martes, 11 de enero de 2011

Ahhh, es la infraestructura!

Los gobiernos aprenden. Carlos Matus, en "Adios Señor Presidente" refleja muy bien la situación emocional de un gobernante que, en su último día de gobierno, repasa los motivos de su fracaso, en contraste evidente con las ilusiones de su asunción.

El gobierno es una tarea compleja (en el sentido más reciente de esta palabra, vinculada a un relativismo difícilmente constructivista) que mezcla factores técnicos y políticos vinculados con gran variedad de hechos, sujetos a múltiples interpretaciones, exigiendo acciones rápidas y contundentes para avanzar y explicar continuamente las situaciones que enfrenta.

Cualquier gobernante está casi irremediablemente condenado a la pérdida de reconocimiento y afecto por parte de su ciudadanía (aunque experiencias como la del Brasil de Lula nos hablen en sentido contrario) en la medida que no logra alcanzar la satisfacción de muchos actores con diversos intereses, no siempre de fácil conciliación. Ahí surge la magia de la política, arte ciencia que construye mezclas de acción y explicación para mejorar la gobernabilidad de un sistema social.

Si el gobernante no quiere gobernar y pretende el afecto social a partir de discursos y acciones gravemente mediatizadas por ideas profundamente lineales y sesgadas, pareciera que su depresión y condena debería anticiparse (a pesar que experiencias como la de Chávez y Venezuela nos digan lo contrario). El hombre vive de esas explicaciones y la política se reivindica frente a la economía al permitir a un gobierno liderar el proceso fuertemente destructivo con el mérito de la mayor parte de la población.

Hoy el régimen venezolano, luego de una crisis humanitaria que probablemente tiene repercusiones vinculadas con el déficit de atención estatal a muchas poblaciones y servicios urbanos, reacciona declarando una más de las misiones que colman ya el pequeño imaginario colectivo venezolano. La vivienda, hasta pintada de rojo y sin propiedad clara para sus ocupantes es una ilusión que se arraiga en los desprotegidos, grupo mayoritario o cercano a la mayoría en Venezuela. Pocos se preguntan cómo 11 años y 700 mil millones de dólares después, un gobierno que se precie de serlo, un cooperador financiero internacional positivo neto (con fondos dirigidos regularmente al gasto corriente o de inversión de sus socios políticos), puede abordar tan enérgicamente, sin autocrítica alguna, la necesidad de construir viviendas (por no entrar en otros temas, como vialidad, soporte a la producción, energía eléctrica, puertos, etcétera, destino incomparable con la prioridad de expropiar bancos, hoteles, supermercados o medios de comunicación).

Qué extraña y lenta la experimentación de este seudo gobierno. Sin duda la lucha contra el capitalismo del mundo le ocupa con mayor interés y energía. No habrá reducción de la inseguridad en Venezuela mientras viva en capitalismo, dice su líder. Mientras nos comen los problemas y el caos se apropia de nuestras ciudades. Mientras, el 50% ¿40, 60, no da igual? de los aún no descreídos, elevan alabanzas, reproducen esperanzas y posponen el final.

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