Luego de 11 años en el poder, el gobierno de Chávez no sólo repite errores nefastos del pasado reciente (controles arbitrarios de precios como sistema de lucha contra la inflación, controles de tipo de interés, tipo de cambio y movimiento de divisas como mecanismo estabilizador, gasto público corriente financiado con brotes petroleros y endeudamiento como sistema de promoción de la economía real) sino que su propia ruta de aprendizaje sobre estas huellas es tan lenta que ha tardado 11 años en develar la última Señal: la sustitución de importaciones como mecanismo de acceso al desarrollo.
Por supuesto, todo pasado fue mejor y el proceso que se iniciara a mediados de los 50 en algunos países de AL, forzados por las severas crisis de crecimiento y distribución y al que accediera tardíamente Venezuela por su colchón petrolero, es ahora reeditado en abyecta mezcolanza con socialismo petrolero estatizador y expropiante (más allá de los elementos compartidos y agudizados sobre aquella situación histórica, el caudillismo mesiánico, centralizador y populista).
Un proceso que se caracterizó por sus problemas de flexibilidad, por su incapacidad para leer señales de entorno bajo el manto protector del Estado que cerraba puertas al mundo y dirigía discrecionalmente sus costos y favores, que se hizo funcional mientras abundaba el dinero en el planeta y colapsó con la crisis de materias primas y financiamiento a finales de los 70, es ahora potenciado y exacerbado con el descontrol absoluto del monstruo enfermo, con las señales terminales de un ente empeñado en comprometer el futuro de esta joven nación al norte de Suramérica.
Otro nuevo dolor para los corazones cepalistas de Prebisch, Furtado y compañía. La esperanza de que el sector privado desarrollase su potencial competitivo gracias a la acumulación de innovaciones durante el período de sustitución de importaciones, fallida en múltiples casos por interpretaciones mal dirigidas de estados corruptos que facilitaron asignaciones fraudulentas y protecciones injustificables para el enriquecimiento fácil de los amigos del régimen; ahora hay que añadir la esperanza de que el monstruo venezolano, el estado torpe, drogado, enfermo, adquiera capacidad competitiva dirigiendo sus propias empresas, al tiempo que coordina la muerte del pequeño sistema de instituciones capitalistas que medio intentaba florecer en un país castigado por el nacionalismo rentista y patrimonialista, casi desde su nacimiento.
El castigo histórico por este conjunto de despropósitos habrá de alcanzar a más de una generación futura. La de los adultos productivos de hoy, seguramente ya está absurdamente finiquitada. Qué pena.
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