Una de las facetas que contribuían a precisar al Monstruo era la capacidad de ciertas élites intelectuales para auditar indicadores, develar falacias, promover evaluaciones de políticas públicas, reuniendo y comparando datos.
En el pasado, la capacidad del Monstruo para manipular la información siempre formó parte de su enfermedad, de sus desviaciones. Si el actual régimen manipula la información, no se trata de una actividad sin antecedentes.
Sin embargo, las prácticas informativas revelan niveles de sistematización en la gestión (des)informativa que llevarán a los politólogos y comunicólogos a clasificar estas aberraciones del poder en categorías: ligas amateur, ligas menores, grandes ligas...Y este gobierno lidera con amplitud las grandes ligas de la gestión (des)informativa latinoamericana, en franca competencia con Cuba, de reconocida opacidad informativa para casi todas las agencias del Mundo.
Por ejemplo, en el pasado, la necesidad de PDVSA de vender sus divisas al BCV ayudaba a los economistas a compensar los retrasos y carencias informativas sobre algunos rubros de las cuentas nacionales. Tratándose el petróleo de un factor trascendente de la economía venezolana, especialmente del desenvolvimiento financiero del sector público, la oportunidad de cuadrar barriles por precios y suponer un ingreso total de divisas petroleras al país, constituía sin duda una gran ventaja para el analista económico.
Datos del INE podían reflejar intentos de manipulación sobre indicadores socio demográficos varios, pero en definitiva múltiples agentes hacían sus propias observaciones sobre un terreno con metodologías compartidas entre agencias nacionales e internacionales.
Para no hacer el cuento largo, hoy en día los datos sobre el PIB, su composición sectorial y geográfica, la matriz de insumo producto, los datos financieros del gobierno central y del sector público consolidado, los datos sociales principales, el empleo y la inflación por estratos, edades y áreas geográficas, la información socio-sanitaria (morbi-mortalidad por causas, edades y por áreas y sub áreas geográficas), los datos socio educativos (matrícula, desescolarización y deserción por edades y áreas y sub áreas), los datos sobre seguridad de personas y bienes, los datos sobre acceso de la población a servicios públicos fundamentales, por citar algunos de los indicadores que requerirían presentación mensual, trimestral, semestral o, cuando menos, anual y que, muchas veces, se desactualizan durante varios años antes de generar una publicación oficial (especialmente en el caso de la regionalización de los datos) reflejan una situación, que, lejos de ser caracterizable como caos informativo, pareciera reflejar la firme intención del (des)gobierno por (des)informar sólo de manera sesgada y políticamente interesada.
Si a esto añadimos cierta pérdida de credibilidad de los responsables de producir la información (BCV, INE, Ministerios), el surgimiento de nuevas metodologías de medición (que disminuyen el poder de contraste de los datos con otros datos que no sean de las mismas fuentes y métodos) en las que se redefinen rubros y ponderaciones de las cestas de precios, criterios de fuerza laboral ocupada y desocupada, criterios de satisfacción de servicios públicos, etcétera, ello conduce a una nueva forma de entender la acción coyuntural del Monstruo en Venezuela, disminuyendo las posibilidades de auditar este engendro inauditable, que cuando se refiere a rendición de cuentas ocupa centenares de páginas y horas de dvd reproducidos y divulgados por las agencias y medios noticiosos del Estado, pero que no tolera el contraste sistemático de datos verificables y actualizados.
Mientras tanto gobernantes regionales, alcaldes, líderes vecinales, empresarios, docentes, investigadores, mercadotecnistas y demás vecinos de la patria bonita, toman cotidianamente decisiones sin ver indicador alguno, acostumbrados a lidiar con la incertidumbre añadida que se deriva de la (des)información. Y pensar que desde el gobierno culpan a los pocos medios de comunicación completamente independientes que tiene el país por la (des)información. No dudo que desde el sector privado se promueva la (des)información. La tarea la facilita el mismo Estado. Pero lo que resulta inconcebible es que un ciudadano común acceda a las páginas web de los centros de producción informativa en rubros fundamentales de la gestión pública y consiga indicadores clave con dos, tres, cuatro o cinco años de desactualización. Y por otro lado se publican informaciones sobre nuevas categorías que a muchos nos dejan helados. Así Venezuela debe ser motivo de orgullo por tener 7% de desempleo, mientras Europa llega al 20%. Claro, el gobierno no está por la tarea de aclarar que 48% "disfruta" una ocupación en la economía informmal, según las mismas cifras oficiales (y sólo se usa aquí esta categoría como ejemplo). Es parte de este juego vergonzoso al que nos sometemos por los desvaríos patrimonialistas del Monstruo.
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