miércoles, 23 de marzo de 2016

¿A qué huele este pescado?

Durante esta semana santa, el gobierno nacional en Venezuela, activando varios ministerios y con el apoyo de varios gobiernos regionales y unidades operativas del ejército, lleva varios días abocado a ofrecer pescado a los venezolanos a precios solidarios. También se esfuerza mucho en divulgar todo lo posible este loable empeño, con anuncios permanentes en sus canales de tv, radio, prensa y reseñas frecuentes en los demás. El presidente maneja personalmente un camión que lleva pescado a la gente. Altos cargos militares reportan sitios, kilos, especies. Pareciera que un periodista que busque noticias hoy en día en la fuente gobierno, encontrará bien dispuesta la información sobre las cantidades, en kilos que se acumulan en prestigiosas toneladas, de toda clase de especies marinas habituales en las costas de Venezuela (algo en lo que insisten como valor adicional, redondeando el proyecto al tratarse de producción nacional, nada importado).

Creo que los venezolanos estamos acostumbrados a evadir los límites de la capacidad de asombro. Ya García Márquez ganó un premio nobel de literatura como máximo exponente del realismo mágico, sin que jamás ninguna de sus historias, por mucha fantasía que acumulasen, estuviese a la altura del tipo vivencias que tenemos por estas tierras.

Un gobierno que pasa por la peor debacle fiscal de los últimos cien años, con la peor inflación, desabastecimiento y deterioro de las capacidades productivas, en un sistema enrevesado de normas antieconómicas que pretenden concebir y dominar un nuevo sistema socialista de precios, que durante años financió la renta petrolera y que hizo creer a algunos que el socialismo de la abundancia y la buena vida existía como modelo de país, promoviendo y permitiendo a los administradores de turno liquidar un millón de millones de dólares sin prácticamente ningún aporte neto a la infraestructura y la capacidad productiva de un país que habita ciudades concebidas hace 70 años para la tercera parte de los habitantes que hoy albergan, colapsado en sus servicios públicos fundamentales, que es zarandeado por el Niño como si no hubiese habido modo de anticipar crisis de electricidad o suministro de agua, al menos hasta el nivel de nuestros vecinos; desbordado por la violencia que se instala como práctica cotidiana mientras los voceros del sistema de justicia abusan cotidianamente del concepto “garantizamos los derechos de los venezolanos”…En fin, un país en una severa crisis, comprometido en su gobernanza, tiene un gobierno, que abrió hace apenas algunos meses las primeras páginas del primer capítulo de algún manual básico de economía para no economistas, descubre su plan de ajustes para superar la situación:

- Subir el precio de uno de los tantos rubros que regala indiscriminadamente a la sociedad, la gasolina, para ponerlo ahora a una centésima parte de su costo, en vez de una cienmilésima, como lo tenía hasta ahora.

- Devaluar nuevamente el tipo de cambio oficial, sin dejar de mantener groseramente anclado una parte importante de la administración de divisas a través de un tipo de cambio que administra discrecionalmente el gobierno para hacer millonaria a la empresa y el empresario que acceda a esta entelequia de asignación rentista: el escasísimo dólar a menos de una centésima de su precio en mercado. Anclaje justificado por el suministro “a precio justo” de alimentos y medicinas para el pueblo (agradezcamos al mago Giordani este aporte sustancial a este guiso). Si los productores “amigos” que reciben semejante prebenda, producen realmente bajo una estructura de costos que considere semejante subsidio será, de cualquier modo, para que su producto (cuyo destino está completamente regulado por un sistema de administración y despachos industriales del gobierno) salga de su planta y, más temprano que tarde, se integre a la enorme red de contrabando nacional (que aquí llamamos bachaqueo). El doble efecto de esta políticas salta a la vista de todos menos del gobierno: por un lado, los administradores de turno de la golpeada renta petrolera se siguen haciendo millonarios, ahora con una cantidad de divisas mucho más restringida (y por ello debe ser un reto para el que reparte las cartas) y por el otro, los venezolanos de a pie, que a estas alturas deberían estar concentrados en su transición personal hacia el hombre nuevo socialista, se convierten en feroces comerciantes que aprovechan cualquier pequeño hueco de escasez (empezando por la escasez de información) para ganar un margen que les permita medio sortear la enorme diferencia entre sus ingresos salariales y la estructura general de precios de una economía que, entrampada y asediada en términos productivos, dependiente más que nunca de esa renta, se rige por el precio de acceso a los bienes importados en un mercado completamente seco de divisas (aunque esto último, obvio hasta para un niño de 12 años, es explicado a todos los adultos de Venezuela a partir de una iniciativa maquiavélica de intervención extranjera al “señalar”, desde una poderosísima página web, un precio falso para la divisa).

- Poner a PDVSA a cambiar las escasas divisas que recibe a un nuevo tipo de cambio intermedio (entre la entelequia y el mercado) que recibe el nonagésimo nombre de nuestros administradores de divisas –DITCOM, se llama este nuevo niño- y esperan descubrir así por qué no funcionó el SIMADI, antecedente bastante próximo de este nuevo aparato. Ciertamente, que PDVSA venda a 250 en vez de a 6,30 puede ser una gran ventaja para este enorme monstruo que maneja operaciones petroleras complejas, al mismo tiempo que ofrece soluciones en sectores tan diversos como vivienda, salud, alimentación y un largo etcétera de compromisos sociales superpuestos a su gestión industrial. Podría permitirle pagar a cientos de proveedores que pasan semanas y meses sin cobrar. Podría permitir al gobierno ensayar un corrimiento más o menos rápido hacia un tipo de cambio de equilibrio.

- Activar 12 motores, centralizando bajo la nueva VP económica la gestión del enorme sistema estatizado de producción, con miles de empresas confiscadas, compradas o creadas por la Revolución. La confianza en la capacidad del Estado para llevar producción efectiva a los anaqueles venezolanos dice mucho de la interpretación sobrevaluada que hacen los administradores de su propia gestión. Mientras, acceder a tubos de acero, envases plásticos, baterías de vehículo, llantas, repuestos, insumos para la construcción, harina de maíz, aceite comestible, café, inyectadoras o pañales, por señalar áreas en las que el gobierno posee capacidades industriales, reta las capacidades creativas del venezolano.
Luego de anunciado este ajuste, pasan los días y las semanas. La inflación amenaza con saltar del 200% al 500%, se decretan días libre extra en semana santa porque el sistema hidroeléctrico está severamente comprometido (y, juntando iglesias y babalaos, se reza por la lluvia) y el gobierno, mientras, vende pescado.

Despertamos de una nueva borrachera petrolera, con la peor resaca que el Monstruo recuerda y, con el sol de frente agujereando su cefalea, el piloto mira a los lados (pareciera que la balsa se desplaza a toda velocidad en los rápidos de un río) y pide abrir el manual de economía. La economía no es mala, le dice ahora a los suyos. Todo revolucionario debería conocerla, les invita. No le tengamos temor a la gerencia pública, anima. El capítulo XII del manual, pág. 162, está dedicado al tema de políticas de estabilización macroeconómica. Tiene un apéndice sobre experiencias de control de precios y otro sobre regímenes cambiarios. El dolor de cabeza impide pasar del tercer párrafo de esta introducción previa al capìtulo I, que le recuerda la etimología del asunto, del griego, administrar la casa.

¿Qué es lo que suena a lo lejos? ¿Una cascada? ¿Será que hay cascadas en este río? O será solo un zumbido del malestar…¿Cómo va la venta del pescado, ah? Atentos todos, no se nos vaya a pudrir después de semejante despliegue coordinado de fuerzas gubernamentales...


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