Algunos liberales consideran que el Estado invade a la sociedad en Venezuela, limitando sus potencialidades, complicando sus iniciativas. Aunque resulte obvio, tal vez cabría disentir sobre el enfoque del problema. Porque la intervención malsana, equivocada, manirrota del Estado venezolano en múltiples asuntos, sólo nos puede confundir con respecto al verdadero problema al que nos enfrentamos. El mayor problema que ha venido consolidándose en el país es la desaparición gradual del Estado, al menos de un Estado razonable, medianamente enfocado en ofrecer algunos bienes y servicios fundamentales a los venezolanos.
La deriva radical, en clave bélica y comunista, sólo esconde la debilidad del régimen chavista para gobernar, para resolver problemas, para producir una burocracia mínimamente eficaz. Ya ni siquiera cabe esperar su mejora, porque el tratamiento que ha decidido el Mago de Sabaneta es desestructurar aún más lo poco que queda de la institucionalidad republicana, bajo el acomodaticio argumento revolucionario, para enfrentar su declive con alguna ventaja de campo.
Para otras repúblicas en este y en otros países, quedará esta historia como base confirmadora de un viejo aprendizaje humano. Los problemas colectivos, los que requieren voluntades, técnicas y recursos, demandan consensos y, al día de hoy, el mayor reflejo de consensos es el mismo Estado Nación. Poco fresco, anticuado, cuestionado, para algunos moribundo, pero extrañado, especialmente por los más débiles, allá donde los autoritarismos huyen de la realidad para alimentar los egos.
El reto para mantener vivo a un país como Venezuela pasará por grandísimos esfuerzos de reforma institucional para que recupere su capacidad de cohesionar una sociedad en torno a un territorio y un futuro. De momento, no hay modo de establecer control de daños.
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