En ocasiones es normal que se susciten dudas sobre las prioridades a la hora de abordar procesos de "reconstrucción" o "emergencia para salir de la crisis" o cualquier otro término que se utilice para definir el accionar de un gobierno que pretenda reconducir al país (incluyendo los planteamientos que podrían hacerse los propios agentes del actual gobierno). Prioridades, porque pareciera que las discusiones políticas en Venezuela (renovadas recientemente por la presencia de oposición en la Asamblea Nacional, lo que hace a muchos pensar que por lo visto si somos un país normal y simplemente hay dos opciones políticas legítimamente enfrentadas por el apoyo de los ciudadanos) nuevamente abordan el asunto de las políticas públicas como pivotes básicos de la operación de gobierno, como si en el fondo tuviésemos un gobierno.
Pero la prioridad, aunque duela asumirlo, es dotarse de un gobierno. No digo cambiar representantes, que ya es retante dado el nivel de egolatría y control socio institucional que ha desarrollado la autocracia chavista. No. Si cambiamos de actores, si la oposición llega al gobierno, no cabe esperar cambio alguno, entre otras cosas porque no habría modo que permitiese a un nuevo gobernante ejercer su función sin el caos provocado por las instituciones (la Asamblea Nacional, el TSJ, la Fiscalía, la Contraloría, la Defensoría y, cada vez más intensa y frecuentemente, la Fuerza Armada Nacional...) que se reconocen abiertamente promovidas y garantes de una supuesta revolución. Pero, aún más greve, porque los principales aspectos que permiten a la oposición reconocerse como alternativa, se parecen mucho aún a una nueva propuesta de repartición rentista más justa, la base fundadora del fracaso.
El asunto de dotarse de un gobierno en Venezuela pasa por repensar las funciones del Estado y facilitar las acciones de reforma que le permitan acceder al liderazgo y el control necesarios para re-imponer la gobernabilidad. En la ilusión romántica de Chávez, él es el único garante de la gobernabilidad, porque sólo él garantiza representación de las mayorías desposeídas. El problema es que Chávez no tenía la menor idea de qué era gobernar y en su interacción con el Monstruo, ha terminado cediendo la ambición de hacerlo (gobernar) por el simple privilegio de seguir en la grupa del Bicho. Ahora ni siquiera acepta el hecho de que sólo fundando pobreza se sustenta su régimen, porque jamás habrá prosperidad más allá de dos sueños, tres discursos y cuatro expropiaciones. Chávez crea pobreza para garantizar poder, aunque requiera manipular cada cierto tiempo los indicadores para obviar asuntos tan incómodos como el empleo (da lástima ver a un ministro de indicadores públicos decir que el desempleo en Venezuela es del 7 u 8 por ciento) la inflación, el producto, la inversión o la innovación, auténticos ejes de cualquier propuesta de soberanía. Pronto intentará convencernos de que es un gobernante convencional, que se puede formar la Comunidad Andina de Naciones y que Venezuela puede sembrar el petróleo, llegando así a los tobillos de cualquier líder cuartorrepublicano, incluyendo su álter ego socialdemócrata, CAP.
Se requiere una intervención urgente de los mecanismos que facilitan la violencia y la impunidad. Se necesita recobrar la capacidad policial para amedrentar, arrinconar y minimizar al delito, en vez de tolerarlo (y como parece cada vez más evidente, co-organizarlo). Tenemos que promover el funcionamiento eficaz de un pequeño conjunto de servicios públicos fundamentales, especialmente en las grandes ciudades que albergan el 70% de la población del país, para que dejemos de cultivar desciudadanización y delincuencia.
Venezuela necesita un gran acuerdo nacional y, no cabe duda, la orientación de ese acuerdo no puede ser una lejana (y caduca) propuesta de socialismo rentista. Pero tampoco podemos asumir que no ha pasado nada, que es sólo un asunto de armar un nuevo gobierno (equipo humano) de gente que si va a saber qué hacer (empezando por el manto de duda que, legítimamente, ocupará a un importante contingente de población, con respecto al riesgo de que se trate de un regreso al pasado, al aislamiento social, al maniqueísmo bicolor que fue sustituido por el maniqueísmo rojo).
Aún no entiendo bien el motivo que nos impide dedicar más tiempo, ahora, a preparar el país para el futuro. Nuestro cortoplacismo está instalado de tal modo en todos los sectores y niveles (empresariales, políticos, sociales, comunitarios, académicos, personales) que cualquier propuesta dirigida a promover las discusiones trascendentes (entre las élites que pueden darla) lleva al descreimiento y la apatía. Pareciera que también se ha instalado la peligrosa creencia que, para ser exitosos como país, es conveniente el liderazgo político emergente, si, pero con la premisa que este liderazgo impulse la visión de atención social parasitaria y utilitaria que ha privado en el tratamiento de la crisis estructural que nos embarga.
El problema en Venezuela no es nada más un asunto de vivienda y servicios públicos (como doce años después, pareciera comenzar a comprender un Chávez que, sólo cerca de un proceso electoral, se decide a medio dirigir su mal llamado gobierno). El problema en Venezuela es que el armazón socio institucional, organizacional, económico y relacional que llamamos Gobierno, tiene su propia dinámica de dirección y, sea cual sea su ruta, está al servicio sólo de sí mismo, de su capacidad de capturar renta y privatizarla agresivamente a favor de sus administradores y cercanos.
Por eso la prioridad no es un asunto nada más de políticas públicas. La principal política pública que ha de surgir (del seno de los partidos, de las organizaciones de la sociedad civil, de las empresas y los particulares) es facilitar la transición del Monstruo hacia un régimen de no agresión, sin ceder grandes cuotas a las tentaciones obvias del ejercicio de mando, sólo fuente de quebranto para esta necesaria alianza nacional.
La propuesta no puede ser salir de Chávez, que por más urgente, resulta ingenuo. La propuesta tendrá que considerar inevitablemente al chavismo, a cualquiera que aún crea que nuestro problema es el capitalismo o cosas por el estilo, porque si queremos que el capitalismo nos ayude a desarrollarnos, no sólo tenemos que desearlo claramente, tenemos que ser el mayor y más coherene cuerpo social de inteligencia coordinada que usa al Estado para promover el orden, los servicios y las conductas deseables de los ciudadanos (labor, integración gradual, emprendimiento, justicia y paz).
La propuesta no sólo debe romper el falso régimen legal de igualitarismos forzados a partir de la repartición parcial de renta (parcial porque sabemos a donde va la mayor parte). La propuesta debe incluir a la gente en un compromiso masivo de "despertar", en un acuerdo que facilite el sacrificio generacional para que nuestros nietos vivan en un país seguro y con mayores oportunidades para la prosperidad, innovación e integración económica, social y cultural de todos.
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