional de los renovables) tengan un espectro de solución modelizable, es decir, racionalizable. Hoy en día el Estado nacional (en franco proceso de descomposición) y la ausencia de un Estado global fuerte para regular los abusos de posición dominante global de ciertos estados nacionales y los abusos contra su propia población de otros, son el principal problema de los pobres del planeta. El mercado y los estímulos a la iniciativa privada individual tienen fuerza suficiente para generar bienestar para todos, que nadie lo dude. El problema es que sólo funciona allá donde se puede construir políticamente un Estado más fuerte para entenderlo y protegerlo (al mercado) y para cumplir bien aquellas funciones que no abordan los particulares (indicadas anteriormente). Por ello, sólo la reforma del Estado nos acerca a los óptimos políticos deseables en el futuro y su conocimiento debería ser el principal producto de exportación de cualquier organismo de cooperación.
Mientras el caos nacional multiplique las posibilidades de políticas populistas, inventos de hombres nuevos por doquier; mientras este mismo caos facilite la interacción nacional de los oligopolios y carteles globales (como el de energía, el de transporte marítimo, el de tecnologías, especialmente las vinculadas con la guerra, por citar sólo algunos de los más dañinos); mientras este mismo caos propicie la persistencia de ideas xenofóbicas y prosperen los nacionalsocialismos, la humanidad continuará teniendo una perspectiva evolutiva limitada.
Lo que se requiere es valentía política para reformar continuamente el Estado, para que las instituciones (las reglas) sean más ágiles y para que se desmonten más eficazmente los privilegios. Por eso la pelea política es tan dura con algunas ingenuidades liberales que hablan del Estado mínimo, cuando la decisión social de controlar al Estado, regresarlo a su rol de servicio público, impedir su borrachera y demencia, son funciones inherentes a la más compleja organización social: y eso es el Estado, el máximo nivel de reglas de una sociedad organizada. Aquellas instituciones que felizmente logren controlar esos síntomas tan de actualidad, en el fondo están construyendo Estado. Sólo el Estado puede promover el mercado competitivo. Lo demás es privatización perversa y promoción de los más dañinos privilegios.
Sin duda el capitalismo de la revolución industrial fue mucho peor que el actual, cumpliendo su cometido de acumulación de capital para la sociedad, con un Estado incómodo para respaldarlo. La historia del capitalismo industrial es la historia de las luchas entre competidores con pretensiones monopólicas. Todo esto sucedía de manera más rápida y natural que el tiempo necesario para que el Estado se adaptase y comprendiese su capacidad para administrar bienestar colectivo defendiendo y promoviendo más competencia dentro de aquel capitalismo salvaje. El capitalismo salvaje no es el de la lucha por la máxima competencia. Es el de la lucha por la mínima. Sólo un Estado suficientemente fuerte para promover el mercado, nos ha venido liberando del yugo, más o menos ocasional, de los explotadores de privilegios.
Sólo con un Estado tan fuerte, que no requiera llenarse de joyas para saber quien es y por qué existe, habrá espacio para que cada ciudadano pueda prosperar con su libre iniciativa. Sólo sociedades que acumulan capital potencial en forma de múltiples sacrificios humanos (ahorro) logran después financiar sistemas de compensación y justicia más allá del mercado. Todas las sociedades de países desarrollados, escuchan y estudian con lupa las maneras de intervención “contramercado” porque saben que no es fácil lograr beneficios netos de estas intervenciones. Cada vez más la ciencia de lo público, incluyendo la alta gerencia, supone el acompañamiento del mercado, su aprovechamiento, la alianza con sus herramientas y enseñanzas.
El hombre nuevo se hace de historia, de microcambios acumulados. Sólo la sustentabilidad es un criterio universal. Lo bueno y lo malo es cultural, como la moral y por tanto, perecedero. Poco tendrá que ver el triunfo de una determinada moralidad, sea cual sea su origen y cosmovisión. Unas prosperan (seguramente adaptándose, modificando sus postulados al contacto con otros, como ha sido la práctica habitual en los valores occidentales) en un determinado espacio y tiempo, otras menos. La creación ideológica está más alcance de todos que nunca antes, porque sólo crean ideología los ciudadanos y la tendencia es a que lo seamos todos. Ojalá hubiese algo así como una exégesis teológica y filosófica global a partir de principios básicos como tolerancia, libertad y sustentabilidad (al menos es expresión de mi propia moral, claro está) o si ya existe, que cobre mayor vigor político.
Por ello, nosotros, ciudadanos del presente y del pasado, somos modernos y progresistas (algunos también, son además optimistas). No porque la modernidad sea un destino y el progreso un continuo depredar, más bien porque se requiere sanear la casa y acordarnos todos para promover, a muy largo plazo, la supervivencia; para poder soportar nuevamente etapas expansivas violentas, que demuestren lo que somos: una simple especie de primates que comienza a descubrir su no singularidad, que pretende comprender su espacio en el universo y, seguramente, por muy estúpido que pudiera resultar en algunas áreas extremas de su inteligencia imaginativa y como cabría perfectamente esperar de su condición primate, que pretende también de ese universo que comienza a conocer, la conquista y colonización.
No sólo se requiere superar la falacia del intercambio entre libertad y prosperidad por salud, educación y deporte (la mentira socialista reciente, reconocida su incapacidad para crear riqueza y su error histórico en anticipar la muerte del capitalismo). Se requiere proponer revisiones globales a la especialización del trabajo y las condiciones culturales de integración. Se requiere revisar las instituciones globales que facilitan los mecanismos de aprovechamiento de la innovación (para promover su cobertura geográfica, bien, pero también reducir su extensión temporal) y diseñan la llamada cooperación. Se requiere, en definitiva, actuar como sociedad planetaria.
Por favor, no respondamos al hombre nuevo socialista con el hombre nuevo capitalista, al hombre nuevo musulmán con el cristiano, al hombre nuevo malo con el hombre nuevo bueno. Hagamos el esfuerzo de idealizar menos al hombre, al menos en cuanto pretenda convertirse en propuesta de gobierno, de servicio para mayorías. Festejemos los retos políticos (cargados seguro de ideales) que promueven avances concretos en nuestro mutuo reconocimiento como temporales habitantes de la Tierra y representantes de una especie ecológicamente entrampada. Con el real y las expectativas ajenas, menos experimento.
domingo, 13 de enero de 2008
Desarrollo y globalización: perspectivas y limitaciones a la potencia redentora del capitalismo
El mundo pareciera aproximarse a una nueva encrucijada ecológica para la humanidad. La pobreza extendida en grandes grupos poblacionales, el calentamiento global y otros problemas del medio ambiente, los conflictos nacionales e internacionales, la acelerada evolución científica en áreas como la biotecnología y la exploración del universo, la dificultad de los parámetros éticos tradicionales para servir de guía a las interacciones de la realidad, son algunos de los aspectos que permiten presumir una acumulación especial de alteraciones que no se presentaba con similar impacto desde comienzos de la revolución industrial.
Esta encrucijada no nos encontrará a todos en la misma situación. Algunas naciones han abierto una vía concreta a su incorporación al mundo de países con altos niveles de vida para la mayor parte de su población: hoy en día, algo más de una treintena de países en todos los continentes (excepto Africa subsahariana) pueden considerarse “adelantados” en su tarea de superar las limitaciones estructurales de la pobreza arraigada y la pérdida sistemática de ciudadanía y calidad de vida en sus nacionales. La gran mayoría de ellos se ubica en Europa (18 países), seguidos de Asia (5 países, incluyendo Hong Kong como estado independiente), Oriente Próximo y Medio (5 países), América (3 países) y Oceanía (2 países)[1].
Este acceso no debe ser considerado una tarjeta “dorada” de calidad y bienestar, ni tampoco el jardín de los laureles para descansar en su condición. No, todo lo contrario, la pelea ha sido y sigue siendo muy dura, con cambios y reformas constantes para consolidar un aparato productivo competitivo, muchas veces en condiciones desfavorables del mercado internacional, impuestas casi siempre por las naciones que accedieron antes al desarrollo. Un pequeño grupo de países, los emiratos árabes petroleros, acceden a esta condición a través de una mezcla de políticas de apertura a la inversión para la explotación de diversos sectores (principalmente energéticos) mezclado con la abundante transferencia internacional de recursos derivados de la renta petrolera.
La mayor parte del resto del mundo, es decir, un centenar de estados nacionales, pareciera intentar acercarse a las dinámicas que permitieron a estos países alcanzar esos estándares. En algunos casos, logran grandes avances en la industrialización y desarrollo tecnológico zonificado, pero enfrentan la necesidad de alimentar y promover servicios para grandes contingentes poblacionales: China continental, India, Paquistán, Bangladesh, Rusia y Brasil son buenos ejemplos de este problema. Los dos primeros reúnen para el año 2008 casi 2 mil quinientos millones de habitantes y junto a los demás la cantidad alcanza a 3 mil trescientos millones, la mitad de la población del mundo.
Aproximadamente un centenar de países bregan cotidianamente con diversos problemas para superar sus limitaciones y acceder a mayor bienestar para los suyos, incluyendo el reto de incorporar mayor capital (tecnológico, humano y financiero) a sus procesos productivos.
Unos pocos consideran vías “alternativas” y construyen dinámicas poco ortodoxas, donde se niega la capitalización productiva como fuerza motriz del avance hacia el bienestar, se limita y controla el desenvolvimiento de los mercados y se limitan los derechos económicos como fuente de proyección de la riqueza.
Vale la pena destacar algunos países que han venido desarrollando híbridos de estos sistemas. Por ejemplo, China ha promovido la industrialización intensiva de algunas zonas económicas especiales a través de la asimilación de inversiones extranjeras, aunque mantiene un férreo control estatal en las condiciones para el desenvolvimiento de dicha inversión, al tiempo que garantiza condiciones estables para la moneda y para el retorno de los excedentes de capital (garantizando hasta ahora tasas de crecimiento que comprometen los mercados de recursos básicos en el mundo). Con diferentes escalas y factores de éxito, algo similar intentan en países como Cuba, Libia o Nigeria. Todos estos modelos comparten una amplia gama de posibilidades para el uso intensivo de mano de obra, muchas veces más allá de los parámetros modernos para diferenciar el trabajo asalariado de la esclavitud.
El capitalismo sufrió uno de sus cuestionamientos más graves a partir de las iniciativas derivadas de los planteamientos marxistas, principalmente a lo largo del siglo XX. No se puede decir que en este siglo ya estas ideas no cuenten para las propuestas ideológicas que guían los proyectos políticos en buena parte del mundo, pero no cabe duda que su influencia ha sido apreciablemente limitada. La mayor parte de los partidos políticos de origen socialista revisaron sus postulados para adaptarlos y “modernizarlos” abandonando la lucha de clases y la esperanza en el derrumbe del capitalismo como eje esencial de sus postulados. Socialdemocracia, socialcristianismo, laborismo y diferentes formas de nacionalsocialismos, aglutinan hoy a la gran mayoría de las iniciativas de representación parlamentaria y concentran sus esfuerzos en aplacar “la fiera” del capitalismo salvaje para darle un rostro más “humano”.
Llegado este punto, cabe preguntarse cuál ideología aprovecha de manera más sistemática los avances del intercambio capitalista, es decir, la iniciativa individual como base del desenvolvimiento económico, el mercado como principal protagonista en la asignación de bienes y factores, junto a la defensa y protección estatal de la propiedad privada como aspecto intrínseco a las necesidades de capitalización por parte de los emprendedores. Pareciera una idiología provista de una ventaja sistémica, pero no suele estar reflejada en el nivel de adhesión de los más pobres.
Los socialistas (comunistas, socialdemócratas, socialcristianos, laboristas, nacionalsocialistas y populistas) siguen considerando la necesidad de compensar los avances del mercado con una intervención estatal más o menos intensa, para lograr cosas como “equidad” o incluso “igualdad”. Pocos reconocen abiertamente las ventajas de la libre iniciativa emprendedora y la apertura de los mercados como un factor determinante para la superación de la pobreza, a pesar del casi total dominio de estas ideas en el ámbito científico del desenvolvimiento económico.
En la medida que la producción intelectual se concentra en los países que han accedido a elevados estándares de vida para su población, sus ciudadanos se preocupan por los matices inherentes a la sustentabilidad del sistema: la necesaria cohesión social para impedir el órdago desintegrador de la pobreza; la estabilidad ambiental para evitar el compromiso de los recursos que habrán de estar disponibles para generaciones futuras (incluyendo aire, agua y biodiversidad) y, las articulaciones institucionales que faciliten el pleno ejercicio de la ciudadanía a través de prácticas sociales más estables, democráticas y transparentes.
Los demás viven el doble reto de promover la capitalización necesaria para el desarrollo con la misma necesidad de pensar y promover la sustentabilidad, que pareciera no tener una panorámica eficiente en él ámbito del planteamiento nacional (nada más global que el ambiente o la pobreza).
Es un reto mucho mayor que el que en su día viviera Inglaterra u Holanda a partir del siglo XVIII, mayor incluso a los avatares para el desarrollo de EEUU desde finales del XIX o Alemania y Japón en pleno siglo XX. Hoy en día para que un país pobre alcance el desarrollo, se enfrenta a la competencia feroz de los desarrollados, a las restricciones en la aplicación y apropiación de tecnologías, a las limitaciones a los flujos migratorios (mucho más controlados que en siglos pasados) y a la competencia de los mismos subdesarrollados.
Los países en vías de desarrollo no deberíamos esperar grandes avances políticos a partir de las iniciativas de los países más avanzados. Su más arriesgada apuesta suele limitarse a promover mecanismos de cooperación, más limitados si comprometen los esquemas de producción de sus propios nacionales, allá donde aún explotan áreas productivas cuya competitividad global es abiertamente cuestionable (como la de muchos rubros agrícolas de Europa o EEUU). En su seno, ocasionalmente se cuestiona la validez de estas restricciones, pero aún el más liberal de los políticos reconoce el impacto socio cultural que podría conllevar el desmontar estos subsidios.
El Estado nacional sigue siendo el gran ancla de casi todas las políticas e ideologías contemporáneas, en ambos mundos. EEUU aún es uno de los países líderes del planeta sobre la base de un creciente aislacionismo ideológico de origen nacionalista. Europa no termina de cuajar su proyecto integracionista por el arraigo cultural de sus nacionalidades y sólo sorteando los escollos que produce, continúa avanzando en las áreas donde este nacionalismo no compromete los necesarios consensos. Muchas veces el ritmo de estos avances es directamente proporcional a su capacidad de convencer y aplicar eficientemente políticas nacionales de carácter “europeo”.
En el fondo, el concepto de ciudadanía, clave para entender el desideratum ideológico moderno, se fundamenta en una mezcla de aspectos multiculturales (aunque predominantemente occidentales) con el consabido jarabe de nacionalidad. Incluso la perspectiva más liberal, acude inevitablemente a la búsqueda de protección estatal (y el Estado es fundamentalmente Estado Nación) para la consecución de sus ideales (protección a los derechos económicos que facilitan el intercambio).
Por lo tanto, urge asumir una cruzada ideológica para replantear el reto del desarrollo en el ámbito de los estados nacionales. Lamentablemente, las ideologías son productos profundamente cruzados por aspectos antropológicos y culturales reñidos con la modernidad, incluyendo el afán nacionalista, pero no debemos dejar de promover una renovación de las organizaciones sociales a todos los niveles, con miras a construir propuestas políticas liberales de amplio espectro.
Amplio espectro, hace aquí referencia a propuestas destinadas a la liberación de grandes mayorías desciudadanizadas, para dotarlas de la más poderosa herramienta que la humanidad ha conocido para superar las limitaciones de la escasez.
El empresario, sea liberal o conservador, mantiene una relación plena de condicionantes hacia la libertad de creación y propiedad. Los peores, los que ceden con mayor facilidad a las facilidades políticas para la obtención de beneficios en mercados no competitivos, se posicionan en dinámicas mercantilistas (centradas en la acumulación de rentas más que de capacidades productivas y en el aprovechamiento de patrimonios más que en la innovación para identificar y satisfacer necesidades de los consumidores).
El ser humano desciudadanizado, distorsionadas sus referencias racionales y los estímulos conductuales hacia la socialización productiva, es capaz de ceder a la seducción de falsos paraísos redentores. Pero la más objetiva y poderosa alternativa ideológica de un ser humano agredido en sus bases fundadoras, despojado de ciudadanía, carente de referencias para proyectar su futuro o el de sus hijos, es el liberalismo popular. Liberalismo para todos, liberalismo para los más pobres es el reto de la articulación ideológica en los países del tercer mundo. No liberalismo de élites, ni neoliberalismo, ni monetarismo ni claudicación al mercado manipulado por los estados nación. Reformemos y fortalezcamos el Estado (sí, el Estado Nación) para que cumpla su mandato fundamental, promover el mercado, la iniciativa, la propiedad. Liberalismo profundo, propio, potenciador de la creatividad, laboriosidad e iniciativa de pueblos que nacen y mueren creyendo que no hay esperanza y votando por el que les promete la droga del hombre nuevo.
Armarse de valor para asumir ese reto es hoy función primordial, no ya de los líderes políticos formados en el mercado de la retórica socializadora, sino de todos los ciudadanos conscientes que podamos contribuir a que nuestros hijos asuman el último proyecto nacional que tendrá alguna utilidad para el planeta. Esperemos que después, ellos o sus hijos o sus nietos den la pelea por superar el Estado Nación. Con una Tierra llena de ciudadanos, será menos difícil.
[1] Cifras del Banco Mundial sobre Producto Per Cápita según la metodología de la paridad del poder adquisitivo (PPA), en los países que superan los US $ 10.000 por habitante y año.
Esta encrucijada no nos encontrará a todos en la misma situación. Algunas naciones han abierto una vía concreta a su incorporación al mundo de países con altos niveles de vida para la mayor parte de su población: hoy en día, algo más de una treintena de países en todos los continentes (excepto Africa subsahariana) pueden considerarse “adelantados” en su tarea de superar las limitaciones estructurales de la pobreza arraigada y la pérdida sistemática de ciudadanía y calidad de vida en sus nacionales. La gran mayoría de ellos se ubica en Europa (18 países), seguidos de Asia (5 países, incluyendo Hong Kong como estado independiente), Oriente Próximo y Medio (5 países), América (3 países) y Oceanía (2 países)[1].
Este acceso no debe ser considerado una tarjeta “dorada” de calidad y bienestar, ni tampoco el jardín de los laureles para descansar en su condición. No, todo lo contrario, la pelea ha sido y sigue siendo muy dura, con cambios y reformas constantes para consolidar un aparato productivo competitivo, muchas veces en condiciones desfavorables del mercado internacional, impuestas casi siempre por las naciones que accedieron antes al desarrollo. Un pequeño grupo de países, los emiratos árabes petroleros, acceden a esta condición a través de una mezcla de políticas de apertura a la inversión para la explotación de diversos sectores (principalmente energéticos) mezclado con la abundante transferencia internacional de recursos derivados de la renta petrolera.
La mayor parte del resto del mundo, es decir, un centenar de estados nacionales, pareciera intentar acercarse a las dinámicas que permitieron a estos países alcanzar esos estándares. En algunos casos, logran grandes avances en la industrialización y desarrollo tecnológico zonificado, pero enfrentan la necesidad de alimentar y promover servicios para grandes contingentes poblacionales: China continental, India, Paquistán, Bangladesh, Rusia y Brasil son buenos ejemplos de este problema. Los dos primeros reúnen para el año 2008 casi 2 mil quinientos millones de habitantes y junto a los demás la cantidad alcanza a 3 mil trescientos millones, la mitad de la población del mundo.
Aproximadamente un centenar de países bregan cotidianamente con diversos problemas para superar sus limitaciones y acceder a mayor bienestar para los suyos, incluyendo el reto de incorporar mayor capital (tecnológico, humano y financiero) a sus procesos productivos.
Unos pocos consideran vías “alternativas” y construyen dinámicas poco ortodoxas, donde se niega la capitalización productiva como fuerza motriz del avance hacia el bienestar, se limita y controla el desenvolvimiento de los mercados y se limitan los derechos económicos como fuente de proyección de la riqueza.
Vale la pena destacar algunos países que han venido desarrollando híbridos de estos sistemas. Por ejemplo, China ha promovido la industrialización intensiva de algunas zonas económicas especiales a través de la asimilación de inversiones extranjeras, aunque mantiene un férreo control estatal en las condiciones para el desenvolvimiento de dicha inversión, al tiempo que garantiza condiciones estables para la moneda y para el retorno de los excedentes de capital (garantizando hasta ahora tasas de crecimiento que comprometen los mercados de recursos básicos en el mundo). Con diferentes escalas y factores de éxito, algo similar intentan en países como Cuba, Libia o Nigeria. Todos estos modelos comparten una amplia gama de posibilidades para el uso intensivo de mano de obra, muchas veces más allá de los parámetros modernos para diferenciar el trabajo asalariado de la esclavitud.
El capitalismo sufrió uno de sus cuestionamientos más graves a partir de las iniciativas derivadas de los planteamientos marxistas, principalmente a lo largo del siglo XX. No se puede decir que en este siglo ya estas ideas no cuenten para las propuestas ideológicas que guían los proyectos políticos en buena parte del mundo, pero no cabe duda que su influencia ha sido apreciablemente limitada. La mayor parte de los partidos políticos de origen socialista revisaron sus postulados para adaptarlos y “modernizarlos” abandonando la lucha de clases y la esperanza en el derrumbe del capitalismo como eje esencial de sus postulados. Socialdemocracia, socialcristianismo, laborismo y diferentes formas de nacionalsocialismos, aglutinan hoy a la gran mayoría de las iniciativas de representación parlamentaria y concentran sus esfuerzos en aplacar “la fiera” del capitalismo salvaje para darle un rostro más “humano”.
Llegado este punto, cabe preguntarse cuál ideología aprovecha de manera más sistemática los avances del intercambio capitalista, es decir, la iniciativa individual como base del desenvolvimiento económico, el mercado como principal protagonista en la asignación de bienes y factores, junto a la defensa y protección estatal de la propiedad privada como aspecto intrínseco a las necesidades de capitalización por parte de los emprendedores. Pareciera una idiología provista de una ventaja sistémica, pero no suele estar reflejada en el nivel de adhesión de los más pobres.
Los socialistas (comunistas, socialdemócratas, socialcristianos, laboristas, nacionalsocialistas y populistas) siguen considerando la necesidad de compensar los avances del mercado con una intervención estatal más o menos intensa, para lograr cosas como “equidad” o incluso “igualdad”. Pocos reconocen abiertamente las ventajas de la libre iniciativa emprendedora y la apertura de los mercados como un factor determinante para la superación de la pobreza, a pesar del casi total dominio de estas ideas en el ámbito científico del desenvolvimiento económico.
En la medida que la producción intelectual se concentra en los países que han accedido a elevados estándares de vida para su población, sus ciudadanos se preocupan por los matices inherentes a la sustentabilidad del sistema: la necesaria cohesión social para impedir el órdago desintegrador de la pobreza; la estabilidad ambiental para evitar el compromiso de los recursos que habrán de estar disponibles para generaciones futuras (incluyendo aire, agua y biodiversidad) y, las articulaciones institucionales que faciliten el pleno ejercicio de la ciudadanía a través de prácticas sociales más estables, democráticas y transparentes.
Los demás viven el doble reto de promover la capitalización necesaria para el desarrollo con la misma necesidad de pensar y promover la sustentabilidad, que pareciera no tener una panorámica eficiente en él ámbito del planteamiento nacional (nada más global que el ambiente o la pobreza).
Es un reto mucho mayor que el que en su día viviera Inglaterra u Holanda a partir del siglo XVIII, mayor incluso a los avatares para el desarrollo de EEUU desde finales del XIX o Alemania y Japón en pleno siglo XX. Hoy en día para que un país pobre alcance el desarrollo, se enfrenta a la competencia feroz de los desarrollados, a las restricciones en la aplicación y apropiación de tecnologías, a las limitaciones a los flujos migratorios (mucho más controlados que en siglos pasados) y a la competencia de los mismos subdesarrollados.
Los países en vías de desarrollo no deberíamos esperar grandes avances políticos a partir de las iniciativas de los países más avanzados. Su más arriesgada apuesta suele limitarse a promover mecanismos de cooperación, más limitados si comprometen los esquemas de producción de sus propios nacionales, allá donde aún explotan áreas productivas cuya competitividad global es abiertamente cuestionable (como la de muchos rubros agrícolas de Europa o EEUU). En su seno, ocasionalmente se cuestiona la validez de estas restricciones, pero aún el más liberal de los políticos reconoce el impacto socio cultural que podría conllevar el desmontar estos subsidios.
El Estado nacional sigue siendo el gran ancla de casi todas las políticas e ideologías contemporáneas, en ambos mundos. EEUU aún es uno de los países líderes del planeta sobre la base de un creciente aislacionismo ideológico de origen nacionalista. Europa no termina de cuajar su proyecto integracionista por el arraigo cultural de sus nacionalidades y sólo sorteando los escollos que produce, continúa avanzando en las áreas donde este nacionalismo no compromete los necesarios consensos. Muchas veces el ritmo de estos avances es directamente proporcional a su capacidad de convencer y aplicar eficientemente políticas nacionales de carácter “europeo”.
En el fondo, el concepto de ciudadanía, clave para entender el desideratum ideológico moderno, se fundamenta en una mezcla de aspectos multiculturales (aunque predominantemente occidentales) con el consabido jarabe de nacionalidad. Incluso la perspectiva más liberal, acude inevitablemente a la búsqueda de protección estatal (y el Estado es fundamentalmente Estado Nación) para la consecución de sus ideales (protección a los derechos económicos que facilitan el intercambio).
Por lo tanto, urge asumir una cruzada ideológica para replantear el reto del desarrollo en el ámbito de los estados nacionales. Lamentablemente, las ideologías son productos profundamente cruzados por aspectos antropológicos y culturales reñidos con la modernidad, incluyendo el afán nacionalista, pero no debemos dejar de promover una renovación de las organizaciones sociales a todos los niveles, con miras a construir propuestas políticas liberales de amplio espectro.
Amplio espectro, hace aquí referencia a propuestas destinadas a la liberación de grandes mayorías desciudadanizadas, para dotarlas de la más poderosa herramienta que la humanidad ha conocido para superar las limitaciones de la escasez.
El empresario, sea liberal o conservador, mantiene una relación plena de condicionantes hacia la libertad de creación y propiedad. Los peores, los que ceden con mayor facilidad a las facilidades políticas para la obtención de beneficios en mercados no competitivos, se posicionan en dinámicas mercantilistas (centradas en la acumulación de rentas más que de capacidades productivas y en el aprovechamiento de patrimonios más que en la innovación para identificar y satisfacer necesidades de los consumidores).
El ser humano desciudadanizado, distorsionadas sus referencias racionales y los estímulos conductuales hacia la socialización productiva, es capaz de ceder a la seducción de falsos paraísos redentores. Pero la más objetiva y poderosa alternativa ideológica de un ser humano agredido en sus bases fundadoras, despojado de ciudadanía, carente de referencias para proyectar su futuro o el de sus hijos, es el liberalismo popular. Liberalismo para todos, liberalismo para los más pobres es el reto de la articulación ideológica en los países del tercer mundo. No liberalismo de élites, ni neoliberalismo, ni monetarismo ni claudicación al mercado manipulado por los estados nación. Reformemos y fortalezcamos el Estado (sí, el Estado Nación) para que cumpla su mandato fundamental, promover el mercado, la iniciativa, la propiedad. Liberalismo profundo, propio, potenciador de la creatividad, laboriosidad e iniciativa de pueblos que nacen y mueren creyendo que no hay esperanza y votando por el que les promete la droga del hombre nuevo.
Armarse de valor para asumir ese reto es hoy función primordial, no ya de los líderes políticos formados en el mercado de la retórica socializadora, sino de todos los ciudadanos conscientes que podamos contribuir a que nuestros hijos asuman el último proyecto nacional que tendrá alguna utilidad para el planeta. Esperemos que después, ellos o sus hijos o sus nietos den la pelea por superar el Estado Nación. Con una Tierra llena de ciudadanos, será menos difícil.
[1] Cifras del Banco Mundial sobre Producto Per Cápita según la metodología de la paridad del poder adquisitivo (PPA), en los países que superan los US $ 10.000 por habitante y año.