Teodoro Petkoff estuvo hace algunas semanas en Maracaibo, inaugurando el ciclo de Foros Democracia Siglo XXI, organizado por diversos actores públicos y privados de la región. Subió al estrado y comenzó aclarando el uso de un bastón, que lo acompaña desde hace algunos meses tras su cambio de rodilla “tengo una rodilla cero kilómetros…” nos dijo. Su edad, su bastón y su amplia experiencia acumulada contrastan con el tono vital de su voz, de ribetes pretorianos.
Con la energía de esa voz nos paseó a los oyentes por el panorama de la izquierda latinoamericana y su argumentó desembocó en la diferencia de la gran parte de estos movimientos, hoy en el poder o próximo a acceder a él en casi toda la geografía continental y caribeña, con respecto a los regímenes cubano y venezolano, la otra izquierda, la involutiva, la equivocada. El contraste principal fue establecido en la vocación democrática de los primeros y marcado talante represivo, militarista y antimoderno de los segundos.
Muchos pueden o no estar de acuerdo con esta clasificación. Sin embargo, no deja de resultar triste, desde mi humilde posición, que una persona tan inteligente, graduado con honores como economista, con amplia experiencia y experticia en el análisis político, no haya estirado el ámbito de su mirada más allá de la izquierda. Porque el nivel de los errores cometidos, el vacío de propuestas, las desestabilizaciones económicas vinculadas a ejercicios socialistas y populistas, merecen una autocrítica algo más profunda por parte de aquellos que se auto postulan de izquierda.
Teodoro pareciera partir de la premisa que la izquierda es buena y hay una izquierda ciertamente “fiel a sus principios” y otra desviada…Yo fui formado en un hogar con profundas convicciones de izquierda y seguro estoy que mi Viejo morirá creyendo en ellas, pero escuchando a Teodoro me pregunto ¿Por qué es buena la izquierda? Si sus principios tienen como centro ideas socialistas, entonces ¿Todos los liberales somos de derecha? Si postulo las ventajas del individualismo como base central de la construcción social, las bondades del mercado y un Estado que promueva la protección de los derechos individuales, sin vínculos con la iglesia, contribuyendo a la modernización, el conocimiento, la conversión agresiva de las masas desposeídas en nuevos emprendedores ¿soy de derechas?
Si promuevo una sociedad que domine al Estado y no a la inversa, una sociedad en la que la que no sólo las empresas, sin también los servicios de educación y de medicina ambulatoria sean provistos por privados y los más necesitados accedan libremente a estos servicios con subsidios sobre la demanda, no sobre la oferta; una sociedad donde el acceso a la riqueza no se mida por el color de mi cachucha ni mi éxito dependa de discursos de amor para los pobres, entonces ¿soy de derechas?
Es mi opinión que la diferencia de izquierda y derecha es cada día más anacrónica y antimoderna. ¿Es Tony Blair y el Partido Laboralista británico de izquierdas? ¿Y los demócratas norteamericanos? ¿Qué es la izquierda? Las diferencias de programa económico de PP y PSOE en las pasadas elecciones en España eran mínimas, centradas en el financiamiento y cobertura de la seguridad social. Las discusiones se centraban en la participación en la guerra del Golfo, el derecho de los homosexuales al matrimonio y la adopción, la reforma constitucional para reformar el régimen de nacionalidades en España y otros temas que poco o nada tienen que ver con reglas sistémicas entre capitalismo y socialismo.
Me defino como liberal y progresista. Neoliberalismo y monetarismo son desviaciones tan execrables como el populismo y el socialismo. Igualdad y justicia son contradictorias, per sé. En estos días estaba dando clases en un diplomado y un amigo, de tradición ideológica socialcristiana, me dijo que ser progresista denota mala cosa, se vinculaba con la izquierda. Me hizo algo de gracia. Tras la experiencia chavista, costará en Venezuela hablar de progreso sin ser mal visto, costará hablar de redistribución más justa de la riqueza sin ser tachado de castrista. Yo creo en el progreso como mandato de la modernidad. Creo en la tolerancia y en la amplitud, incluso para ofrecer la idea del progreso a los que no la desean, a los que creen que nacemos con estructuras sociales que no deben ser modificadas o a los que piensan que su cosmogonía debe ser impuesta.
No estoy tocando otros temas que son de vital importancia para la redefinición ideológica del continente americano. Temas como la raigambre cultural de las propuestas ideológicas en América Latina y el Caribe, porque se requieren grandes dosis de liderazgo para impulsar los futuros deseables y la modernidad no es aquí bien vista, sufrimos de resistencia popular a la modernidad. Habrá que discutir hasta donde las propuestas deben ser tamizadas por la viabilidad que permita nuestra cultura.
Me gustaría escuchar a Teodoro hablando de las opciones políticas para América Latina más allá de su tradicional izquierda. Si aún se pretende vivir ideológicamente de la oposición a las dictaduras radicales, del nacionalismo, el anti imperialismo y otros argumentos semejantes, no hay diferencias entre ambas izquierdas. Si hay algo más ¿qué es? En su libro no lo dice ¿Qué será? ¿La suma de las partes? ¿Licuadora de Lula con Tabare y gotas de Lagos? ¿Cuál es el planteamiento ideológico de la moderna izquierda latinoamericana? ¿Seguirá la izquierda haciendo ideología reivindicativa a partir de conceptos como explotación, igualdad o justicia? ¿Será que alguien nombra la justicia pensando lo mismo que el que le escucha? ¿Será que es coherente pensar que la igualdad resulta deseable y justa? El abismo ideológico de la izquierda latinoamericana continúa siendo su mayor reto.
Sólo abriendo con amplitud el abanico de opciones y discusiones, podremos comenzar a transitar cambios relevantes en el panorama latinoamericano, que proyecten a la región como un espacio conjunto con voz y voto en el escenario mundial, contribuyendo de manera trascendente a la sustentabilidad del desarrollo en el planeta.
En Venezuela, además, tenemos el problema de nuestro monstruo. Nuestro monstruo no es Chávez. Él es apenas su último espadachín, su último instrumento de opresión y miseria. Le dimos la riqueza al Estado y hace tiempo que se divorció de la sociedad. Si un líder en Venezuela quiere gobernar debe, entre otras cosas, pararse frente al monstruo y decirle las palabras mágicas: - ¡Quiero hacer justicia! y ¿Cómo? Responderá el monstruo. ¡Redistribuyendo!, habrá que decirle. ¡Dándole al que no tiene lo que se merece, que es todo, por ser pobre y venezolano!. Y el monstruo responderá Adelante. Pero si lo que dices es ¡Vengo a cambiarte, a sacar tus succionadores de nuestras venas, a quitarte el poder que tienes para regresarte a tu función de apoyo! El monstruo te mirará con ironía y tal vez llegue a pensar dejarte subir a su grupa sólo por demostrarte que ese plan es inviable, pero no lo hará, porque es un riesgo innecesario habiendo tanto líder empeñado en cabalgarlo para potenciar su reinado.
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