Uno de los principales problemas de un gobierno que se autodenomina revolucionario se presenta en la contradicción inherente a ambos conceptos "gobierno y revolución". El gobierno es una formación tecnopolítica que, desde el imaginario colectivo --por no referirnos a la ciencia como fuente de respuestas-- se encarga de resolver problemas difíciles del colectivo social que convive en el marco de un estado nación. Por su parte, la revolución quiere romper con todo el status quo para construir una nueva sociedad, diseñando y promoviendo nuevas pautas de comportamiento que desechen el capitalismo y faciliten la asunción de una nueva época de la humanidad, con hombres y mujeres de pensamiento nuevo.
No tengo un conocimiento profundo de cómo sucedió todo en la revolución cubana o la yugoslava o la china, por hablar de algunos ejemplos de revoluciones socialistas. Me refiero a que no estoy seguro cuál fue la auténtica dimensión de esta contradicción para estas sociedades. Apenas he tenido el privilegio de conversar con cubanos que salieron de la isla y guardan una imagen dolorosa de su exilio, muy poco cubano involucrado estrechamente con las cotidianidades de la isla habla con completa libertad de su realidad y, si llegase a hacerlo, más temprano que tarde enfrenta problemas con su gobierno.
Estas conversaciones pudiesen incorporar sesgos excesivos para describir mi interés en ese proceso de gradual sustitución de referencias típicas de gobierno, aunque en todos los casos imagino que cualquier sensación de soledad por parte de la ciudadanía se correspondió rápidamente con la violencia implícita en los procesos de control del poder por parte de estos regímenes "libertarios" que relacionan de manera más o menos sencilla el proceso de liberación popular con las prácticas más férreas de dominación y autoritarismo.
El gobierno en Venezuela, tras 12 años de despilfarro en una de las más intensas y largas fases de ingresos rentísticos, se ha dado a la tarea de intentar controlar la sociedad, dedicando ingentes recursos públicos para sustituir la producción de bienes y servicios privados por empresas estatales que rara vez alcanzan una funcionalidad diferente a la de la gran mayoría de los organismos públicos venezolanos (negligentes y caóticos, ajenos a la ciudadanía, endogámicos entre poderes y basados en prácticas premodernas de compadrazgo y compinchería) mientras la inseguridad, la violencia, la inflación, las carencias de vivienda, agua e inversión y empleo de calidad agotan cualquier expectativa de desarrollo.
Por eso los conflictos ideológicos de Venezuela no son los típicos de la modernidad. No hay discusión en Venezuela sobre productividad, seguridad social, competitividad, infraestructuras, innovación, calidad de la educación, comportamiento ciudadano... Al grito de "muerte al oligarca" un nuevo caudillo populista logra de inicio ciertas ondas de simpatía cuasi infantil en casi todos y, tras 12 años de desgobierno, se conforma con la simpatía forzada de los que usufructan la renta bajo amenaza de corte y, también, de aquellos, no pocos, que luego de tres períodos de antiguo gobierno, son capaces de relamerse sus heridas (poco importa ya cuándo y cómo surgieron) y renovar sus esperanzas, sobre la promesas de casas, la amenaza de los gringos o cualquiera de las múltiples fuentes de motivación que aún salen de la chistera, en medio de la borrachera de recursos y en el marco de la pérdida de seriedad sistemática de las funciones de "GOBIERNO".
Es cierto que este régimen no nos engaña. Su empeño es que no haya gobierno. Ofrece privatización del poder para abordar una forma de vida muy parecida al absolutismo postmedieval, con un rey que reparte dádivas desde su posesión cuasitotal (él percibe la renta) y un sistema mercantilista que sostiene temporalmente lo insostenible.
Nuestra interacción ciudadana debería iniciarse por reclamar opciones políticas de gobierno y casi ninguna opción puede considerarse sin ofrecer alternativas de tratamiento para el Monstruo (el estado venezolano enfermo). Chávez es sólo larga y dolorosa coyuntura de cuya resaca aún no es fácil calcular las consecuencias.
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