Después de las mil vueltas ideológicas que llevaron al Líder de la Revolución a afirmar que el modelo elegido era el “Socialismo Petrolero”, observamos que buena parte de los cambios propuestos están orientados a la construcción de una sociedad más integrada al estado, con la presencia dicotómica de instituciones que centralizan poder y coexisten con instituciones para descentralizar el poder ¿el mismo? a través de la creación de comunas, cooperativas, asambleas y consejos diversos, todas figuras abiertamente cercanas a los planteamientos del socialismo de asambleas/consejos (soviets) creado a partir de la revolución rusa de 1905 y 1917.
La Unión Soviética, a través de sus cuatro constituciones (incluyendo la de 1918 cuando aún no había nacido como Unión Soviética) formuló los nuevos estamentos de la sociedad socialista en oposición al capitalismo y la democracia representativa burguesa. Desde entonces, el resto de los países que han abordado un proyecto socialista, incluyendo Cuba y ahora parece que Venezuela, no han hecho más que imitar los alcances y organización institucional de aquellas constituciones de Lenin (2), Stalin y Brezhnev.
En un planeta que transita un proceso de desdibujamiento ideológico y globalización, parte del meollo de construir un nuevo régimen socialista pasa por comprender los alcances y limitaciones del socialismo marxista como cuerpo teórico-ideológico y, lo que resulta quizá más trascendente, comprender las limitaciones derivadas de los intentos de aplicación conocidos, todos con duraciones y resultados que dejan poco espacio a la ingenuidad.
Por ejemplo, prontamente descubrió la República Socialista Federativa Rusa las limitaciones que surgían al intentar producir eficazmente bienes y servicios una vez eliminadas las estructuras e incentivos típicos del mercado. No había productividad y el sistema caminaba al caos. Ello provocó una respuesta teórica: Lenín, manteniendo su oposición a la competencia capitalista, escribió sobre la “emulación” socialista, procurando estimular producción y productividad a lo largo de la unión y algunas propuestas prácticas, entre las que destaca el stajanovismo, surgido como una forma voluntaria de incrementar la producción para crecimiento y gloria de la Revolución Socialista.
Finalmente quedó claro que lo único que creció abruptamente fue la incorporación de mano de obra y las horas que debían trabajar en las fábricas los nuevos obreros soviéticos, con terribles dificultades administrativas para mantener los esquemas de remuneración en medio de graves diferenciales de efectividad y esfuerzo, así como urgentes necesidades de innovación y productividad.
Los reconocimientos públicos, las medallas al mérito y algunas prebendas de consumo, como acceder a un nuevo juego de dormitorio o un vehículo sin necesidad de largas y tortuosas listas de espera, no eran suficientes para lubricar el sistema. Sin embargo, ello no impidió que la tarea fuera ampliamente desarrollada por Stalin y condujo al espejismo, que duraría casi 60 años, sobre la capacidad del socialismo para hacer crecer y prosperar a una sociedad, en buena medida, a través de un férreo control de la información que se divulgaba dentro y fuera de la sociedad soviética.
El Líder de la Revolución Bolivariana argumenta que las “fallas” de aquel sistema llevan a justificar que no se anule la propiedad privada sobre algunos medios de producción. Sus presupuestos ideológicos mantienen la convicción –compartida, en mi opinión, por una gran mayoría de nuestros compatriotas que, como el Líder, hemos nacido y crecido a la vera de un estado rentista -- de que la producción capitalista es como un feroz animal, terriblemente adaptativo y al acecho de cualquier oportunidad para explotar al hombre, sea cual sea su ambiente. Sólo algunas de las ventajas que generan la actividad micro empresarial y el espíritu de lucro, llevan a que, incluso un sistema socialista “del siglo XXI” deba permitir su existencia bajo todo un andamiaje de protecciones para “enjaular” al lobo y que actúe sólo dentro de un zoológico socialista, muy bien cercado y vigilado.
Resulta curioso como se intenta sortear, vanamente, las innumerables contradicciones que se generan con esta iniciativa. Se habla de nuevas formas de propiedad y producción, pero al mismo tiempo se pretende que los obreros tengan tales y cuales derechos adicionales, todos típicos de relaciones francamente capitalistas. ¿Tendrán que cumplir la legislación laboral las nuevas formas sociales de producción? Cualquier legislación laboral del mundo es, básicamente, una legislación profundamente capitalista, construida a lo largo de innumerables luchas obreras a lo largo y ancho de los países más profundamente capitalistas del planeta. En la Inglaterra de finales del XIX la jornada laboral era de 16 horas diarias y trabajaban con ella (y a veces morían) niños, ancianos y adultos enfermos en las fábricas.
Rusia no inventó ninguna institución laboral que no fuera previamente concebida por la interacción patrono sindical del capitalismo. En la legislación laboral de Venezuela, capitalistas son sus instituciones: salario, sobre tiempo, bonificaciones, vacaciones, seguros, permisos, contratos colectivos, etcétera. También capitalistas son sus actores y organizaciones: obreros, sindicatos, federaciones, patronos, comités, etc.
Capitalista es también la renta petrolera venezolana, aunque como renta, su origen y funcionamiento es más típicamente mercantilista que capitalista, originada en un mercado abierto que debería conducir a precios justos, pero que, entre otras distorsiones violatorias de los derechos de cualquier consumidor, incorpora la pretensión oligopolista de un grupo de productores que acuerdan precios y niveles de producción, figura conocida en economía como cartel o cártel. Hugo Chávez es uno de los líderes del cártel legal más importante del planeta, que contribuye a mantener los precios de la energía en el mundo tan altos, que superan entre un 500% y un 4.000% los costos de producción, afectando de manera terriblemente negativa a los más pobres y beneficiando agresivamente a un exclusivo grupo de compañías e intereses petroleros.
Las distancias ideológicas pueden ser tan grandes como los afanes por imponer sueños personales. Por eso las sociedades más desarrolladas del planeta suelen avanzar hacia regímenes donde se alterna el uso del poder, más reflexivos y menos autocráticos, con grupos políticos dominantes de carácter moderado, centro izquierda y centro derecha, si se quiere, aunque ya izquierda y derecha sirven de poco para expresar las interacciones y preferencias de la ciudadanía.
El tránsito ideológico de Venezuela (personalmente creo que el tránsito ideológico de una persona, aunque sea el Líder, es irrelevante para el país como un todo, además de poco probable) no sólo exige entender las ventajas del mercado y el esfuerzo productivo para la salud de cualquier sociedad. Exige, mucho más allá, comprender que debe ser mandato fundamental del Estado promover el mercado y protegerlo de los arrebatos mercantilistas y monopolistas de cualquier particular o gobierno.
Un Estado realmente fuerte es aquél que tiene la capacidad de ofrecerle seguridad y libertad a sus ciudadanos, promoviendo sus iniciativas y procurando la consolidación gradual de la máxima cantidad de derechos y libertades posibles para todos, aunque para la aplicación práctica y verdadera de estos derechos, se requiere previamente la acumulación de excedentes --que sería preferible deriven de sus propios esfuerzos, sino tendrán tendencia al despilfarro-- que permitan costearlos, incluyendo el costo de sostener al mismo Estado.
Venezuela, lamentablemente, nunca ha logrado desarrollar con la suficiente intensidad el capitalismo. El estado mercantilista y clientelar montado a partir del surgimiento de la renta petrolera, impidió tal cosa. Para colmo, el neoliberalismo pareció confundir más a todo el mundo sobre las alternativas a aquel Estado enfermo. Hoy seguimos confundidos a partir de propuestas anquilosadas y protectoras de elites políticas y económicas que expolian el patrimonio colectivo y el esfuerzo de los pocos agentes productivos que aún tiene el país: empresas y trabajadores.
Cualquier organización política seria de nuestro país, ya sea liberal, conservadora, ecologista, de derecha y de izquierda, que ya poco tiene que ver la izquierda del mundo con comunismo, al igual que la derecha poco tiene que ver con fascismo, debería dedicar el mayor esfuerzo posible a promover este tránsito ideológico entre sus propios líderes y a la generación de multiplicadores que contribuyan a que nuestros hermanos superen los estigmas rentistas que nos llevan a admirar las propuestas antimodernas, caudillistas, populistas y de afán totalitario.
En Venezuela convive el caos de la delincuencia y el pillaje oficial, con millones de ciudadanos honrados, laboriosos y optimistas, que pueden y deben servir de base para la construcción de una sociedad próspera y moderna, pero que pueden también servir de campo fértil para abonar ideas anti modernas que nos sumerjan aún más en el subdesarrollo.
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