miércoles, 1 de mayo de 2013

Dialogo necesario, gobierno y gobernabilidad.

Hace algunas semanas, durante una reunión en la que participaban varios oficialistas vinculados a una oficina de gobierno subnacional en Venezuela, uno de ellos me dijo "lo único que necesita este gobierno es copiar al gobierno nacional, hacer todo lo que hizo Chávez, imitar su modelo de gestión" y otro del grupo calificaba de neoliberal cualquier discurso vinculado con la eficiencia, incluyendo la idea de contratar consultoría (como la que ofrezco) para mejorar las organizaciones de servicio público, "más socialismo y menos eficiencia" llegó a decirme. También justificaban abiertamente que se prescindiera de los "elementos" que dentro del gobierno no estaban comprometidos con la Revolución, es decir, que fueran cesados en sus puestos como funcionarios públicos (en la reunión todos eran profesionales de diversas áreas, ninguno ajeno a las experiencias de gobierno). Ya no me invitaron a más reuniones.

Hace algunos meses estuve en otra reunión con unos amigos, todos o casi todos simpatizantes de oposición, en la que se trataba el asunto del chavismo como un simple ejercicio operativo y maquiavélico de los hermanos Castro, claramente volcados a tomar posesión de las fuentes de renta venezolana, con la connivencia de unos militares corruptos y genuflexos, más una plutocracia inepta para gobernar bajo el manto del amor al pueblo. Muchos en este grupo confiesan no tener amigos chavistas y justifican el asunto en la necesaria confluencia de intereses e interpretaciones que debe presentarse entre amigos. La noche fue agitada porque se criticó a un reconocido deportista (podría haber sido cantante, empresario, cura, cualquier cosa...) por su cercanía con el chavismo, justificándolo a partir de la "venta" de su moral para servir a los intereses del régimen. Yo intenté justificar que, de ser antichavista o, al menos de no ser chavista, hubiese sido reconocido por ellos en su dimensión deportiva, trascendente, nacionalista. No hubo acuerdo.

Comento acerca de estas reuniones para ejemplificar con sencillez dos visiones completamente contrapuestas de lo que pareciera ser una misma realidad y las dificultades de interacción dialógica a partir de ellas. En las capacidades de estas personas para interactuar unos con otros sin agredirse se podrían medir las condiciones de nuestro país para resolver sus problemas futuros sin graves dosis de violencia.

El chavismo se acostumbró a una forma de diálogo cuasi cerrado, cargado de autoreferencias, hilado a partir de un conjunto de lugares comunes "...patria, socialismo, revolución, bolívar, chávez, igualdad, pueblo, burguesía, oligarquía, amor, verdad, participación protagónica, comuna, golpe..." Por razones de coyuntura que quizá ya no vale la pena recordar, Chávez se negó a recibir información que no hubiese pasado por el lente revolucionario, que no hubiese sido pre digerida. El concepto de crítica inherente al materialismo dialéctico era pospuesto, más o menos permanentemente, por los supuestos típicos de la guerra. Al existir un enemigo, la verdad no resulta muy conveniente (y por eso, por los "enemigos" las experiencias de socialismo científico suelen terminar reprimiendo y excluyendo a una buena parte de la sociedad, a la que se considera traidora y apátrida).

Los herederos del chavismo, tras los éxitos del Líder (que ahora resulta más incuestionable que antes y referirse mal a su gobierno comienza a ser percibido más que como oposición política, como simple herejía) han venido construyendo un supuesto diálogo, porque el Estado es tan grande y complejo, que hay múltiples perspectivas aún dentro del esquema de "partido único", múltiples grupos e intereses que requieren muchas horas de reuniones, representaciones, intercambios, pregúntale tú que lo conoces bien, búscame a nosequien para que hable con nosecual, que ellos trabajaron juntos en nosedonde...Todo agilizado y filtrado por el sistema de símbolos coherente y unitario, con sus significantes -la lista de lugares comunes sin la que resulta casi imposible hablar con nadie de un tema de gobierno o de política - y significados no tan comunes, una relación más difícil de concretar a pesar de los esfuerzos de miles de intelectuales contratados o intrínsecamente motivados para construir las bases ideológicas del socialismo del siglo XXI, algo que pareciera seguir pendiente o, de haberse logrado, está aún sobrecargado de peligrosas contradicciones.

Del lado opositor, muchos se acostumbraron durante años a un diálogo que seguía las reglas heredadas del pacto de punto fijo, la articulación de intereses y la cercanía cultural a partir de valores como democracia, libertad, consensos, gestión pública, descentralización...Ciertamente parecieran estar mejor entrenados para la diversidad, pero solo los más viejos con la habilidad de enfrentarse a los acordes ideológicos del marxismo, que parecía haber sido desechado definitivamente a partir de la caída del Muro de Berlín (como corolario a la asimilación corporativista de los movimientos sindicales venezolanos y la "pacificación" de los movimientos guerrilleros).

Ahora, apurados por la muerte del Gran Líder (que imposibilitaba cualquier diálogo que no fuera "chavezcéntrico") los actores se ven impelidos a acordar asuntos básicos: la convivencia, el crimen no político, los suministros elementales de las mesas, las alacenas y las neveras de los hogares, las leyes que más impactan la cotidianidad...sin considerar los más espinosos, como de cuál carga ideológica lleva la educación en las escuelas básicas, cuál modelo de organización de las relaciones productivas y laborales o cuál modelo para el desenvolvimiento de la sociedad civil (cada vez más partidizado y mediatizado como articulación del Estado cívico-militar-revolucionario). Esta fuerza de articulación, con sus elementos centrípetos, vinculantes, cercanos a los aspectos menos etéreos de la realidad, se mezcla con las fuerzas centrífugas de explicaciones sin convergencia, de monólogo de verdad única, de vamos a querernos como hermanos de la misma patria, a pesar que tú eres una porquería, que muriera primero antes que ser como tú y lo que dices vale menos que nada para mí.

El gobierno pareciera haber salido debilitado de la pasada jornada electoral. No es solo un asunto de posibles fraudes y dificultades para elevar la credibilidad en los poderes públicos. Es, aún más allá, un asunto de interpretar la mayoría (a partir de ese 50,8%) como una patente de corso para la exclusión de la otra mitad, se sigue hablando "del pueblo chavista" como si fueran todos y de la patria socialista como reafirmación sin retorno, como si todo hubiese sido una clara demostración de que seguimos la senda de todos, que "pueblo" solo hay de un lado, quizá muy de vez en cuando se les pida a los otros que al menos no jodan, que no molesten, que dejen hacer, ejemplificando esa costumbre de escasa interacción entre polos, ya con más de una década de arraigo.

Si a esto se une que el gobierno, como función básica de la sociedad, expande su rango de actuación a TODO lo que se le ocurra, de un modo burocrático y simplista (si quiero cambiar una realidad, amenazo al que considero productor ineficaz en la situación actual y anuncio la creación de empresas, institutos, comisiones, servicios, fundaciones o incluso ministerios para producir lo que ahora me molesta por no estar bien producido, como yo creo y en los precios que yo creo que debe ser producido). Nadie del mismo gobierno pareciera cuestionar (al menos no de manera impactante) las posibilidades del Estado para producir soluciones eficientes en áreas más típicas de su desempeño (orden público, seguridad, justicia, servicios domiciliarios, limpieza, formación de oficio, empleo formal, moneda sin inflación...) como para abordar la producción eficiente de mercancías ajenas a estas funciones (automóviles, alimentos, llantas, teléfonos, maquinarias, servicios bancarios, seguros, servicios marítimos y aéreos de transporte, hostelería, restauración y un largo etcétera). Cualquier discurso de gestión es una larga lista de triunfos sobre los retos que, casi siempre, involucran el interés de los enemigos de acabar con sus logros. El gobierno, impulsado por el maná petrolera, alimentó al monstruo y lo hizo crecer, sin control alguno por parte de la sociedad, que ahora es protagónica, pero no crítica, es dueña del país (ahora Venezuela es de todos), pero no si se opone al gobierno y dueña pero no de medios para producir, que están más corporativizados que nunca, en la maraña de organizaciones estatales que hacen todo un poco más nuestro...El gobierno, rodeado de sus fuentes de autoreferencia, ajeno a cualquier interacción con lo adverso, llega a creerse sus propias mentiras (suponiendo que a veces, en medio de los rollos de gestión pública en Venezuela, antes, ahora y mañana, había, hay y seguirá habiendo mentiras).

Así, lo que para unos es el mejor gobierno que ha existido en la historia republicana (incluyendo sus antecedentes pre republicanos)el gobierno que refundó la patria, el único que realmente trajo la felicidad al pueblo, para otros es un ejemplo de populismo caudillesco rentístico y corrupto, dilapidador de casi tres lustros de altos precios petroleros, que no generaron renovación alguna en nuestras capacidades productivas para enfrentar un futuro sin petróleo, como ya se comienza a saber de manera más dramática pese a las acusaciones de guerra. Por ejemplo, hace años que se acusa al sabotaje interno como causa principal de un servicio eléctrico colapsado, con tarifas desfasadas, sin incentivos ni condiciones para desarrollar capacidad gerencial compleja, sin auténticos planes de inversión con vocación de mediano y largo plazo, algo que quizá pasa más inadvertido en PDVSA que vende un producto a precios internacionales marcadamente especulativos, pero que en las instalaciones eléctricas puede resultar un aspecto crítico. En última instancia, si fuese ese el motivo -el sabotaje- no pareciera que nadie explique en qué han terminado varios planes de intervención, incluyendo fuerza militar involucrada. A veces es difícil jugar a que no existe memoria de gestión pública. Con un nivel mínimo de autocrítica, de uso de indicadores para evaluar y explicar situaciones problema, la calidad del gobierno aumentaría, aunque quizá se revelarían menos viables algunas inconsistencias discursivas.

Y llegamos al tema de la gobernabilidad. Tratándose de un juego de poderes limitados y relativizados por el poder de otros, unos y otros mueven sus cartas, pero aún como si fuesen partidas diferentes. El gobierno no tiene la menor idea de lo que es diálogo complejo. Ya es suficientemente complicado administrar el monstruo, con sus mil cabezas poseídas aquí y allá, con los grupos y corrientes de poder luchando en el caldo caliente del postchavismo, con discursos que aparentan aglutinar con facilidad a unos y otros, pero que se fisuran y tiemblan en los procesos de asignación de cuotas de poder y en las faenas presupuestarias y financieras con las que suele cachetearnos la realidad.

La oposición, que evolucionó desde "retirarse de los procesos electorales porque eran abusivos" a "no nos sacarán jamás del parlamento" y "seguiremos la lucha" también vive dudas importantes sobre la articulación y el diálogo. Muchos lo consideran una traición, por considerar ilegítimo al régimen. Otros negocian posiciones a partir de los espacios de poder que anticipan del porvenir. Algunos ven la llegada del cambio como una oportunidad para hacer los mismos negocios que ahora están haciendo frente a su cara los amigos "rojos".

Mientras tanto, un gran grupo de ciudadanos de ambos bandos, muchos desciudadanizados desde hace décadas, intenta ver cómo se va a resolver en el país lo que a veces no se ha terminado de resolver en la casa, en la escuela o en la oficina, el pleito con mis hermanos, mis vecinos, mis colegas "diferentes".

¿Qué tanto vale la guerra como amenaza? Conozco a más de uno que hace lecturas políticas que incluyen la guerra y anticipan incluso cifras vinculadas al conflicto. Conozco a quienes piensan que los estamentos del poder (ejemplificado por cadenas) nunca podrán ser disueltos sin un enfrentamiento violento. A los que cada vez valoramos más la forma que el fondo, la simple idea de no caernos a golpes más que lo discutido es lo que nos motiva a limitar esta sordera, la deriva de las autoreferencias. Sin ser neutrales. Ese es el reto. Poder hablar y decirnos las cosas que no nos gusta escuchar sin necesidad de enemistarnos.

Confieso que solo comencé a pensar así, luego que tuve hijos. Otros, más avanzados que yo, tienen quizá más cultura familiar del diálogo tolerante y la no violencia. Ojalá haya muchos de lado y lado.