Desde que el capitalismo mundial entró en su etapa más reciente de crisis, con altos niveles de pérdida de confianza y graves repercusiones sobre la economía real (sobre la inversión, la producción y el empleo), el líder de la revolución venezolana ha esgrimido el argumento de esta crisis para fortalecer su discurso anti capitalista y la necesidad de su alternativa socialista.
También en espacios académicos y medios de comunicación globales se extienden las reflexiones y protestas que anticipan la necesidad de un viraje político en el planeta, que podría resumirse en los siguientes términos: "...mayor control sobre los mercados (valga decir que, al hacerlo, se de da carácter de actor a un complejo sistema de interacciones humanas que no toma decisiones de actor, aunque puede que para algunos tenga claros representantes, por ejemplo, la banca) y nuevas políticas públicas que hagan énfasis en favorecer a los desfavorecidos, generar empleo para los más jóvenes, reducir la especulación financiera..."
Al Monstruo Venezolano (su estado enfermo) nunca le gustó el capitalismo. Apenas toleró cierta dinámica de emprendimiento privado venezolano en torno a si mismo, a sus ramificaciones empresariales estatales en ámbitos como la energía, los servicios, la industria, el agro...(mejor detener la relación y simplemente decir, emprendimientos estatales en todos los ámbitos, porque el estado venezolano se ha metido a empresario en todas las áreas) que ocasionalmente forjaron espacios de renovación en los esquemas de modernización institucional que parecían comprometer su vetusto reinado mercantilista, aunque la ilusión de algunos grupos intelctuales, clases medias crecientes y pequeñas bases populares, pareciera haberse reducido para dar pie a la conciencia general del país caudillista y patrimonialista.
En Venezuela predomina el mercantilismo. Nuestro caudillo ocasional (por su poder discrecional sobre lo que sucede en el resto de la sociedad y, sobre todo, por su poder para repartir según sus criterio la riqueza de toda la sociedad) y sus subditos que somos todos los que anhelamos acceder a alguna de las prebendas ocasionales que nos da una buena relación con este semi-rey, damos la espalda a la modernidad. La complejidad, el emprendimiento como base de la necesaria creación de riqueza, la protección de derechos necesaria para la innovación y la acumulación sin la cual no se generan ventajas competitivas globales que permitan esgrimir el argumento de la soberanía (y, con un poco de suerte y valentía, ejercerla) y la educación centrada en la creación de ciudadanía, protección de la diversidad, generación de capacidades para el trabajo y ampliación del marco general de libertades, no ha sido la ruta abordada por los que, desde su más tierna juventud, han aprovechado la educación gratuita para pegarse al monstruo y ya no soltarlo, carrera política de por medio, o movilización militar, que el Monstruo sabe de líderes que aparentan fuerza y liderazgo para la transformación desde la herramienta armada, cegados igual por el vaho que les impide ver en perspectiva su más íntima y radical dependencia y sumisión.
Ahora la ruta es el socialismo. Al principio de este gobierno se hablaba de sustituir el petróleo, de espacios productivos, de industria e innovación propias. Pero en un momento dado, al abandonar posibilidades políticas más innnovadoras, menos blanco y negro, al agarrarse de laa obsoleta solución del hombre nuevo socialista, la dependencia fue clara incluso para los más borrachos de poder y comenzó a hablarse de "socialismo petrolero" de "precio justo para el petróleo (el más alto, cartelizado y especulativo posible)" y "darle a los venezolanos lo que se merecen..." ante la casi imposibilidad de que se lo ganen trabajando (por algunas fallitas de diseño, el Estado y los proyectos comunitarios no generan empleo de calidad para todos...).
La gente duda del capitalismo. No haré ningún alegato en su defensa. Es mi opinión que se renovará con bríos y nos seguirá ofreciendo alternativas para producir más y mejores bienes y servicios para satisfacer necesidades infinitas de los seres humanos, mezclándose con decenas de articulaciones políticas de izquierda, derecha y centro. La sustentabilidad humana puede estar ciertamente comprometida. Al culpar al capitalismo pienso en náufragos que viajan a la deriva porque su nave deteriorada pareciera no darles el rumbo deseado y, en venganza, deciden destruirla.
Pocos hablan de los problemas políticos del nacionalismo, por citar un ejemplo político institucional. De las limitaciones crecientes para darle cabida a un tratamiento adecuado a nuestros problemas ambientales y sociales (de dimensión global) sin superar este marco restrictivo de la territorialidad en los grupos humanos. Muchos que se definen progresistas atacan abiertamente la globalización y la ven como una amenaza de grandes centros de poder (naciones o empresas multinacionales) a formas alternativas de desarrollo nacional. Las opciones políticas no sufren innovaciones al mismo ritmo de los bienes y servicios en el mercado. Es más, suele ser un área de coincidencia de intereses entre países ricos y pobres. El capitalismo deja de tener interés si está en juego la nacionalidad, la imagen arcaica, primitiva, del poder territorial en oposición a los humanos extranjeros (porque toda afirmación nacional es, casi inevitablemente, violenta y xenófoba).
Ciertamente el mundo está en crisis. La sustentabilidad de la especie humana y del planeta que habita está comprometida. Pero no cabe duda que mercantilismo, socialismo y poder nacional no son fuentes de solución. Ojalá todo lo que estamos viviendo sirva, aún a costa de enormes sufrimientos y pérdidas de oportunidades, para aprender.
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