viernes, 29 de febrero de 2008

RSE, ganancia justa y hombre nuevo

En días recientes un amigo vinculado a la oposición venezolana me comentaba sobre el proceso reciente de configuración ideológica en el partido que él apoya y sobre la conveniencia de incorporar las ideas de capitalismo solidario que ha estado leyendo de autores como William Halal, Keneth Taylor y, más cerca de nosotros, Emeterio Gómez.

Ciertamente, en los países más ricos ha venido repuntando la capacidad de los consumidores para condicionar el desempeño empresarial, ampliando el espectro de calidad pretendida en los productos que van a comprar, para incorporar condiciones de sustentabilidad social y ambiental en los procesos que condujeron a su producción.

Adicionalmente, estos argumentos de responsabilidad social empresarial (RSE) llevan a muchas corporaciones a grandes programas sociales en todo el mundo, desde una perspectiva que trasciende ya el típico altruismo filantrópico, para avanzar en un análisis de la propia competitividad a partir de las complejas relaciones con el entorno global.

Por otro lado, algunos economistas y filósofos plantean la necesaria renovación moral de Occidente y proponen escapar al racionalismo como fuente sanadora para los males del hombre, que ha caído en algo así como un “pozo oscuro” y requiere respuestas allá donde la razón no puede encontrarlas.

Pareciera que el capitalismo, superada su más directa amenaza al derrumbarse el bloque socialista, ha venido aceptando la posibilidad de repensarse filosófica y políticamente, más allá de su permanente reingeniería económica.

Algunos, como los liberales clásicos, más bien esperan el necesario regreso a los principios fundadores de las sociedades judeocristianas, donde creen encontrar la residencia moral de las ideas para el bienestar social a partir del Estado restringido y ven en el abandono de estas ideas y de sus orientaciones de conducta, la justificación de los males contemporáneos de nuestra sociedad.

Sin pretender responder cuestiones que requerirían mucho más espacio y tiempo para la reflexión y que, seguramente, arrojarían más dudas que certezas con respecto a estos temas, si creo que vale la pena incorporar algunos elementos a la discusión que, espero, logren contribuir al rediseño al que se refería mi amigo, no sólo para los partidos políticos de la oposición venezolana, sino para todos los aspectos previos que requiere considerar la joven sociedad latinoamericana si pretende prosperar en libertad.

Ciertamente la economía de mercado y la protección de la propiedad privada, por usar una definición no marxista de capitalismo, tienen como sistema múltiples fallas, algunas de las cuales han llegado a ser modelizadas con tanta precisión por los economistas, que libros de texto muy básicos explican ya la mayor parte de este espectro de desventajas y las líneas de acción –normalmente desde el Estado- para intentar mejorarlas.

Sin embargo, el campo de la intervención estatal real sobre el mercado es tan amplio y diverso que rara vez encuentra sintonía con el ámbito científico descrito, mucho más modesto con respecto a sus alcances, por lo que también debería quedar claro que estas intervenciones suelen producir más perjuicios que beneficios a la sociedad. No siempre así a los políticos que las promueven, que muchas veces se mantienen durante años en su ejercicio y no pierden prestigio después de concretarse los daños de sus acciones y omisiones.

Recientemente recibieron la distinción del premio Nobel investigadores dedicados al estudio del mercado y sus mecanismos de interacción. Resulta cuando menos curioso, la importancia de este sistema para la sociedad humana y la facilidad con la que tendemos a obviar sus estrechos vínculos con el comportamiento humano del pasado, el presente y, previsiblemente, del futuro. El espacio del mercado en la sociedad humana debería ser tema obligatorio de ciencias sociales desde la escuela primaria, más allá de la formación forzada que recibimos en el seno familiar y en la calle (formación completa, con valores, teoría y ejercicios).

El mercado y las restricciones que sobre su funcionamiento general pretende el particular -- cada uno prefiere para si mismo el mayor y más competitivo de los mercados para servirse y el más concentrado de los monopolios para ofrecer o servir, -- tienen implicaciones para toda la sociedad que no lograremos aprovechar en sus máximas ventajas si no asumimos algunas de sus reglas básicas. No es raro que el mercado sea un sistema que requiera protección y promoción estatal, pues de otro modo tantos quieren verlo muerto que no sería extraño que llegasen a hacerle aún más daño del que ya le hacen y, con ello, afecten negativamente los intereses de toda la sociedad, especialmente de los más pobres.

Y es que sólo conociendo el mercado, se puede entender que no existe tal cosa llamada “ganancia justa”, ni “ganancia mínima”, por encima de la cual el empresario pueda ofrecer a su entorno, a sus trabajadores, proveedores, clientes, relacionados, comunidad en general, algún tipo de participación en dinero o especie por su esfuerzo productivo. Con ello, la esperanza de construir un sistema de interacción basada en la competitividad al mismo tiempo que se introduce la solidaridad, pareciera políticamente necesario, pero podría ser tremendamente contraproducente.

En la sociedad moderna capitalista, el esfuerzo de los agentes productivos básicos (empresarios y trabajadores) contribuye a financiar múltiples otras actividades productivas que no necesariamente están sometidos a idénticas presiones competitivas (aunque sería sano que las conociesen y experimentasen para su mejor desempeño). Citaremos, en principio, cinco áreas adicionales: a) la existencia del Estado, b) la actividad de organizaciones privadas sin fines de lucro dedicadas a la producción de bienes y servicios con algún tipo de subsidio incorporado, c) la existencia de organizaciones sin fines de lucro de carácter gremial, es decir, dedicadas a la promoción y defensa de intereses grupales o sectoriales afines, d) la actividad de organizaciones políticas de amplia base (partidos) y, por último, e) la actividad de grupos religiosos (me refiero al culto, no a sus funciones de apoyo social, incluidas en el segundo grupo, el de ONG´s). También podría haber múltiples figuras mixtas y/o intermedias entre las anteriores.

Así se financia, en principio, la existencia del Estado, en el cual se supone delega la sociedad funciones complejas que no son fáciles de ejercer por parte de los particulares o que, haciéndolo, corren riesgos de ser menos eficaces y productivas que las hechas a partir de esta figura (el Estado). La defensa nacional, la protección y seguridad interna (incluyendo la previsión y respuesta a desastres naturales), la administración de justicia, la promoción de mercados abiertos y competitivos, la administración y protección de bienes públicos puros o de gran interés público (paisajes naturales, aire, agua, patrimonio histórico cultural) y, eventualmente, la inversión en grandes infraestructuras físicas y humanas (investigación básica y aplicada, grandes obras para almacenamiento de agua, transporte y comunicaciones, saneamiento y suministro eléctrico, que en ocasiones suponen grandes dispersiones geográficas y temporales para sus procesos de aprovechamiento y amortización, lo que las aleja del perfil típico de recuperación de costos para cualquier negocio) suelen ser áreas típicas de desempeño estatal. La existencia misma del Estado como agente social activo frente a estos compromisos, prefigura su necesario financiamiento.

Aquí es ya muy solidario el capitalismo y sus frutos son sustentables en la medida que los agentes productivos vinculen los resultados de su inversión en eficacias y eficiencias sociales de largo plazo para sus propias vidas y proyectos productivos. Muchos países viven hoy en día una compleja discusión política porque han descubierto las dificultades para sustentar sus sistemas de provisión social estatal y sus mecanismos de financiamiento, a partir de premisas como el envejecimiento de sus poblaciones (es decir, la reducción de sus rendimientos productivos para financiar cada vez mayores costos no tan productivos).

Por eso la discusión fundamental contemporánea sigue siendo cómo es mi Estado, a qué se dedica, qué tan eficaz y eficiente es su labor, porque nada más fácil que gastar lo que otro produce. Allá donde los líderes políticos aprovechan el relajamiento social (sea cual sea su motivo, ignorancia, borrachera, ambas cosas) para alcanzar el poder y manejar lo público como si fuera propio, atacar la producción y la productividad, promover falsas estructuras de incentivos, trastocando reglas elementales de compensación productiva, suelen generar sistemas altamente ineficientes y regularmente provocadores de pobreza e inequidad acentuadas. Es el Estado equivocado.

Insistiendo, para no confundir, la función fundamental del esfuerzo productivo es que sea eficaz y eficiente, que estimule la innovación para mejor y más fácilmente resolver las necesidades de la gente. Si además, le pides compromisos de solidaridad pública financiando al Estado y a las ONG´s, deben ser cuidadosamente evaluados cuando superan el nivel básico de justificación, pero bien. Si además le pides, que su esfuerzo productivo se vea condicionado por la situación de su entorno, de tal modo que comprometa parte de sus ganancias en idear él mismo nuevas alternativas de solución política y social a estos problemas, estamos equivocando los papeles.

Y no es que un empresario o un trabajador no tengan por qué tener interés en estas cosas. Claro que lo tienen. Para eso debe ser atento y participativo con las propuestas políticas en su entorno, empezando por la parte que involucra su actividad (y así la importancia de las organizaciones gremiales y sindicales para la articulación política de las democracias modernas). Debe además dialogar y ser lo más activo posible en las redes sociales de su comunidad. Pero no debe olvidar que la clave de su aporte social es mantener su actividad en niveles de eficacia y eficiencia competitivos.

¿Y por qué tendría que haber contradicción con un aporte adicional al que ya se hace al Estado y a las ONG´s? Pues el motivo trascendente es que, en circunstancias competitivas deseables, la posibilidad de amplios compromisos de “capitalismo solidario” sacrifica espacios para la innovación, clave de la misma competitividad. Si el capitalismo solidario se refiere a producir en la base de la pirámide (para los que hoy son más pobres) porque tiene sentido mercadotécnico hacerlo, es rentable, eso es otra cosa. Eso es innovación. Si se trata de compromiso político filosófico para superar la inequidad, lo recomendable es contribuir con las ONG´s y partidos políticos que se especializan mejor para lograr ese cometido y, sugiero más bien, permanecer atentos al entorno no vaya a ser que de sus acciones (de las del Estado, ONG´s y partidos políticos) surja una limitación al propio ejercicio productivo que me saque del mercado (puede pasar, hay por ahí un dicho, “uno no sabe para quien trabaja”).

De allí a proyectar la idea de ganancia justa hay un gran trecho. Si, por ejemplo, el Estado utiliza un determinado parámetro para definir la carga tributaria y hacerla progresiva (a partir de tal tasa de ganancia, una tasa de impuesto y si la ganancia es mayor, mayor es la tasa impositiva) lo hace por razones prácticas y discrimina tasas de ganancias a partir de cualquier modelo (por ejemplo, uno que promedie la historia reciente), no porque considere que ganar 15% es más justo que ganar 150% o viceversa. De hecho, es contradictorio aplicar la justicia (como moral socializada e institucionalizada) al concepto de ganancia empresarial en mercados competitivos. Varias guías morales ya han incorporado (cuando menos hace siglos) la “justicia” de la realización empresarial cuando se gana en buena lid y no hay mayor garantía de ese saludable resultado que a través de un mercado competitivo. Otra cosa es saberlo proteger y promover con leyes.

Este sencillo mecanismo de intervención (el tipo impositivo aplicado a un determinado tipo de ganancia empresarial) tiene profundas implicaciones en la estructura de incentivos que “leen” los agentes del mercado, por lo que no siempre los propósitos de la teoría que hace surgir esta intervención política, generan los resultados esperados. Y este ejemplo es uno de los más “pacíficos” en cuanto a la evaluación de la intervención estatal, por ser reconocido que, ante la necesidad de financiar la actividad del “conserje nacional” es preferible hacerlo con esquemas basados en renta y con cargas progresivas. Algunos piensan que deben ser más bajas y aplicadas a menos conceptos, pero casi nadie duda de la necesidad de que el Estado se financie con el esfuerzo de la sociedad, en términos que castigando las rentas, no se incentive negativamente su producción y productividad.

Otros ejemplos, como el eventual rescate con fondos públicos de bancos que operaron en mercados altamente riesgosos y sufren grandiosas pérdidas, comprometiendo la salud general del sistema financiero y con él de toda la economía, encuentran espacios de discusión mucho más intensos. Hay quien tiene dudas sobre la posibilidad de incorporar garantías que hagan más leve las fluctuaciones derivadas de procesos como el que se acaba de producir con los préstamos hipotecarios de baja calidad. En opinión de algunos expertos el mercado “lee” estos anuncios y relaja en el mediano y largo plazo sus mecanismos de “ajuste automático”, dolorosos sin duda, pero imprescindibles para la salud del sistema. Sin embargo sigue estando abierta la discusión sobre el rol del Estado frente a las crisis financieras, por el profundo efecto pernicioso que llegan a tener sobre la economía real. Algunos piensan que los bancos grandes, por principio, deben ser estatales (el principio de que resulte más peligrosa su quiebra que su costo de rescate). El mercado más bonito, no es el mejor. La misma sangre que mana por la herida, lleva plaquetas para cerrarla, pero algunos siguen prefiriendo hospitalizar al paciente porque podría morir de la hemorragia.

El empresario capitalista no es “malo” o “bruto” por no dedicar mayores recursos a la compensación social. Si funciona el mercado, maximizar su ganancia es su única expectativa de continuar existiendo. Si el mercado está restringido, normalmente tiene algo que ver con la presencia (o ausencia intencionada) del Estado equivocado y, en este caso, las ganancias excesivas suelen aprovechar instituciones sociales débiles para promover el mercado necesario. Promover y proteger el mercado, debería ser mandato esencial y prioritario del Estado. Pocas políticas pueden ser tan beneficiosas para los menos favorecidos por la actual distribución de la riqueza.

En el mercado no restringido, sólo la innovación le permite “cazar” alguna oportunidad al empresario (ni siquiera se lo garantiza; puede innovar en una dirección equivocada en tiempo, espacio o concepto y fracasar) y ese es el principio generatriz de la acumulación de capital, es decir, de la acumulación de bienes disponibles para la producción de bienes. Los valores incrementales del capital se deben a la acumulación de innovación.

Es la innovación la protagonista de la acumulación y no tiene límites posibles. No si no le damos cabida al hombre nuevo. En el fondo el planteamiento del capitalismo solidario es socialcristianismo. Aquella concepción idealista de una sociedad de humanos que toman decisiones no egoístas o menos egoístas, que es igual, porque no hay más intermedio en estos procesos que los que logren incentivos sistémicos del mismo mercado, por ejemplo, el que permitió desarrollar consumidores que prefieran un bien con una relación costo calidad que ha incluido en el costo amortizaciones diversas de posibilidades futuras. Aquí en América Latina prácticamente no existen esos consumidores y por lo tanto la RSE no pasa de filantropía o, en el mejor de los casos, de un esquema defensivo con respecto a un entorno político institucional cada vez más agresivo. Estas opciones ideológicas tienen tanto espacio de interacción política como las religiones que las sustentan (es decir, mucho espacio) pero tanta posibilidad de generar caos, engaño y frustración, como cualquier otra iniciativa que desconozca el funcionamiento de un sistema social complejo y tan profundamente estructurado en la psiquis colectiva, como es el mercado.

El mercado no es el llamado a desentramparnos del caos moral contemporáneo, pero tampoco debería pagar nuevamente las consecuencias de las miles de impericias políticas que la sociedad humana se auto impone, en su propio aprendizaje social. Políticamente se requiere superar los estados nacionales para que nos posicionemos como sociedad planetaria y los problemas de nuestra casa (la pobreza, especialmente concentrada en algunos territorios, la explotación indiscriminada de recursos naturales no renovables, la administración irracional de los renovables) tengan un espectro de solución modelizable, es decir, racionalizable. Hoy en día el Estado nacional (en franco proceso de descomposición) y la ausencia de un Estado global fuerte para regular los abusos de posición dominante global de ciertos estados nacionales y los abusos contra su propia población de otros, son el principal problema de los pobres del planeta. El mercado y los estímulos a la iniciativa privada individual tienen fuerza suficiente para generar bienestar para todos, que nadie lo dude. El problema es que sólo funciona allá donde se puede construir políticamente un Estado más fuerte para entenderlo y protegerlo (al mercado) y para cumplir bien aquellas funciones que no abordan los particulares (indicadas anteriormente). Por ello, sólo la reforma del Estado nos acerca a los óptimos políticos deseables en el futuro y su conocimiento debería ser el principal producto de exportación de cualquier organismo de cooperación.

Mientras el caos nacional multiplique las posibilidades de políticas populistas, inventos de hombres nuevos por doquier; mientras este mismo caos facilite la interacción nacional de los oligopolios y carteles globales (como el de energía, el de transporte marítimo, el de tecnologías, especialmente las vinculadas con la guerra, por citar sólo algunos de los más dañinos); mientras este mismo caos propicie la persistencia de ideas xenofóbicas y prosperen los nacionalsocialismos, la humanidad continuará teniendo una perspectiva evolutiva limitada.

Lo que se requiere es valentía política para reformar continuamente el Estado, para que las instituciones (las reglas) sean más ágiles y para que se desmonten más eficazmente los privilegios. Por eso la pelea política es tan dura con algunas ingenuidades liberales que hablan del Estado mínimo, cuando la decisión social de controlar al Estado, regresarlo a su rol de servicio público, impedir su borrachera y demencia, son funciones inherentes a la más compleja organización social: y eso es el Estado, el máximo nivel de reglas de una sociedad organizada. Aquellas instituciones que felizmente logren controlar esos síntomas tan de actualidad, en el fondo están construyendo Estado. Sólo el Estado puede promover el mercado competitivo. Lo demás es privatización perversa y promoción de los más dañinos privilegios.

Sin duda el capitalismo de la revolución industrial fue mucho peor que el actual, cumpliendo su cometido de acumulación de capital para la sociedad, con un Estado incómodo para respaldarlo. La historia del capitalismo industrial es la historia de las luchas entre competidores con pretensiones monopólicas. Todo esto sucedía de manera más rápida y natural que el tiempo necesario para que el Estado se adaptase y comprendiese su capacidad para administrar bienestar colectivo defendiendo y promoviendo más competencia dentro de aquel capitalismo salvaje. El capitalismo salvaje no es el de la lucha por la máxima competencia. Es el de la lucha por la mínima. Sólo un Estado suficientemente fuerte para promover el mercado, nos ha venido liberando del yugo, más o menos ocasional, de los explotadores de privilegios.

Sólo con un Estado tan fuerte, que no requiera llenarse de joyas para saber quien es y por qué existe, habrá espacio para que cada ciudadano pueda prosperar con su libre iniciativa. Sólo sociedades que acumulan capital potencial en forma de múltiples sacrificios humanos (ahorro) logran después financiar sistemas de compensación y justicia más allá del mercado. Todas las sociedades de países desarrollados, escuchan y estudian con lupa las maneras de intervención “contramercado” porque saben que no es fácil lograr beneficios netos de estas intervenciones. Cada vez más la ciencia de lo público, incluyendo la alta gerencia, supone el acompañamiento del mercado, su aprovechamiento, la alianza con sus herramientas y enseñanzas.

El hombre nuevo se hace de historia, de microcambios acumulados. Sólo la sustentabilidad es un criterio universal. Lo bueno y lo malo es cultural, como la moral y por tanto, perecedero. Poco tendrá que ver el triunfo de una determinada moralidad, sea cual sea su origen y cosmovisión. Unas prosperan (seguramente adaptándose, modificando sus postulados al contacto con otros, como ha sido la práctica habitual en los valores occidentales) en un determinado espacio y tiempo, otras menos. La creación ideológica está más alcance de todos que nunca antes, porque sólo crean ideología los ciudadanos y la tendencia es a que lo seamos todos. Ojalá hubiese algo así como una exégesis teológica y filosófica global a partir de principios básicos como tolerancia, libertad y sustentabilidad (al menos es expresión de mi propia moral, claro está) o si ya existe, que cobre mayor vigor político.

Por ello, nosotros, ciudadanos del presente y del pasado, somos modernos y progresistas (algunos también, son además optimistas). No porque la modernidad sea un destino y el progreso un continuo depredar, más bien porque se requiere sanear la casa y acordarnos todos para promover, a muy largo plazo, la supervivencia; para poder soportar nuevamente etapas expansivas violentas, que demuestren lo que somos: una simple especie de primates que comienza a descubrir su no singularidad, que pretende comprender su espacio en el universo y, seguramente, por muy estúpido que pudiera resultar en algunas áreas extremas de su inteligencia imaginativa y como cabría perfectamente esperar de su condición primate, que pretende también de ese universo que comienza a conocer, la conquista y colonización.

No sólo se requiere superar la falacia del intercambio entre libertad y prosperidad por salud, educación y deporte (la mentira socialista reciente, reconocida su incapacidad para crear riqueza y su error histórico en anticipar la muerte del capitalismo). Se requiere proponer revisiones globales a la especialización del trabajo y las condiciones culturales de integración. Se requiere revisar las instituciones globales que facilitan los mecanismos de aprovechamiento de la innovación (para promover su cobertura geográfica, bien, pero también reducir su extensión temporal) y diseñan la llamada cooperación. Se requiere, en definitiva, actuar como sociedad planetaria.

Por favor, no respondamos al hombre nuevo socialista con el hombre nuevo capitalista, al hombre nuevo musulmán con el cristiano, al hombre nuevo malo con el hombre nuevo bueno. Hagamos el esfuerzo de idealizar menos al hombre, al menos en cuanto pretenda convertirse en propuesta de gobierno, de servicio para mayorías. Festejemos los retos políticos (cargados seguro de ideales) que promueven avances concretos en nuestro mutuo reconocimiento como temporales habitantes de la Tierra y representantes de una especie ecológicamente entrampada. Con el real y las expectativas ajenas, menos experimento.

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