lunes, 12 de diciembre de 2011

La suma de nosotros y el orgullo nacional

Luego de 13 años de esta nueva etapa en la vida del Monstruo, algunos reafirman sus convicciones aristocráticas con respecto al criterio del pueblo venezolano para elegir gobernante y reafirman su opinión en torno a formas de despotismo ilustrado, algunas profundamente bolviarianas, que devuelvan rumbo al país (o se lo den de inicio por creer que quizá nunca lo tuvo, no todos los aristócratistas son iguales).

Otras figuras de aristrocratismo piensan que el pueblo no está en condiciones de elegir por si mismo a alguien útil para mejorar el país pero, a diferencia de los anteriores, creen que ni siquiera debe saber que por ellos otros deciden y prefieren que la solución tenga apariencias democráticas. Anhelan el corporativismo político y la articulación de élites básicas con el Estado para construir un nuevo pacto de estabilidad, con elecciones que permitan la elección "sin sorpresas".

No olvidemos considerar también a la mala versión de los anteriores que simplemente prefiere hacer esto sin pacto y centrarse en el control del Estado desde una única gran élite plutocrática unipartidista (tipo PRI mejicano) o, para ser más realistas, unicaudillista (tipo chavismo venezolano), que el partido no es más que un canal más de repartición de prebendas clientelares. Las demás élites son prescindibles y la dualidad líder-pueblo es suficiente para perpetuar el tutelaje.

Lo que me llama la atención es la capacidad que tienen estas mismas personas para fortalecer su orgullo nacional a partir de cualquier detalle y recrear un imaginario de grandeza nacional a partir de una gesta del pasado histórico, o deportiva, artística, científica...Se trata de algo así como "...somos el mejor país del Mundo, que lástima que estábamos gobernados por Fulano..." o bien " lástima que estemos gobernados hoy por Mengano..."

Pocos comentan "...estoy cansado de mi condición nacional, mis compatriotas me cargan muy molesto, no es posible que hagan lecturas tan palurdas de su realidad, creo que estamos fregados y tendremos graves problemas para afrontar el futuro más allá del gobernante Zutano, porque el problema está en el conjunto de principios y valores que se desprenden de nuestros comportamientos cotidianos..." o bien "...quizá el país tenga futuro, pero si seguimos comportándonos así, lo estamos comprometiendo y no hago bien reafirmándole mi cariño al gentilicio que tan mayoritariamente veo equivocarse...", algo así como "...el pueblo está equivocado y se reafirma en una relación parasitaria, lo que demuestra sus problemas psíquicos, que de no resolverse continuarán llenándonos de vergüenza frente a otros, frente a nosotros mismos, frente a las generaciones porvenir..."

Al fin y al cabo la política consiste en la creación, divulgación, fortalecimiento y recreación de múltiples formas de esperanza, de tal modo que la gente asuma como propios los mensajes de sus líderes y participen de las iniciativas que estos les sugieren para impulsar algún proyecto. La esperanza de nación es su último aliento y vivirá mientras humanos vinculados al territorio y la cultura que la constituyen, logren reproducir esta esperanza a través de cualquier "escena" que contribuya a mejorar su autopercepción actual o potencial. Supongo que por ello, sin que parezca importar el tamaño y duración de los errores, nos regodeamos en nuestra miseria y hacemos fiesta casi sin cordura.

Si actuamos como nacionales y participamos del rumbo de este invento decimonónico llamado Venezuela, deberíamos ser más capaces de comprendernos y aceptarnos como comunidad, con sus borracheras, malandrerías, desórdenes, abusos y pérdidas de referentes sobre gestión pública (confundiendo, por ejemplo, gobierno con reparto de migajas rentistas y formalismos de pseudomodernidad empastelados con colores, cantos y sueños rancios de hombre nuevo),pero sin autocomplacencias, con vergüenza. Acepto a mis compatriotas y ser venezolano es, en buena medida, asumir que mi conducta es irresponsable, inmadura y que, además, tengo costumbres y prácticas culturales que me parecen despreciables (a mí, personaje de cualquier élite aparentemente modernizadora).

Si el pueblo es la suma de nosotros y nos motiva la nación, hacer nación es cambiar la perspectiva personal del ejercicio ciudadano y motivar a todos para que al sumarnos seamos un resultado mejor que el anterior. De resto, dejemos el orgullo, que nos hace perder coherencia.

Suena terriblemente artistocrático y seguramente no tiene viabilidad en términos de mercadotecnia política, pero en situaciones como la nuestra la simple coherencia es cada vez más una fuente referencial para fundar iniciativas de reconstrucción.

El reto para el liderazgo emergente es enorme. Lo estamos haciendo mal, no sólo los líderes, también los que los elegimos, aunque decirlo en este país no suena bien.

Si llamamos al orgullo, hagámoslo reafirmando lo que nos hace sentir orgullosos y lo que no, que no parezca que todo vale y que todos valemos. Qué bien me siento al ver a muchos de mis compatriotras levantarse de noche y trabajar todo el día con buen humor para llevar pan a los suyos (y a continuación...) que lamentable aquellos que se agarran de un cargo aunque no estén produciendo nada y se ponen una franela de color sólo para que le mantengan en nómina o el que se dice padre cuando no le para a sus hijos y gasta su dinero en fiesta y caña.

Un buen camino para rearmar el orgullo malgastado puede ser identificar errores, plantear con claridad cambios radicales en nuestra concepción de las relaciones Estado-Sociedad, auditar a cada líder que ofrezca más de lo mismo para aclararle que no vale todo en este juego. Y asumamos la vergüenza y el deshonor de la suma hoy.

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