No creo que valga la pena entrar en la discusión sobre el asunto de las reservas excedentarias y sobre si éstas violan o no principios elementales de la llamada “ortodoxia económica”. Menos aún quiero evaluar si dicha ortodoxia realmente existe, si debe o no ser defendida por aquellos que han asistido a cursos superiores de economía ni tampoco si dicha defensa represente un posicionamiento ideológico determinado (por ejemplo “ultraconservador” como he llegado a escuchar).
Lo cierto es que empezamos a conocer el supuesto uso que se le daría a estos supuestos excedentes. La idea central se ha venido concretando en proyectos de reformas legales que facilitarían el acceso al ejecutivo a ingresos directos en divisas, antes de su transformación en moneda nacional. Con dicha disponibilidad (no contemplada en ley de presupuesto) el gobierno adquiriría equipos para Barrio Adentro, maquinarias para la reactivación industrial y disminuiría el saldo de la deuda del Estado.
No queda completamente claro qué tipo de control se ejercería sobre dichos recursos o cuál sería el organismo del Estado que definiría el origen preciso de dichos ingresos (de algún modo, la contabilidad del BCV unida a la del SENIAT obligaban a “cuadrar” las cuentas públicas en Venezuela frente a los ojos de cualquier analista). Al MPD se le asignaría la función de proponer los proyectos que habrían de servir de ejecución para los fondos y no sabemos si tarde o temprano se consolidarían dichos proyectos en el presupuesto ni con cual metodología, puesto que no se trata de un fondo presupuestario, no al menos hasta tanto no haya proyectos programados en ejecución por US $ 5 mil millones, aprobados por MPD. Se trata de un fondo financiero, algo así como una caja chica de US $ 5 mil millones o más, residente en el BCV pero fuera de sus cuentas. No cabe duda que el instrumento legal que el MPD utilice para ejecutar los fondos se constituiría en un presupuesto paralelo. No sabemos si bajo el rigor de la legislación actual sobre presupuestos del Estado. Ya veremos.
Prefiero tocar el tópico del “por qué” este gobierno se empeña en abrir una nueva vía para la disposición de recursos que cabrían ser utilizados bajo los esquemas convencionales de las leyes de presupuesto. Uno de los argumentos esgrimidos hace referencia a la rigidez del gasto fiscal venezolano, a las dificultades del gobierno para “lograr” los objetivos esperados a través de la estructura burocrática tradicional. Mediante el artificio de utilizar estos ingresos antes de su ingreso a los sistemas tradicionales de ejecución y gasto, pareciera resolverse este dilema. El segundo argumento hace referencia a las enormes necesidades de inversión que tiene el país para lograr la senda del crecimiento económico sostenido y pareciera que ahora, con la inversión derivada del uso de estas reservas, el impulso estaría garantizado.
Esto no deja de reflejar con claridad las terribles contradicciones teórico prácticas de este régimen. Hace creer al común de nacionales e internacionales que en Venezuela se desarrolla una transformación radical y humanista, que se rompen paradigmas en beneficio de las mayorías y que no hay institución del viejo régimen lo suficientemente sólida para resistir el nuevo embate revolucionario. Por otro lado, sometemos a extremas presiones los conceptos más elementales de una buena administración de hacienda pública y las teorías más modernas y progresistas sobre elementos propiciadores del crecimiento de largo plazo, todo por la incapacidad para abordar las reformas que flexibilicen el gasto, haciendo más eficaz y eficiente el aparato público venezolano y por la incapacidad para construir dinámicas verdaderamente “sistémicas” para el crecimiento económico, que se basen en la confianza y el espíritu emprendedor y no en la centralización y el estatismo.
¡Cómo queda atrás el sueño de un aparato estatal verdaderamente al servicio de la ciudadanía en Venezuela! Es mi teoría que al gobierno de Chávez, al igual que a los últimos cuatro gobiernos que le precedieron y, seguro, a los tres o cuatro que le sucedan, hay que evaluarlo simplemente por su capacidad para que el Estado venezolano esté verdaderamente al servicio del país y no al contrario. Juraría que es el principal dolor de cabeza de Chávez y no es extraño que así sea. Una buena parte de sus promesas se vinculaban con nociones elementales, profundamente ansiadas por los venezolanos, de eficacia (logro), eficiencia (frugalidad ejemplar) y transparencia (anticorrupción) de un estado que era sistemáticamente aprovechado y, en múltiples ocasiones, saqueado por los gobiernos de turno.
Durante años, al igual que ahora, los venezolanos llegamos a suponer que el cambio necesario vendría con la sustitución del comandante de la nave. Un nuevo piloto, que no dejara robar a destajo, sería la fuente de la riqueza que rozamos con nuestras manos y alguien nos quitó.
En la capacidad de poner orden interno e imponer una nueva moral a la administración de lo público ha sido Chávez un fracaso similar a los anteriores gobiernos. Diferente luce, aún, su energía y su capacidad para extender mucho más el tamaño de sus compromisos, a diferencia de las propuestas de gobernantes anteriores, que ya no se preocupaban de prometer redención social alguna ni la eliminación de nuestros principales flagelos. Todos nuestros anteriores gobernantes fueron populistas (la auténtica ideología dominante en nuestra historia reciente), pero Chávez lo es de una manera mucho más auténtica y natural. Sus promesas llegan cada vez más lejos y se agigantan aún más por el peso de las realidades, pero él sostiene el pulso para continuar haciéndolas creíbles, base sustantiva de cualquier populismo.
Tarde o temprano a cualquier líder se le pasa factura por la credibilidad de sus compromisos y, sabiéndolo, Chávez ha optado por la ruta alternativa del “gobierno paralelo”, como sistema para luchar contra el monstruo que creyó un día cabalgar con riendas bajo control. Él creía que ese monstruo era controlado por los oligarcas, por los adecos, por el mismísimo Belcebú en persona…Pero el único que controla realmente las riendas de ese monstruo es el mismo monstruo y feliz estuvo de recibir en su grupa al llanero altivo, de voz dramática, que prometía usar su fuerza para la nueva redistribución. Seguro se frotó las pezuñas de alegría y le lanzó su canto de sirena para invitarle a cabalgarlo.
El liderazgo que genere el exorcismo necesario no será aquel que venda nuevas redistribuciones, que de cualquier modo son necesarias, casi seguro imprescindibles para activar respuestas políticas mínimamente exitosas. El liderazgo transformador será aquel que ponga orden en el Estado venezolano, divorciado hace décadas de cualquier concepto de eficacia, eficiencia y transparencia; entrenado, fundamentalmente, en fagocitar la riqueza social (venga del trabajo de su gente o de la liquidación de sus bienes de fortuna) para provecho propio. No vale la pena ni siquiera averiguar cuales son los nombres y apellidos de los que finalmente se benefician, cuales son las cuentas suizas y americanas que crecen con los recursos mal habidos o cuales los cargos que se cobran sin trabajar, los directorios y comisiones que se remuneran sin resultado alguno, etc…Lo importante es que hay un sistema activo y dominante diseñado para que ello siga sucediendo.
¿Cómo podemos pretender los venezolanos alimentar un fondo de estabilización contracíclico, que disminuya el riesgo de hecatombe en caso de merma brusca del ingreso petrolero, si apenas logramos una mejor distribución presupuestaria entre gasto e inversión? ¿Qué dificultad habría en que se asignasen los fondos presupuestarios necesarios para comprar los equipos de diagnóstico de Barrio Adentro o las maquinarias necesarias para la reactivación industrial o la mayor amortización de deuda externa? No resulta doloroso afirmar que se requieren vías alternas a la ejecución del gasto cuando las vías tradicionales desangran el presupuesto. ¿Qué lo justifica? ¿La viabilidad política? El régimen que mayor apoyo popular ha tenido en la historia reciente ¿No tiene el guáramo necesario para reformar la administración pública, para poner en orden el reparto que se hace en su cara, con su vientre y con sus manos?
La cruzada pendiente en Venezuela, más allá de discusiones sobre si activamos una auténtica propuesta liberal o no (que nunca la hemos tenido y hace más de cincuenta años que no existe político que la proponga) consiste en denunciar la vagabundería, el pillaje y apoyar a cualquier gobierno (incluso éste) que decida romper con esta historia de tolerancia que envilece el alma de nuestro pueblo. Y no gobiernos que, como alternativa al desastre, activen un estado paralelo, donde supuestamente la moral brilla y la función pública lucirá impoluta. Nuevas universidades para contrarrestar el vicio decadente de las existentes. Nuevo MSAS para compensar que el actual ya no le llegaba como debiera a la gente. Misiones por doquier para el ejercicio elemental de populismo que no sale bien desde la multimillonaria estructura estatal, donde pululan ahora los nuevos ricos de Venezuela. Eso sin hablar del nuevo Estado creado para sustituir a instituciones privadas de la sociedad, que crea por doquier empresas y cámaras empresariales, bancos, líneas aéreas, sindicatos, ong´s, etcétera, al más puro estilo adeco de los cincuenta. El monstruo debe estar feliz. Podrido y feliz.
No hace falta usar los fusiles, existen mecanismos en el marco de la ley (que tampoco pareciera lo más importante en esta patria anarquizada) que permiten romper el ciclo perverso de la rapiña pública. Hay conocimiento y experiencias útiles sobre el asunto en el resto del mundo, también en Venezuela. Tendríamos entonces un gobierno teóricamente confuso, pragmáticamente mal orientado, incapaz de ahorrar en un fondo contracíclico en período de altos ingresos, incapaz de provocar confianza privada más allá de la inversión transnacional petrolera, pero mínimamente coherente en su vieja propuesta moral.
Tal vez todos los que desconfían de que este gobierno pueda aprender de sus errores y apuestan a su temprana sustitución, deberían alegrarse de que sea más de lo mismo, porque tal vez esté todavía en su rango de posibilidades cortarle las patas al monstruo, limitar al Estado, regalarle una verdaderamente nueva ciudadanía al venezolano y, si llegase a hacerlo, tendríamos régimen pa´ rato.
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