Los venezolanos, como sociedad, como nación, tenemos múltiples problemas. Ello no nos impide sentirnos felices. Solemos tener una visión de la vida relajada y algo inmadura, lo que condiciona un comportamiento general que suele derivar en adicciones y violencia.
Los problemas de Venezuela no escapan a las complejas interacciones del mundo hoy en día. Disfunciones sociales comparten espacios con múltiples oportunidades y recursos. La innovación y la inteligencia se abre camino en un planeta donde conviven globalización con restricciones en el aprovechamiento de las nuevas tecnológías y con pobreza y guerra.
Pero los venezolanos tenemos un problema adicional, de carácter muy especial. La mayoría de los ciudadanos del mundo tienen algún tipo de problema con el Estado, es decir, con el conjunto de instituciones que garantizan la seguridad y cohesión nacional, al tiempo que promueve un sistema de administración de justicia y el monopolio de la violencia para defender un conjunto de derechos por parte de los ciudadanos. La función estatal no es inherente al carácter gregario del hombre, pero si a los mayores avances socio políticos de su desarrollo.
El Estado nace y se desarrolla para servir a la ciudadanía. Su servicio se enriquece con aquellas funciones que, normalmente, a los privados no les resulta atractivo ofrecer y que, a través del conocimiento y la articulación social de dicho conocimiento, se han identificado como necesarias para el presente o para el futuro.
El Estado es, entonces, un servidor de los ciudadanos. Las sociedades siguen siendo la base de sustento de la vida humana sobre la Tierra y algunos grupos y territorios se han dotado, en función de su propio devenir histórico institucional, de Estados débiles, laxos, manipulables o esquizofrénicos. La peor de las situaciones es aquella en la que un grupo de ciudadanos, aprovechando alguna de las debilidades del sistema, toma las riendas del Estado y logra avanzar en caminos distorsionados con respecto a los principios y valores básicos de paz, convivencia y desarrollo que cabría esperar de cualquier sociedad. Utilizan la fuerza del Estado para avanzar en planes personalistas o poco consensuados y manipulan el entorno para que el resto de la sociedad no pueda organizarse para sacarles del poder. Sin embargo, la historia es más dinámica de lo que suele parecer y cada vez resulta más complicado sostener este tipo de situaciones a lo largo del tiempo.
El Estado venezolano nació con malos referentes estructuradores y se ha convertido en un monstruo. No nació monstruo, se fue convirtiendo en lo que hoy es, así como los niños malcriados que compensan su inseguridad y baja autoestima con violencia y caos. El monstruo venezolano es un sistema de interacciones sociales, políticas y culturales que tiene estrechos lazos de conexión con la sociedad que lo sustenta, por lo que no es válido tomar las riendas y aplicar cirugía agresiva. No es un cáncer lo que tiene, es algo así como un virus. Lleno de pesados tentáculos, tiene fibras nerviosas, cartílagos, vasos sanguíneos y redes neuronales mezcladas y entrelazadas con los ciudadanos.
El Estado venezolano olvidó las condiciones esenciales de servicio al ciudadano. Crea ficciones y las alimenta, porque hace muchos años, quizá antes de su mismo nacimiento, la sociedad cometió el error de ceder al Estado la administración directa de un importantísimo patrimonio que, desde entonces, funciona como droga para el Estado y, exhalada como un vaho pernicioso y debilitante, para toda la sociedad.
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