Aún no entiendo algunas cosas que siguen pasando en la política de nuestro país. La oposición, duramente golpeada, no se hace a la idea de un tipo de batallas políticas con nuevas reglas, diferentes a las que, creía, imperaban antes de sus últimos combates (todos sellados con derrotas, por KO o por puntos). Desde hace ya bastante tiempo, las reglas se hacen a gusto de uno de los combatientes, los jueces son de él y cada vez está más restringido el acceso a la prensa y al público. Muchos ya no creen que habrá combate alguno.
Sin embargo, algunos líderes de oposición, comieron sus hallacas, tomaron escocés 18 años, nadaron en la playa o tal vez esquiaron, fueron de tiendas y regresaron con nuevos bríos a decirnos que quieren ser la “alternativa”. Como en los toros, pero sin agarrar el capote y saltar frente a la bestia. No entienden que hay nuevas reglas. Que cuando nos fueron cambiando las reglas, no se rasgaron las vestiduras, reaccionaron como si lo que estuviesen cambiando fueran las pancartas de anuncios publicitarios, como si el queso quedase dentro de la tostada. Mejor seguir haciendo política de cafés, de reuniones palaciegas, de quintas punto fijo y punto cruz. Pero aquí no se salva ni Mandrake. Aquí nuestros líderes (de oposición) debían estar presos por un régimen que reconocen como oprobioso, pero que les gustaría seguir enfrentando sin arriesgar el pellejo. Que extraña es la política.
Lo cierto es que la Venezuela de oposición tiene presos políticos, tiene exiliados y, sobre todo, tiene dolores y dolientes. Para que encontremos una salida diferente, deben activarse propuestas políticas diferentes, cierto, pero también debe mejorarse la capacidad del liderazgo de conectarse con la gente. No hace falta ser mesiánico. Apenas es suficiente ser más sensible, interpretar las vibraciones emocionales de una buena parte del pueblo que está agotado, triste y receloso. Hay que hacerlo sin atacar a la otra parte, pero ávido de convencerla sobre su error, de envergadura histórica mayúscula. Estamos siendo engañados por todos lados. Antes de nombrar la Patria, antes de ofrecernos como alternativa, revisemos nuestra fé y nuestro compromiso en nuestra propuesta. Revisemos el alcance (personal y familiar) del sacrificio posible. Sólo así comenzaremos a tener de nuevo política de oposición en Venezuela.
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